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Guillermo Cabrera Infante, un escritor reidor

Mircoles, 4 Diciembre 2013

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No existe un solo libro de Guillermo Cabrera Infante con el que no haya “leído” a carcajadas. Donde escribí “leído” debió decir “reído”, claro, pero es que cuando leo al autor cubano también río a mandíbula batiente con cada una de sus ocurrencias anecdóticas, reflexivas o lingüísticas. De tal modo aprendí, leyéndolo y riéndome, que La Habana era una ciudad plena de euforia, luminosa, rítmica y sonriente, que la capital donde yo había nacido y crecido nada tenía que ver con el espectáculo angustioso cotidiano en el que nos sumieron los demiurgos del apocalipsis revolucionario, y sus protagonistas: el pueblo, sus dirigentes, y tao, tao, tao… No voy a entrar en la muela bizca de la que ya estarán hartos.

Acabo de releer ‘Mapa dibujado por un espía’ -publicada por Galaxia Gutenberg y editada por uno de los mejores editores, Antoni Munné- y me cuesta escribir, y hasta evocarla y pensar en ella, porque sigo enmarañada en la profunda tristeza que emana palabra a palabra de este texto laberíntico, y lo que es mejor, que no peor, tampoco deseo liberarme de la melancolía en la que me ha hundido. Ya saben que a mí me gusta llorar con el buen cine y me encanta reírme con la buena literatura. Sin embargo, con esta novela me ha ocurrido algo muy distinto: ni risa ni llanto; sino una especie de escozor que recorría mi espina dorsal mientras la leía apesadumbrada, con los dientes apretados. Ira y congoja. Sensaciones extrañas de las que no puedo y no ansío despojarme. Porque pese a la enorme depresión que se atisba y destila de la escritura de Guillermo Cabrera Infante advierto que hasta la melancolía de aquella época, con todos sus errores y horrores, lucía un sello de elegancia, de distinción sosegada, de carácter emblemático, y hasta eso, ese tipo de anonadamiento, se ha perdido en Cuba. Se perdió la risa, se acabó la melodía, se apagó la ciudad (desmoronándose a puñados), se largaron los mejores artistas, los mejores en todo, o sea los alegres. La patética amargura reemplazó a la poética aflicción. La memoria varada entonces en el terreno de lo antaño, no sirvió más que para mea culpas, arrepentimientos, subterfugios.

Esta novela nada tiene que ver con mea culpas, ni con ‘Mea Cuba’, dicho sea de paso; un libro que también fue ocultado, no por el autor, sino por los censores de turno fuera de Cuba al servicio del tirano de la isla.

Debo pautar en una pausa que, de las tantas veces que visité a Guillermo Cabrera Infante y a Miriam Gómez no recuerdo ninguna empañada por la agonía de la nostalgia, no los recuerdo jamás hundidos en la morriña. Por el contrario, viviendo en el corazón de Londres, rodeados de gran cantidad de libros, de las mejores librerías y museos, de tiendas y restaurantes para escoger, en esa casa que todavía hoy visito siempre se respiró y se respira la Cuba extraviada y hallada en aquel rincón, en pocos rincones del mundo, menos en la isla misma, y una maravillosa alegría. Nunca he conocido una pareja más cómica, más inteligente, más reidora que Miriam y Guillermo. Y ahora, en la ausencia de Guillermo, Miriam se ha propuesto continuar ese alborozo tan cubano, ese júbilo tan productivo, trabajando en los manuscritos que escribió su esposo en el exilio. Porque Guillermo Cabrera Infante escribió la mayor parte de su obra en el exilio, al igual que José Martí, Cirilo Villaverde y Gertrudis Gómez de Avellaneda, y numerosos escritores exiliados desde el año 1959 hasta la fecha.

Uno de los engaños que no perdonaré nunca al régimen castrista es que nos haya querido inculcar, mediante trampas y chantajes, que solamente la literatura y el arte (por llamarlo de alguna manera) que se produce en Cuba poseen un auténtico valor, pese a que la mediocridad, la pusilanimidad, el servilismo, y el cretinismo inundaron la creación y ofuscaron el pensamiento. Pese a que la gran obra cubana de todos los tiempos y de los grandes escritores, poetas, pintores, músicos, filósofos -desde el siglo XIX hasta hoy- se ha construido en el exilio. Haya sido compuesta en la época en la que lo haya sido. Pero no entraré en esos temas, que ya aburren –como indiqué al inicio-, sobre todo para los que nos pasamos la vida conversando acerca de ellos; temas de los que todavía muchos no quieren enterarse, como canta el bolero: “por pura cobardía”.

Otra de las fabulaciones del castrismo, de las mentiras y calumnias de sus esbirros, ha sido los de regar, o sea, divulgar que tanto Cabrera Infante y Reinaldo Arenas eran seres llenos de odio y acomplejados ( por cierto, lo mismo que dicen de mí), lo que, como supondrán, me sume en el orgullo, y me compromete e impulsa a continuar con inmenso amor y honor. ¡Odio y complejo! Todo lo opuesto a lo que podemos apreciar en esas obras: generosidad, ternura, dolor, tristeza, valentía, vida y libertad.

‘Mapa dibujado por un espía’ es, tal como anuncia su prólogo, una novela inacabada, escondida púdica y secretamente por el escritor. La única novela no leída por Miriam Gómez hasta su edición. Pero incluso siendo un texto inacabado su grandeza es incalculable, no sólo por su calidad literaria, qué duda cabe, sino porque por encima de todo se trata de un testimonio muy personal, íntimo. La última desgarradora aventura de un escritor acorralado en su país, y no de cualquier escritor. De alguien que se sintió culpable por haber creído y, pudo por fin, fugarse para no seguir sintiéndose responsable después de haber reído, y hasta después de haber leído, como tantos de los que nos tuvimos que quedar.

El primer exergo del libro pertenece a Ernest Hemingway y cito: “Tú no eres realmente uno de ellos sino un espía en su país”. Nada más transparente que esa breve introducción. Aunque Guillermo Cabrera Infante pudo quedarse y seguir siendo uno de ellos, cómodamente, debido a sus orígenes humildes, y por su procedencia de una familia comunista, eligió partir hacia la libertad antes que vivir encadenado a la mentira y quedar esclavo de la vigilancia en un país que ya no era el suyo, sino el de “ellos”, el de “ésos”: los odiadores reales. Impuestos el odio y la maldad, el fracaso estaba asegurado, como ha sido, rotundo. Esta novela es la máxima prueba del gran fracaso que constituyó esa revolución, una prueba de primera mano.

Aun después de haber leído y sufrido con esta reciente obra de Cabrera Infante, sigo y seguiré sosteniendo que su autor era un escritor reidor. ¿Por qué? Pues porque amaba la verdad. Y tal como nos afirman Bergson y Heinrich Böll, en su cuento El reidor, sólo los dueños de la verdad, que la conquistaron con esfuerzo, poesía, y padecimiento, son reidores sofisticados, exquisitos y legítimos. Ni una sola obra de los odiadores, ni una frase redactada por los maldicientes, ni una sílaba de los imitadores, posee la altura de ‘Mapa dibujado por un espía’, ya que, reitero, no se trata exclusivamente del testimonio individual del autor, se trata de un fragmento tenebroso de la historia de Cuba que ahora los culpables, muy fétidamente, se disponen a borrar de un tachón: la época del espanto.

La paradoja, o “parajoda”, como bromeaba Guillermo, radica en que medio siglo más tarde, el tiempo y la razón están por fin del lado de los que con toda evidencia la tenían, de los silenciados y humillados. Publicar esta novela no sólo ha sido un hermoso gesto de justicia, además restituye la verdad escamoteada una y otra vez. Pone al descubierto la sombría falacia, muestra la basura barrida bajo la alfombra. Y le da un tapaboca a los ingratos y traidores.

Afortunadamente Guillermo Cabrera Infante sigue perpetuándose en ese reidor que no pocos conocimos, aunque no exactamente como el reidor profesional del cuento de Böll, sino como todos esos reidores que tuvo Cuba en el pasado, que reían porque buscaban y hallaron la verdad, porque como canta el verso de Lezama: nacer allí todavía era “una fiesta innombrable”, y nunca renegaron de sus orígenes.

Foto: Néstor Almendros. Archivos del escritor.

Tres tazas

Mircoles, 6 Noviembre 2013
He leído en estos días varios artículos y entrevistas con esos personeros semi enmascarados de la tiranía castrista. Dos de ellos son escritores del régimen, aunque tapiñados, claro, y se la pasan viajando pero marcando la tarjeta en Cuba y retratándose en sus chozas de lujo que les concedió el Partido Comunista en los repartos habaneros. El otro pasa por un profesor universitario y ensayista del exilio de terciopelo. Y el tercero es un periodista y biógrafo norteamericano, vamos a decir, que medio zanaco, o se hace. Todos coinciden en nombrar a -según ellos- novelistas cubanos de importancia, a los que por supuesto nadie conoce ni en la sala de su casa a la hora de encender el televisor ruso en blanco y negro. Y obvian, claro está, los nombres de otros escritores premiados, traducidos, publicados, con una obra extensa, casi todos exiliados, y anticastristas hasta el tuétano, entre los que me encuentro.

Lo curioso es que los especímenes estos a los que rara vez menciono, coinciden en ignorar, lo que ya es el colmo, el nombre de Guillermo Cabrera Infante, y para más inri uno de los escritorzuelos, un “fama” plagiador inventado por la izquierda, cuando ya no le quedó más remedio de aceptar su existencia, se llenó la boca para mascullar que el autor de Tres tristes tigres y de su novela más reciente Mapa dibujado por un espía (Galaxia Gutenberg, 2013), que es pan caliente en las librerías españolas, hoy precisamente, no había publicado nada una vez que se fue de Cuba. No sólo es una mentira y una falta de respeto inaceptables, además, en esta nueva novela de Cabrera Infante, la que ya tengo en mi poder y de la que escribiré más adelante cuando la haya terminado de leer, se cuentan las verdaderas razones por las que su autor, uno de los más grandes escritores cubanos y universales, fue durante toda su vida un anticastrista cabal, pese a que por sus orígenes bien pudo haberse acomodado y haber vivido como le hubiera dado la gana en un mundo de víboras y farsantes, como han hecho los antes no mencionados de marras.

De modo que no sólo Guillermo Cabrera Infante publicó la mayor parte de su obra fuera de Cuba, donde la escribió también, sino que además, después de su desaparición física, su esposa, Miriam Gómez, se ha dado a la tarea titánica de editar toda la obra inédita, y ya van cuatro libros publicados, bajo el atento cuidado de Antoni Munné, su editor. Una sola frase de cualquiera de esos volúmenes vale muchísimo más que cualquier librejo de basura de estos nuevos voceros del castrismo.

Tres alegres tazas.

Un libro de verdad

Jueves, 1 Marzo 2012

Acaricio el libro que acabo de recibir, en la portada la foto de su autor, un joven Guillermo Cabrera Infante que sujeta un pitillo atabacado entre sus dedos y los labios, en la época en la que hacía crítica de cine, para las grandes revistas habaneras. Una crítica que era más que crítica, de todo un escritor enamorado de la crítica, una crítica que era toda deseo, amor puro e impuro por la palabra, soberbio erotismo fraseado y disfrazado, por el mero gusto por las palabras enmascaradas bajo las sombras de otras palabras.

Se trata del primer tomo de la Obra Completa editada por Galaxia Gutenberg, con un extraordinario prólogo de Antoni Munné, su editor. Con más de mil quinientas páginas este volumen nos entrega la trayectoria literaria relacionada con la visión sensual de un loco por el cine, y la pasión sensata, o sea sensorial y sata, por el cine de un escritor que, como él mismo dijo en Cine o sardina, desde niño cenaba cine, porque su madre lo ponía a elegir entre la cena o el cine, y él invariablemente elegía lo segundo. Un escritor inspirado principalmente por el cine, por las actrices, los actores, y los directores del Hollywood dorado.

Este es un libro de los de verdad, de los de antes de la existencia de internet, tecleado en máquina de escribir, pensado y reinterpretado cual un pianista de jazz con las yemas de los dedos, musicado, cual un bongosero que tamborilea en un cuaderno. Así empezamos muchos escritores, tecleando duramente en una vieja Remington, o en una Underwood, acompañados del ruidoso ritmo del cerebro de la máquina, en forma de rodillo. Este es también un libro escrito a mano -de cuando se escribía a pulso-, magistralmente entretejido y engarzado con viejas notas, frases fragmentadas o cuentos enteros en las ramas de las arboledas de los parques habaneros, tirados en un cartucho. Y de ese Cartucho surgieron crónicas inéditas, fragmentos literarios que pudieran ser considerados capítulos de una historia de ficción. Porque todo lo que escribía G. Caín era la película que él escribía encima de la película ya existente, o el libro que surgía de la trama vuelta a hilar, hilarante.

Este es un libro de verdad, nacido del misterio individual de un creador único, es la confesión estilística de un hombre culto a través de su conocimiento, de sus sabias sensaciones, de su vida, vivida con amor. Y ese amor trascendió a su misma existencia, como ha trascendido su obra, porque sus libros quedaron tibios, calentando la eternidad, esa eternidad cuidada y regada por su esposa que no se resignó a dejarlos enfriar, y los horneó como se hornea el pan, y les dio vida, como si pariera los hijos, esos hijos de papel, que él ya no verá nunca, pero que pudo soñar en los ojos de Miriam Gómez.

Este es un libro de cabecera. El libro de cabecera por mucho tiempo. Cierro los ojos y lo último que veo antes de dormirme es a Guillermo, jovencísimo, entonces recuerdo sus chistes, la jocosidad de su gestualidad elegante, y su voz tan parecida a la de Edward G. Robinson; por la mañana al despertar retomo ese inquietante y bello objeto, y se abre ante mis ojos, sus páginas se me entregan, ardientes, y su escritura es el primer alimento que ingiero. Antes de salir de debajo de las sábanas releo una veintena de páginas, para poder iniciar el día de una manera poderosa y espiritualmente distinta.

En una foto que tomé de tal como quedó el escritorio de Guillermo Cabrera Infante tras su muerte -siete años más tarde sigue igual-, se puede leer esa nota tan hermosa dirigida a Miriam Gómez: “Rica, léelo, corrige, corta. Pero por favor di al teléfono que fui al médico, que llamen a las 11: 00…”  Si se dan cuenta el 11 significa dos, ellos dos. O quizá: Uno y uno, u otro, el autor y su lector. Él y cada uno de nosotros. y el infinito individualizado, en esos dos 00, que significarían la soledad de la lectura. Cada día llamo alrededor de esa hora.