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Sincrotrón Alba dota a España de un Fórmula 1 de la ciencia capaz de competir

EFE
20/03/2010 - 12:18

Barcelona, 20 mar (EFE).- El nuevo Sincrotrón Alba, un acelerador de partículas capaz de observar estructuras moleculares como si fuera un grandioso microscopio, va a dotar a España de un "Fórmula 1" que le permitirá "competir desde los primeros puestos de la parrilla", según su director científico, Salvador Ferrer.

Desde el aire, la carrocería del sincrotrón, este nuevo "ferrari" de la ciencia española que ha costado más de 200 millones de euros -financiados por el Ministerio de Ciencia e Innovación y la Generalitat- ofrece la imagen de una gran hélice plateada, aunque su espectacular apariencia externa es lo de menos, lo importante, -explica Ferrer en una entrevista a Efe- es su contenido.

Aunque en estos momento sólo están en marcha dos terceras partes de la instalación, ubicada en el parque tecnológico de Cerdanyola de Vallès (Barcelona), el presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, y el de la Generalitat, José Montilla, inaugurarán el sincrotrón el lunes 22 de marzo, aprovechando la Conferencia Europea de Infraestructuras de Investigación.

Inicialmente, la instalación, en la que trabajan ya unas 145 personas (sobre todo físicos e ingenieros), tendrá siete líneas de luz experimentales -aunque podrá llegar a treinta, según la financiación-, que Ferrer prevé que podrán comenzar a realizar sus trabajos de investigación en los primeros meses de 2011.

El Alba es un sincrotrón de "última hornada", al nivel del de Diamond (Reino Unido) o Soleil (Francia). Es lo más avanzado de la tecnología, pero lo esencial, dice Ferrer "es que es una herramienta básica para un país industrializado, tanto como los rayos X en un hospital, y los científicos lo necesitan para estar a la altura".

La utilidad principal del sincrotrón es su capacidad para producir un haz de luz microscópico de gran intensidad, características que permiten observar la estructura de la materia, como los cristales de proteínas y macromoléculas, líneas de trabajo, por ejemplo, del último premio Nobel de Química, o la investigación en la trasferencia de información genética.

Para lograr esta radiación se toman electrones a través de un cañón y se aceleran con campos eléctricos, que arrancan a una energía de cero electronvoltios y se aceleran, primero en un acelerador lineal y luego en otro circular, "que actúa como un tiovivo", para que los electrones alcancen la energía máxima de 3.000 millones de electronvoltios y una velocidad próxima a la de la luz (99,99).

A partir de ahí se introducen en un anillo de almacenamiento, un tubo circular de unos 270 metros de perímetro donde se mantienen dando vueltas de forma constante.

Para la producción del haz de luz que se utiliza en estas investigaciones, es necesario que las cargas vayan muy deprisa y tengan trayectoria curva (por medio de imanes), ya que si van rectas no emiten radiación.

La luz generada, con una intensidad de onda que va de los infrarrojos a los rayos X, se derivará hacia las diferentes estaciones de trabajo desde donde se realizan las investigaciones, y que utilizan la capacidad de lograr imágenes "radiográficas" (muchísimo más pequeñas, de una milésima por una milésima de milímetro de sección) y observar, por ejemplo, cristales o fósiles de ese tamaño.

La instalación, de unos 10.000 metros cuadrados, permitirá además hacer experimentos de difracción para estudiar la estructura de la materia, desde el ámbito atómico al nivel mesoscópico (de unas décimas de milímetro) y "conocer con precisión dónde están los átomos de los objetos, sus coordenadas", precisa Ferrer.

Como ejemplos de sus funciones, el Alba podrá hacer análisis químicos de alta sensibilidad de contaminación de suelos o de contaminación del aire por medio de metales en concentraciones que ahora era imposible detectar.

Este sincrotrón también dispondrá de un microscopio de rayos X para ver las partes de las células en tres dimensiones.

Aunque se prevé que albergue sobre todo a grupos de investigación de centros públicos -los investigadores públicos no pagarán por su utilización-, también estará abierto al sector privado, sobre todo empresas química o farmacéuticas, explica Ferrer.

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