
La literatura española no es una literatura de mitos. Apenas, ni mucho menos en la contemporánea, hay quiénes frecuentan ese lugar reservado a quienes son, indudablemente, representación máxima del poderoso imaginario del español como lengua sin infinito. Delibes lo es.
Lo es, porque ya nos habíamos acostumbrado a hablar de él como un cuerpo presente en su confinamiento vallisoletano. Ahí en donde la familia te acoge, te cuida, te ama. Delibes no estaba, no podía estar, en sarao ni comidilla alguna. Estaba ahí, aparado por el amor, en su refugio de dios viviente.
Esta noche lo ha abandonado, para subirse a ese país imaginario con Daniel el Mochuelo, con Niní, con Cencilio Rubens, con Menchu y con Mario, con Azarías. Porque Delibes son sus personajes. Sobre todo, Delibes quedará ya apoltronado en la Historia de la Literatura Española ?ya lo estaba; pero toda muerte sirve para certificar lo ganado en vida? como un inimitable e insuperable hacedor de personajes.
Sí, ese Daniel que encuentra 'El Camino', esa Niní que sobrevive cazando 'Las ratas', ese Cecilio Rubens burgués como pocos de 'Mi idolatrado hijo Sisí', con Menchu rememorando 'Cinco horas con Mario', que inevitablemente vienen ahora al recuerdo. Sí, ese Azarías impagable de 'Los Santos inocentes', incluso 'El hereje' Cipriano Salcedo. Todos ellos, y los que gravitan alrededor, son Delibes.
Así que es, por otra parte, muy fácil fijar la grandeza de un escritor que ha cabalgado en la memoria de la España literaria desde los años 40, muy fácil de ir ahora enumerando personajes delibeanos, personajes siempre marginados, fastidiados, perdedores, pero que encerraban en ellos una humanidad rampante y una ternura escondida.
En cierto modo, Delibes lo había contado alguna vez. Cómo en sus libros habitan estos personajes que, pese a las circunstancias, triunfan en el corazón de los lectores. -En todos mis libros hay un acoso del individuo por parte de la sociedad y siempre vence ésta-, decía Delibes. Pero no. Eran en nosotros, los lectores, donde vencían los personajes, porque ellos también eran o representaban a todos nosotros.
Sí, ese señor de Valladolid, periodista, cazador, devoto, escritor, poeta, abuelo, humilde, caballeroso, académico, famoso, escribía sobre cada uno de nosotros. Señores Cayo don Eloys, Sebastianes, Gervasios Garcías o Pacíficos Pérez. Esos personajes son Delibes y somos nosotros, españoles de diario, sobre los que Delibes posó su humanidad, su punto de vista, su capacidad de observación de cazador.
En esas novelas, en 'El disputado voto del señor Cayo', 'La hora roja', 'Aún es de día', 'Madera de héroe' o 'Las guerras de nuestros antepasados', en toda la selecta obra de Delibes, señor y caballero de las Letras, estamos nosotros, esa España nuestra, erigiéndose, sin más, en una de los mejores retratos -sino el mejor- que se ha hecho de nuestro siglo XX.
Y, todo ello, con pureza, con inocencia, con maestría; o lo que es lo mismo: sin delectación celiana, sin egos umbralianos o sin presunciones unamonianas. Más arriba que ellos, cerca de de Josep Verges, Rosa Chacel o Carmen Laforet, seguirá estando Delibes. Pero sólo, más sólo de lo queríamos, reinando sobre los lectores, sobre la literatura española.
Era un mito, y era un hombre. Deja de ser hombre, pero sigue siendo mito, aunque sin despojos, sin vulgaridades, sin carnaza. Lo seguiremos viendo, cada día, cruzando el Campo Grande de Valladolid, mirando el mundo a través de sus personajes, hablando con nosotros en sus novelas, amando la vida, temiendo la muerte, como todos esos antihéroes rurales y ciudadanos.
"Yo no he sido tanto yo como los personajes que representé en este carnaval literario. Ellos son, pues, en buena parte mi biografía", dijo al recordar el Cervantes. Nunca estuve de acuerdo. Él, Delibes, ha sido su personaje de personajes, su inspiración y su razón de ser.
Ejemplo vivo -aunque se nos haya ido- de que es posible titán de las letras, maestro de la novela, dios de la literatura -todas esas cábalas literarias que tanto odiaba- sin ponerse el mundo por montera. Sólo con buenas palabras, y esperando siempre la siguiente novela para hablarle al mundo y decirle cómo nos ve, qué nos falta, qué nos sobra, qué buscamos, dónde podemos encontrar.

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