
En Cuba nos enteramos temprano de la existencia del fenómeno literario nombrado el 'boom' latinoamericano pero sólo podíamos leer de manera natural a unos pocos escritores, a los autorizados por el régimen. Mario Vargas Llosa, uno de las mayores figuras del 'boom', continúa aún hoy en la lista negra, incluso cuando Castro aseguraba que haría del pueblo cubano el pueblo más culto del mundo.
Después de haber manifestado su decepción en relación a la revolución cubana a raíz del célebre juicio al poeta Heberto Padilla en 1971, aunque antes había apoyado este fenómeno social en sus inicios románticos, como muchos intelectuales de la época, Vargas Llosa cayó en desgracia con el gobierno de la isla.
A los cubanos les está prohibida la existencia de Mario Vargas Llosa, no se puede hablar de él, su obra es francamente boicoteada. Pero como escribió José Lezama Lima: Sólo lo difícil estimula, e igual que otros tantos intelectuales y artistas prohibidos, Mario Vargas Llosa es conocido y leído de cabo a rabo, -de la isla y de sus libros- de modo clandestino.
Todavía yo no había cumplido los dieciocho años cuando un enamorado bobo, de esos que plagian versos de José Angel Buesa y que te leen al oído fragmentos de El hombre mediocre de José Ingenieros, me invitó a un taller literario, engendros horrorosos creados por la Juventud Comunista para guiar el gusto literario de los futuros narradores que se suponía la revolución daría a puñados.
Yo escribía poemas y un diario desde los once años, pero no me creía escritora. Ni tenía idea de que ser escritora era ser algo, además intuía que en el comunismo ser escritor resultaba más bien peligroso.
En el taller literario nos leyeron un capítulo de El Tábano, novela rusa, luego nos preguntaron que si sabíamos escribir sobre extraterrestres, pues en aquel momento se concebía el plan por parte de los ideólogos de la cultura de fomentar la novela de ciencia-ficción del realismo socialista tropical.
Salí espantada de aquel antro de verdugos que ni siquiera conocían El hombre que se llamaba Jueves de Chesterton. Aunque mi formación literaria era pobre, no pasaba de unos cuantos libros descubiertos por mí al azar en la librería de viejos de la calle Reina, y de los poemas que declamaba mi abuela, en francés incluso sin conocer ese idioma.
Charles Baudalaire -el favorito de mi abuela- me dejaba en Babia, pero el ritmo, el sonido de las palabras, la erre arrastrada en el esfuerzo de mi Abue por parecer parisina, me fascinaban; pero lo que daba por seguro es que en aquellos infames talleres yo no tenía mucho que aprender, nada que hacer, menos que dar, todo que perder; aquello era basura, en una palabra.
Sin embargo, al salir de aquel recinto, nos topamos con un grupo de pepillos melenudos, entre ellos escuché, envuelto en un aire de imposible, sobre un escritor de prosa como la izquierda de hierro de un boxeador: "Me dejó nokeao, asere, La ciudad y los perros, me tumbó. Un bárbaro ese tipo, eso si es un salvaje, compadre. Una bestia el Vargas Llosa ése".
Poco tiempo después conocí a quien sería mi primer gran amor, y luego de matarme a mentiras me invitó a una tertulia de escritores y pintores. Todo el mundo hablaba menos yo. Y me sentí poca cosa, no tenía opinión sobre nada.
Detesté aquel ambiente de literatura de té amargo (¡dios santo, el país entero cortando caña y no había ni un terrón de azúcar para endulzar la bebida!) y humareda. Ahí aprendí a fumar, sólo aspirando el aliento de los demás. Entonces también ellos mencionaron a Vargas Llosa, pero dijeron que se trataba de un traidor a la patria, o sea a la nuestra, que no era la de él, claro está.
Me dio un ataque de risa, y el amor de mi vida me reviró los ojos, muy serio; sin embargo después a solas conmigo comentó el mal gusto de aquel energúmeno que había insultado al autor de La casa verde.
El 'pesar de mis pesares' viajaba al extranjero pues por aquellos tiempos gozaba del privilegio de ser el niño lindo de un funcionario castrista, y regresaba cargado de paquetes de café, de rollos de papel higiénico, champúes, chocolate, jabones, perfumes baratos, y ¡libros!
En secreto mi amante sentía cierta debilidad por Mario Vargas Llosa, pero en público se confesaba influenciado por Gabriel García Márquez. A Vargas Llosa lo compraba con los dólares del Estado, a García Márquez lo vigilaba en la plaza de la Catedral para tumbarle un ejemplar dedicado.
Al regreso de unos de sus periplos por festivales de cine europeos abrió el maletín de mano y extrajo un libro forrado en papel de regalo de Galerias Preciados. -Mira lo que traje. -silbó en un murmullo.
Fue él quien puso en mis manos La ciudad y los perros, una noche que trinaba de lo caldeada, en el cuarto de Mercaderes dos, en La Habana Vieja; hacía un bochorno del carajo, el ventilador ruso troteaba de un lado a otro del cuarto -los soviéticos le ponían el motor más grande que la hélice lo que convertía al aparato en una especie de caballuno robot (el ruido lo ponían ellos, nosotros la imaginación haciéndonos la idea socialista de que refrescaban).
Por el ojo de buey entraba el vapor sofocante de la marea, la brea pestilente de la bahía, y la escandalera de los vecinos haciendo el amor a todo pulmón (o sea templando) encima de una colombina de fuelles oxidados. No pude apartar las pupilas del libro hasta que no llegué al final, y para ese instante ya era el día después, y el sol radiante dibujaba un cono de luz atravesando el pequeño espacio, iluminando en redondel las losas blancas y negras. A los homosexuales que templaban en estéreo se los había llevado la fiana (la policía) de cara al campo permanente, a cortar caña en una granja ubicada en el culo del mundo con la intención de fortalecerles el espíritu.
A mí me habían expulsado de la universidad en lo que se denominó la segunda cacería de brujas, y me dediqué a leer y a pintar paredes a brocha gorda para ganarme unos pesos. Leí casi todo. Pero recuerdo con especial cariño, y temblor, las fiebres que me proporcionaron Marcel Proust, Thomas Mann, Henri Böll, Hermann Bröch, Robert Musil, Margarite Yourcenar, Fernando Pessoa, Constantino Kavafis, Guillermo Cabrera Infante, Lydia Cabrera, Lino Novás Calvo, Octavio Paz, y Mario Vargas Llosa, entre otros.
La ciudad y los perros me reveló la rebelde que había en mí. Supe que no me iría a quedar nunca más tranquila, y sentí roña de vivir en aquella maldita finca castrista, y me tiré en el suelo cuadriculado como tablero de ajedrez a que el sol encegueciera mis ojos y así poder imaginar que algún día sería libre.
Tocaron a la puerta, mi primer amor corrió a esconder la literatura maldita. Quien llamaba era un vecino, crítico de arte. Con un dedo enrollaba un crespo ficticio encima de su frente, los ojos desorbitados, las canillas peludas al aire, el ombligo como válvula de pelota playera.
-¿Tienen café, té, algo que beber, algo que leer? Me estoy volviendo loco encerrado en ese bajareque, y sin tener nada que leer. Ya me soné la biografía de Kruspskaya, la jeba de Lenin, como quince veces. Le he cogido una tirria a esa mujer que no quiero saber de ella ni en pintura. A veces pienso que me he muerto...
Respiramos aliviados. Fui yo quien mostré los libros ?de afuera?. Silencio rotundo. La demencia mezclada con el más profundo goce se apoderó de su semblante, sin embargo no se atrevía a emitir ni siquiera una exclamación. No osaba tocar las cubiertas, se mesaba las grasientas greñas, mordía sus labios y salivaba. Al cabo del rato, luego de beber un vaso de agua helada, susurró: "Nadie se enterará, si me los prestan nadie se va a enterar, lo juro".
El dueño del tesoro (del diversionismo ideológico ?según los censores-) le hizo firmar un papel en el que se comprometía a devolver La ciudad y los perros en el plazo de dos días.
No llegó a las veinticuatro horas cuando el crítico de arte reapareció, una vez en el interior de la habitación sacó el volumen envuelto en un trapo de cocina, y quedó esperando el segundo: La casa verde.
Jamás olvidaré su rostro, la delicia, la vida. De buenas a primeras había resucitado, y parecía que levitaba cuando se perdía por el pasillo hacia la escalera del segundo piso, Seix Barral en ristre. Leíamos acorralados, enterándonos de lo que era la libertad de expresión, el derecho a disentir, imbuidos por la melodía del texto, admirados por la pasión en las más sencillas palabras.
Los años pasaron y siempre andaba yo detrás de los libros de Mario Vargas Llosa, cachicambeándolos por un paquete de arroz o por una libra de azúcar prieta. Los diálogos cruzados de Pantaleón y las visitadoras, la perfección de las descripciones, la armonía de las frases, la escritura me seducían tanto como la historia. Y me hice escritora leyendo a Mario Vargas Llosa.
Los sinsabores de La tía Julia y el escribidor permitieron que adivinara los jeroglíficos, los sentimientos diluidos en las formas, el arrebato apaciguado en la estructura. La sensualidad comprimida en Elogio de la madrastra y Los cuadernos de Don Rigoberto aportaron la elegancia, y la fascinación por la palabra ?trastabillar?.
El peso del compromiso histórico en Conversación en la catedral, en Lituma de los Andes, en La fiesta del chivo, me tocaron muy hondo, porque me identifico con sus análisis sobre la insostenible situación de mi país, la larga dictadura, el terror y la ignorancia.
Cuando publiqué mi primer libro de poesía, de milagro me invitaron a una emisión radial habanera, me atreví a mencionar los nombres de Octavio Paz y de Mario Vargas Llosa como a los escritores que admiraba, luego me contaron que en ese momento se produjo un ruido espantoso en el sistema, y mi voz fue alterada. Enseguida me llamaron a contar, llamaron a contar a algunas personas de mi entorno. También de milagro el suceso no tuvo seguimiento por parte de los oficiales de la seguridad del estado.
Hace poco compré por internet Cartas a un joven novelista. Qué maravilloso es poder comprar el libro que uno desea leer, sin acorralamientos, sin temores de ser sorprendido y atrapado. El libro llegó por correo ?¡ah, el correo que funciona!- en menos de cuarenta y ocho horas. Media hora más tarde sucedió como si hablara con Mario Vargas Llosa, él me aconsejaba, anotaba aquí y allá; y por fin se produjo el encuentro.
Ya en una ocasión, frustrada por culpa de mi antiguo pasaporte cubano, no pude entrevistar a Mario en Londres, la embajada británica en París no me concedió el visado. Pero nos encontramos ahora, en la esencia de su obra y de su amistad, esos detalles inmensos que guían sin empujar, sin forzar, que animan a que continúes constante. Sus súbitas frases entrelazadas con las mías, todavía balbucientes, a la manera de sus diálogos cruzados que tanto amo, enseñándome el ritual infinito, el misterio de la literatura.

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