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¿Y Cervantes, Calderón y Lope?

Juan Carlos Rodríguez
5/11/2008 - 23:58
Medallón de Calderón en el Teatro Español

Los restos de los tres grandes escritores españoles, como sucede con el de Federico García Lorca, salvando las distancias, están en paredero deconocido. Madrid ha perdido, nada más y nada menos, que los osarios de los tres mayores genios de la literatura española: Cervantes, Lope de Vega y Calderón de la Barca.

Calderón de la Barca: desaparecido en la Guerra Civil

Los huesos de Calderón no fueron, precisamente, de los olvidados. La hemeroteca recuerda que los restos del insigne autor de "La vida es sueño" -bautizado en 1600 en la iglesia de San Martín y muerto en 1681 en su casa de la calle Mayor- inauguraron el nuevo viaducto diseñado por Eugenio Barón.

Fue el 13 de octubre de 1874 y el cortejo fúnebre devolvía el columbario del dramaturgo madrileño a la sacramental de San Nicolás. De allí emigró definitivamente a la iglesia de San Pedro Apóstol en la calle San Bernardo, donde en algún lugar de la iglesia debe estar hoy escondido.

La historia oficial, plasmada en una placa en el pórtico de la parroquia, afirma que los restos de Calderón "desaparecieron en el incendio y saqueo del año 1936". Sí que es verdad, pero los detalles son importantes. El saqueo de los republicanos durante la Guerra Civil arrasó buena parte de la iglesia, pero los restos de Calderón quedaron a resguardo.

Tan bien, que nadie sabe dónde están. El párroco de la iglesia debía estimar tanto los restos del autor del "Alcalde de Zalamea", que decidió esconder la hornacina con los huesos de Calderón en el más recóndito secreto del templo. Nadie sabe dónde. Y el párroco no vivió para contarlo.

Lope de Vega: a la fosa común por impago

El "Fénix de los Ingenios", como Calderón, fue capellán mayor de la orden de San Pedro Apóstol. Y como Calderón, sus huesos duermen sin que nadie sepa dónde.

Aunque el osario de Lope de Vega y Carpió es ya irrecuperable. "En el siglo XVII y en el corazón de Madrid uno era famoso hasta la muerte. Después de fallecido, todos los muertos son iguales", según el padre Matías Fernández García, coadjutor de la iglesia de San Sebastián bajo la que duerme el escritor más prolífico de la literatura española, con más de 400 autos sacramentales y 1.100 comedias en su haber.

Lope nació el 25 de noviembre, día de San Lope, a un paso de la puerta de Guadalajara, y fallece el 1635 en su casa de la calle Francos, hoy calle Cervantes.Y, como el autor de "Don Quijote de la Mancha", corpore insepulto se celebró su funeral en la capilla de los Artistas de la iglesia de San Sebastián, en Huertas. Allí, donde se bautizaron sus ocho hijos, fue enterrado en depósito por decisión del protector conde de Sessa, que entregó 700 reales a cuenta para sufragar los gastos del funeral y el entierro en 1635.

Cantidad que debió ser insuficiente, porque los libros de Fábrica de la parroquia entre 1658 y 1664, según describe el padre Fernández, nombran al conde y sus herederos como deudores por el nicho de Lope, aunque no declara por cuántos reales. Y como quiera que nadie asumiera la deuda, Lope fue arrojado al osario común de la parroquia, que hoy queda prácticamente debajo de la capilla donde está la hornacina vacía que la Real Academia Española mandó erigir.

Cervantes: víctima de la monda de los nichos

Lope de Vega y Cervantes tienen mucho en común, más allá de la confusión: ¿Porqué la calle donde vivió y murió Lope se llama Cervantes, antigua calle de Francos, y en la que vivió y murió Cervantes, la contigua calle del León, se llama hoy Lope de Vega? Los dos, que no se podían ver el uno al otro, fueron víctimas de las "mondas" con que los párrocos limpiaban sus nichos cada vez que tenían que colgar el cartel de "completo".

Así, tampoco nadie sabe dónde se halla el cuerpo de Miguel de Cervantes. El escritor complutense murió en su casa de la calle del León el 23 de abril de 1616 y fue enterrado en el convento de las Trinitarias Descalzas de San Idelfonso, donde profesaban una hija de Lope de Vega y otra de Cervantes. Nueva casualidad. Y en uno de sus osarios comunes enterrado con cal y cemento debe de permanecer.

El rey José Bonaparte -el mismo que arrasó la cripta de Velázquez- quiso rescatar el cuerpo de Miguel de Cervantes. No lo consiguió. "Vestido el hábito de San Francisco y con la cara descubierta, fue llevado por sus hermanos en religión de la calle del León al convento de las monjas trinitarias descalzas en la calle de Cantarranas. Allí le enterraron y allí descansa aún", según escribió el hispanista escocés Jaime Fitzmaurice Kelly en 1892 en su "Vida de Don Miguel de Cervantes".

Pero no ya no estaban allí. Nadie recordaba el lugar del enterramiento. Después de la Guerra Civil, se buscaron por última vez, un intento realizado por el académico Joaquín de Entrambasaguas en los años cuarenta del siglo XX", según el historiador José Montero Padilla.

Quevedo: ¿Está en Villanueva de los Infantes?

¿Son de Quevedo y buena ley los huesos que yacen en Villanueva de los Infantes? Expertos de medicina legal, que exhumaron los restos mortales en 2006, han despejado la duda: son el ?polvo enamorado? de Quevedo. Pero sólo un fémur derecho, que mostraba la cojera del literato, sirvió de indicio para identificar los huesos del autor de "El buscón".

La cripta de Santo Tomás de Villanueva, en la parroquia de San Andrés, escondía un totum revolotum huesos de animales, niños pequeños, jóvenes y ancianos, lo que obligó a hacer varias discriminaciones hasta quedarse con un grupo de restos que cumplían con el perfil del escritor, fallecido a los 65 años.

En total, se pudieron recuperar diez fragmentos del esqueleto, algunas vértebras, los dos fémures y una clavícula, aunque, del cráneo, "no se sabe nada". Quevedo falleció el 8 de septiembre de 1645 en una celda del Convento de Santo Domingo de Villanueva de los Infantes, en donde, según su testamento, deseaba ser enterrado, al menos hasta que pudiera ser trasladado al convento de Santo Domingo el Real, de Madrid, donde reposaban los restos de su hermana Margarita.

Los dominicos, sin embargo, lo despecharon, por lo que una familia del lugar, los Bustos, se hicieron cargo del cadáver para depositarlo en su cripta de la parroquia de San Andrés.

¿Por qué dudar? En 1868, solicitados los restos de Quevedo para el Panteón de Hombres Ilustres, se abrió la cripta: y nadie supo quién era Quevedo. Así las cosas, se determinó enviar un conjunto de huesos que presuntamente correspondían al poeta. Volvieron poco después y directamente se enterraron de nuevo, tal cual, en la cripta, que años después se tapó. En 1955 reapareció, contenía nueve fosas con los restos de la familia Bustos, y es ahí donde se ha investigado.

El panteón de los Hombres Ilustres: un viaje de ida y vuelta

Los huesos de Cervantes, Lope de Vega y Calderón de la Barca no son los únicos desaparecidos. A ellos, hay que sumarles sobre todo a Diego Velázquez. Arqueólogos, historiadores y políticos ?con Gustavo Villapalos al frente- comenzaron hace ahora diez años a buscar los restos de Diego Velázquez, bajo la tutela de la Comunidad de Madrid y aprovechando las obras de un parking subterráneo.

El pintor sevillano debía yacer debajo de la plaza de Ramales, en lo que fue la cripta de la iglesia de San Juan, derribada en 1811 por orden del rey José Bonaparte, dispuesto a abrir plazas en el crucigrama del Madrid de los Austrias. Pero Velázquez, enterrado junto a su esposa, Juana Pacheco, en 1606, nunca apareció. Pero durante meses llenó los papeles.

Y la lista de ?huesos? ilustres perdidos, casi todos en Madrid, sigue con otros pintores como Claudio Coello, marinos como Jorge Juan o arquitectos como Juan de Herrera. A Velázquez, Cervantes y Lope ?entre otros, como los de Viriato, Pelayo, El Cid o Guzmán el Bueno? ya los buscaron infructuosamente en 1869 por mandato de la comisión parlamentaria encargada de crear el Panteón de Hombres Ilustres en la basílica de San Francisco el Grande y formada por Salustiano Olózaga, Manuel Silvela o Fernández de los Ríos.

Los huesos de Calderón, enterrados hasta entonces en la iglesia de San Pedro Apóstol de la calle San Bernardo fueron trasladados ese mismo año a San Francisco el Grande -sede del panteón nacional- junto a los del propio Quevedo, Ventura Rodríguez o Juan de Villanueva. Pero sólo cinco años después, en 1874, se comenzó a desmantelar y los muertos ilustres comenzaron el camino de regreso a sus nichos. Pero con tanto viaje, muchos se extraviaron para siempre.

En el siglo XIX se quiso, otra vez, volver a tener un panteón nacional, aunque dedicado sobre todo a los políticos de la restauración. En esta ocasión se pensó en la basílica de Nuestra Señora de Atocha. Dado su mal estado, se construyó en 1901 a su lado un panteón que aún mantiene abierta sus puertas y acoge los mausoleos de Canalejas, Sagasta, Dato, Ríos Rosas o Cánovas del Castillo.

Los huesos de otro genio de la pintura española. Francisco de Goya, permanecen en la ermita de San Antonio de la Florida. Y. quizá, porque el aragonés tuvo a bien morir en Burdeos. Aun que ya se sabe sin su famoso cráneo, robado durante el traslado.


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