
La opinión pública catalana -partidos y medios de comunicación- va percatándose poco a poco de la gravedad de la encrucijada después del naufragio. El fracaso del TC a la hora de aprobar el quinto borrador de sentencia, a causa -se dice- de la "traición" del magistrado supuestamente progresista Manuel Aragón, no ha impedido en realidad la convalidación del nuevo Estatut sino una severa mutilación del mismo que, con ser grave, se refería apenas a las cuestiones más chirriantes, más difícilmente compatibles con la Constitución.
Y, de ahora en adelante, con la designación del vicepresidente Jiménez como ponente, las cosas sólo pueden ir a peor para quienes han defendido contra viento y marea la constitucionalidad de la nueva Carta catalana: por lógica, la sexta ponencia será todavía más restrictiva.
Esta argumentación es la que, de un lado, impulsa a Montilla y a la mayoría de las fuerzas políticas y actores sociales de Cataluña, a exigir la inmediata renovación del Tribunal y, de otro lado, impulsa el enrocamiento de Rajoy, que ve cómo su recurso de inconstitucionalidad está a punto de prosperar en lo esencial. Y todo ello ocurre ante la impotencia del Gobierno del Estado, con Zapatero al frente, quien lanza su patética lamentación: "Yo no puedo hacer nada; aunque no lo creáis, así es la democracia". Con sus grandezas y sus miserias (en este caso, más miserias que grandezas).
Ésta es la cruda realidad. El Gobierno no desempeña papel alguno en este asunto. En el complejo sistema de equilibrios y convenciones que configura nuestro modelo constitucional, homologable con las más maduras democracias del mundo, el Tribunal Constitucional tiene hoy en sus manos nada menos que el encaje de Cataluña en el Estado, el futuro de las aspiraciones profundas de la sociedad catalana, la relación en fin entre un comunidad singular y el ámbito que la acoge desde la formación de la España moderna en el siglo XV.
Pero el Tribunal Constitucional no es una abstracción: es una corporación electiva constituida por insignes expertos en Derecho, verdaderos hermeneutas de la Carta Magna, que han obtenido la confianza del Parlamento. En consecuencia, deberían ser ellos mismos quienes, en esta vidriosa encrucijada, decidieran en conciencia si creen que su institución, con cuatro miembros 'caducados' -que cumplieron su mandato en diciembre de 2007-, uno fallecido, otro recusado y otros tres a punto de llegar también en unos meses al final de su ciclo de nueve años, está en condiciones de adoptar una sentencia tan decisiva para el futuro político de este país.
Miquel Roca, ponente constitucional y personaje de indiscutible prestigio, escribe hoy en La Vanguardia que el Tribunal Constitucional ha agotado su crédito. Muchos pensamos igual. Pero, efectivamente, en el modelo constitucional que nos hemos dado libérrimamente, el Poder Ejecutivo no tiene medios para interferir en esta secuencia de despropósitos. Y es dudoso que un pacto PP-PSOE para renovar precisamente ahora el Tribunal sirviera para serenar el caos jurídico político. Tampoco parece lo más deseable "cambiar el árbitro a mitad del partido".
En estas circunstancias graves y lamentables, deberían ser los propios magistrados del Constitucional quienes valoraran cabalmente, tanto en el plano individual como colectivo, si el interés general recomienda su continuidad en estas situaciones precarias o hace aconsejable la renovación. Ellos sí tienen toda la capacidad para resolver el dilema, bien manteniéndose en sus funciones ?la ley les ampara-, bien presentando la dimisión irrevocable, que forzaría al Parlamento a proceder a la renovación.
No cabe duda de que este gesto de grandeza, la dimisión, arrojaría oxígeno sobre la irrespirable situación actual. Aliviaría el desgaste de una institución abrumada por su propia impotencia, abriría nuevas expectativas intelectuales al debate, permitiría introducir lubricantes nuevos en los intersticios de la gran disputa. Deberían meditar esta posibilidad quienes, inexorablemente, ya pasarán a la historia por su papel en este delicado contencioso.
El Estatut se encuentra en un callejón sin salida gracias al PP. Ahora tienen que demostrar su valentía los políticos catalanes y no pactar jamás con este partido aunque esto les llevará al poder. Catalunya es una gran nación y no se dejará humillar.
Ni cataluña es nación ni el estatut una constitución. Eso lo decidirá el TC. Al TC podemos ir todos, ya que es el único que puede velar por nuestros derechos constitucionales. A eso se le llama "amparo", así que, igual que tú, otros que no pensamos igual que tú, tambien tenemos derecho a discrepar.
La Constitución inicia su articulado de esta manera: Art. 1.1 "España se constituye en un Estado social y democrático de Derecho". No se lo que entenderán uds. pero yo entiendo que lo primero es la LEY, no los intereses particulares, corporativos, territoriales, de partidos, etc. Estos últimos son valídos si no contravienen al ESTADO DE DERECHO.
Lo que no es de recibo es que esa alta instancia del estado tenga cuatro magistrados con mandato vencido, cuatro a punto de vencer, uno revocado y otro no sustituido.
Ya me explicaran con que prestigio se puede legislar en estas circunstancias, que ademas han estado casi cuatro años por definirse y todavia a dia de hoy seguimos igual.
Por favor no pongamos referencias de otros estados democraticos. Da verdadera pena.
Yo seguire haciendo mi vida mormalmente, pero quiero que quede constancia de que no aceptare que cuatro caducados se rian de una decision tomada en referendum por el pueblo catalan.
Pero vamos a ver, señores, seamos serios, cómo podemos pensar que la culpa es del PP. A esta conclusión sólo podemos llegar desde una posición sectaria y manipulada. Le echamos la culpa al mensajero (denunciante) y nos olvidamos del que ejecuta la acción.
Señores, en este embrollo sólo hay un culpable, ZP y su irresponsabilidad, asumiendo compromisos que no podía cumplir, buena prueba de ello la encontramos en el descrédito que esta sufriendo el Tribunal Constitucional, y reitero, en el embrollo nos ha metido J.L. Rodríguez Zapatero, no desviemos la atención.
Para que no haya dudas sobre mi reflexión, quiero decir que me parece aceptable el ámbito de decisión del pueble de Catalunya, pero hagamos las cosas bien, no por la puerta de atrás, si hay que reformar la Constitución, refórmese, ¿cuál es el problema?
En el asunto del estatut de Catalunya, el pepe como el pesoe son la misma cosa. o sea una pandilla de mentes retorcidas, y tanto monta como monta tanto.
Con todos los respetos que se merecen estos ilustres payasos. Para mi lo mismo zapaembustero como rajao, estan haciendo el payaso tomandoles el pelo a un pueblo que como se demuestra, ellos desprecian.
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