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Turistas narran su huída precipitada de Tíbet

AFP
15/03/2008 - 13:04

"Debíamos marcharnos de allí", repiten los turistas extranjeros que huyeron de Lhasa, capital del Tíbet, donde fueron testigos el viernes del caos y la violencia provocado por las manifestaciones contra el dominio de Pekín y el uso desproporcionado de la fuerza por parte del ejército chino.

"Vi mucha gente con heridas en la cabeza, sangre, ambulancias, tanques y policías", resume Bente Walle, una turista danesa de 58 años que llegó el sábado al aeropuerto de Chengdu (suroeste de China), procedente de Tíbet, donde al menos diez personas murieron el viernes en las manifestaciones.

"Estaba demasiado cerca cuando todo comenzó. No oí disparos pero vi muchos incendios y todo el mundo corría. Mi guía me dijo que teníamos que marcharnos de allí. Alguien nos hizo entrar en su casa y cerramos la puerta con llave", contó esta turista.

Según esta mujer, algunos tibetanos ataron un pedazo de tela blanca a las puertas de sus casas y a sus automóviles para evitar que los manifestantes les atacaran.

El sábado, unos 50 turistas extranjeros aterrizaron en Chengdu. Los turistas chinos que también salieron de Tíbet no querían responder a las preguntas de los periodistas.

Según una canadiense, que no quiso dar su nombre, numerosos monasterios cerraron en Lhasa desde el martes, pero la violencia sólo comenzó el viernes.

"Los tanques llegaron, hubo disparos y después mucho humo (...). Daba miedo. Nunca supimos realmente qué estaba pasando y no teníamos ningún contacto con el exterior", explicó.

Estos estos turistas, las autoridades chinas controlaban la situación el sábado por la mañana en Lhasa.

"Me despertaron dos o tres disparos hacia las 02h00 de la madrugada (...) Hacia las 04h00 volví a despertarme y vi dos tanques y unos 30 o 40 camiones llenos de soldados. Me dije que no era buen signo", contaba el alemán Rainer Ulrichl.

Según Walle, Lhasa parecía una "ciudad fantasma" el sábado por la mañana y en el aeropuerto reinaba el caos porque todo el mundo quería salir cuanto antes de Tíbet.

"Todo estaba cerrado. Había muchos militares. Parecían niños vestidos con chaquetas demasiado grandes para ellos", recordó esta danesa.

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