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La 'bota italiana' necesita una nueva suela

M. Calcaterra
14/04/2008 - 19:13

Una vez más, Silvio Berlusconi ha capitaneado a la derecha italiana en las elecciones generales. Es la quinta vez, desde los años 90, que el líder del Popolo della Libertá (Pueblo de la Libertad) desafía a la izquierda. El actual primer ministro, Romano Prodi, se presentó en dos ocasiones; Francesco Rutelli, una vez. Y, ahora, es turno de Walter Veltroni, hasta hace pocos meses alcalde de Roma.

La novedad radica ahora en que Veltroni decidió cortar con el pasado y crear un nuevo partido (Partido Democrático), sin vínculos con la izquierda radical, integrada por los comunistas y los verdes que, a su vez, se reagruparon en la Sinistra Arcobaleno (Izquierda Arco iris).

Al tomar esa decisión, Veltroni se libró de una casta de líderes envejecidos y conservadores, al tiempo que guiñaba un ojo al electorado de centro y centro-derecha, siempre alérgico a la extrema izquierda y dispuesto a apostar por una nueva Italia.

El Partido Democrático se ha presentado, pues, como una fuerza renovadora de un país como Italia, que necesita profundas reformas estructurales para modernizar su sociedad, relanzar la economía en una situación de prácticamente crecimiento cero durante los últimos años, sanear las finanzas públicas -el déficit y la deuda pública se encuentran entre los más elevados no sólo de Europa sino del mundo-, luchar contra la economía sumergida, contra la excesiva burocracia de un Estado ineficaz y contra el cáncer de la Mafia y la Camorra.

Críticas y alabanzas

Se trata, obviamente, de un programa muy ambicioso, que parece despertar la ilusión de mucha gente -sobre todo, entre los jóvenes-, pero que también ha sido muy criticado. Por ejemplo, la derecha de Berlusconi acusa a Veltroni de ser el heredero directo de Romano Prodi -que aún preside el Partido Democrático- y, por tanto, expresión de la continuidad de la izquierda moderada italiana y no de una auténtica renovación.

Por su parte, Berlusconi se ha visto obligado a escorarse un poco más a la derecha, dado que sus históricos aliados de la UDC (Unión Democrática), liderados por Ferdinando Casini, decidieron presentarse en solitario, al no encontrarse ya en sintonía ni con las ideas ni con la línea política del ex primer ministro. De hecho, Berlusconi decidió reforzar el eje con Alleanza Nazionale (Alianza Nacional) de Gianfranco Fini y con la Liga Norte de Umberto Bossi, así como con otros movimientos (los de Dini y de Mussolini) de menor importancia, enviando de esta forma al país una clara señal de viraje hacia posiciones más radicales de derecha.

La Liga -un partido profundamente populista e incluso xenófobo- está ganando, por lo que parece, terreno en el norte de Italia y, si Berlusconi gana las elecciones, seguramente le impondrá condiciones en materias tan sensibles como la inmigración o el federalismo.

Es difícil pronosticar cuál será el nuevo Gobierno que va a dirigir Italia. Las últimas proyecciones dan la ventaja a Berlusconi, pero muestran a Veltroni en un rápido ascenso. Es decir, que la victoria podría jugarse a los puntos y por sólo un puñado de votos más o menos.

La Ley electoral

Un escenario que, de producirse, sería el peor de los posibles. Ganar por un estrecho margen, vencer una vez más con una mayoría exigua (no tanto en la Cámara Baja como en el Senado) significaría no poder gobernar Italia. Significaría no poder tomar decisiones arriesgadas, ni poner en marcha las necesarias reformas estructurales, siendo la primera y más importante la reforma de la Ley electoral.

Significaría, en otras palabras, seguir teniendo un país paralizado, incapaz de reaccionar ante la profunda crisis por la que está atravesando. Una crisis económica, pero también social e institucional. Eso sería, por lo tanto, lo peor que le pudiese pasar a Italia.

Una bota italiana fuerte y próspera le conviene no sólo a los transalpinos, sino también a Europa, porque actuaría como fuerza motriz del relanzamiento de la economía y de la redistribución de la riqueza, en lugar de como un peso muerto, necesitado de muletas para poder mantenerse en pie y caminar.

Los agujeros de la bota no permiten a los italianos caminar lejos. Éstos se encuentran ya muy hartos y muy cansados. Y merecen tener, por fin, un Gobierno capaz y un Estado eficaz, que impulse y promueve como se merece su esfuerzo diario. Para que el que pueda no se siga yendo al extranjero hay que ponerle una suela nueva a la bota.


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