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La maldición que condenó a Payet contra el Atlético: tocó la copa antes de la final y acabó lesionado y sin título

17/05/2018 - 8:23
  • El capitán del Marsella incumplió con la superstición de no tocar el trofeo
  • Su equipo no sólo perdió la final, sino que él acabó lesionado en el 32'
Momento en el que Payet toca la Copa de la Europa League incumpliendo la tradición de no acariciar el trofeo. Imagen: beIN Sports

Los tópicos son la piel del fútbol. Están siempre ahí. Parecen imperceptibles pero, sin ellos, sin los tópicos, este deporte no sería lo que es. Forman parte de su magia. A veces (la mayoría) se cumplen. Otras, (la minoría) no. Dimitri Payet, el capitán del Olympique de Marsella, el mejor jugador del rival ayer en la final del Atlético de Madrid, decidió alistarse a los incrédulos que pertenecen a este último grupo. Lo pagó con una de esas condenas que se recuerdan para la eternidad del fútbol. Ya es leyenda negra del balompié. 

El francés ingresó en la cohorte de esos que consideran que los tópicos (además de las supersticiones) no meten goles. Así que, herético él, se apresuró a romper una de las consignas más inviolables de cualquier partido con un trofeo en juego. La Copa, antes de que el balón ruede, no se toca.

Algunos creen que ni siquiera mirarla se puede. En un mix anómalo, el francés salió liderando su formación al césped del Lyon Stadium con la mirada clavada en el verde. Nada de observar el trofeo. Pero su mano izquierda desobedeció el gesto de sus ojos y se extendió para acariciar la base de ese galardón de 19 kilos. Sin saberlo, Payet ya la había perdido.

También se había perdido él. Porque en un ejercicio de doble crueldad, la apostasía no sólo acabó con goleada del Atlético, sino con el propio Payet llorando no por los tantos de su compañero de selección, de Griezmann, sino por su desdicha personal.

Payet abandona entre lágrimas el partido tras su lesión. Imagen: EFE

En el 32' abandonó el campo afectado por una lesión muscular. Dejó el césped llorando como un crío, sin consuelo posible aunque fueran los besos del verdugo Griezmann.

Con esa misma mano izquierda que había ejercido de báculo de magia negra secó las lágrimas de su frustración por verse fuera del partido de su vida. Quién le mandaría no creer en la piel de fútbol. Quién le mandaría apostatar de sus tópicos y supersticiones.

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