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La historia, la economía y la cultura oponen a uigures y hanes en China

AFP
12/07/2009 - 14:52

La amargura de los uigures musulmanes de Xinjiang es profunda y tiene sus raíces en una distribución desequilibrada de las riquezas, un resentimiento histórico y unas incomprensiones culturales, aunque algunos sólo buscan vivir en armonía con los hanes, la etnia mayoritaria en China.

Esa región del noroeste de China, islamizada en el siglo VIII con la formación de un reino de turcos uigures en Gansu Occidental (provincia vecina según las divisiones administrativas actuales) ha sido un crisol de civilizaciones y pueblos, incluidos los hanes, desde tiempos inmemoriales. Después de una breve República de Turkestán Oriental, los comunistas chinos la liberaron "pacíficamente" a su llegada al poder en Pekín, en 1949.

La proporción de hanes, que era de cerca de un 6%, pasó a representar el 40% de la población, casi igualando a los uigures, desesperados por ver cómo pasaban a ser minoritarios en su propia tierra.

"Los chinos hanes no nos quieren, nos desprecian y nos discriminan", dice Abdulá, un uigur. "La mayoría de las empresas chinas no quieren contratar a uigures y cuando lo hacen, nos tratan mal", explica este hombre de 28 años que vive en Urumqi, la capital provincial, donde se registraron unos sangrientos disturbios el domingo pasado.

"Gano unos 1.100 yuanes al mes (160 dólares), pero los hanes ganan entre 3.000 y 4.000 yuanes (entre 440 y 585 dólares) por el mismo trabajo", añade Abdulá, empleado en una fábrica de acero estatal.

En un reciente informe titulado 'La identidad étnica uigur amenazada', la organización Amnistía Internacional (AI) denunció "la inacción del Estado ante la discriminación". "El Estado chino no protege a los uigures contra la discriminación en el empleo, lo que generó tasas de desempleo particularmente elevadas entre los uigures de Xinjiang y alimentó el descontento", escribió AI. "Incluso los que tienen diplomas universitarios y hablan chino con soltura tienen dificultades para encontrar un trabajo", subrayó.

Zhang Xuesheng, un han de 52 años que vivió casi siempre en Xinjiang, recalca los problemas lingüísticos. "No hay comunicación, esto lleva a mucha incomprensión. Muchos uigures saben que no saldrán adelante si no hablan chino. A la vez, sería bueno que los chinos (hanes) de aquí hablaran uigur", dice. "Adoro este lugar, adoro a los uigures. Vamos a superar todo esto", asegura.

Algunos uigures que pertenecen a la nueva generación educada también moderan su discurso: "Estos últimos años, las minorías se llevaron bien con los chinos (hanes) y nuestras vidas mejoraron", dice Akbar, que habla un chino mandarín perfecto.

El Gobierno chino asegura que los disturbios del domingo pasado -que según sus cifras dejaron 184 muertos, mientras que la disidente en el exilio Rebiya Kadeer afirma que las víctimas podrían ascender a varios miles- no eran ni religiosos ni étnicos. Según Pekín, fueron fomentados desde el extranjero, en particular por Kadeer, para romper "la armonía étnica".

"Dicen que los disturbios no estaban relacionados con problemas religiosos, pero desde entonces, no tuvimos derecho a acudir a la mezquita", señala Zabuti, un uigur, delante de una mezquita cerrada, cerca del mercado oriental de Urumqi. Zabuti dice que a su comunidad no le asombra, porque el Gobierno siempre consideró a las mezquitas como terrenos fértiles para el separatismo y el extremismo.

Según AI, las autoridades ejercen un "control estricto sobre las mezquitas y los religiosos" y los funcionarios corren el riesgo de ser despedidos si siguen prácticas religiosas. Además, "los niños menores de 18 años no están autorizados a entrar en una mezquita ni a recibir una educación religiosa".

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