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Elliot Spitzer, el justiciero americano

Jose Luis de Haro/Nueva York
10/03/2008 - 23:40

El que fuera fiscal general del estado de Nueva York no es capaz de mantenerse fuera de los titulares de los principales periódicos y telediarios más de 48 horas seguidas. No es una estrella de cine, pero cuando encuentra una manzana podrida en la cesta no se anda con chiquitas y es capaz de conseguir que los pilares de una industria se tambaleen, como ya han aprendido varios bancos financieros y otras firmas.

Spitzer, de 46 años, es considerado el llanero solitario de Wall Street y desde que ocupara el puesto de gobernador del estado de Nueva York, nadie sabía a quién iba a arrear.

El cazador cazado

Sin embargo, parece que el cazador ha sido cazado como se rumoreaba sobre el parqué neoyorquino y un artículo publicado en el New York Times ligaba al gobernador con una trama de prostitución. No queda claro el alcance del asunto y si realmente el gobernador sucumbió a los favores de las prostituta pero algo está mal cuando Spitzer ha pedido perdón y sobre todo tiempo "para recuperar la confianza de su familia". Sin embargo, ni sobre una posible dimisión.

En una ciudad inundada de grandes egos, véase el ejemplo del alcalde Michael Bloomberg, por la parte republicana, y la senadora Hillary Clinton y Charles Schumer por parte demócrata, Spitzer se ha erigido como la figura política más consecuente y poderosa fuera de Washington.

Desde 1998, cuando se convirtió en fiscal general de estado, transformó una aburrida oficina en el regulador nacional más importante y ha conseguido reconducir los principios de los servicios financieros, todo ello, en beneficio del consumidor. Algo parecido ha sucedido desde su nombramiento como gobernador dentro del estado.

"Niño bien" de familia judía

Este "niño bien" de una familia de judíos establecida en el noroeste del Bronx, que hizo su fortuna en el mercado inmobiliario, se graduó en la promoción de 1981 de la Universidad de Princeton y más tarde en la Escuela de Derecho de Harvard. En sus ratos de ocio solía correr por Central Park, dónde coincidía con banqueros y analistas, una comunidad que gracias a su fortuna familiar conoce como la palma de su mano.

En 1994, con sólo 35 años, optaba junto a otros tres candidatos a alcanzar el puesto de fiscal general en una dura campaña que él mismo autofinanció entre las filas demócratas. No consiguió su reto hasta 1998, cuando le robó el puesto al republicano Dennis Vacco. Desde entonces, Spitzer fue reconocido como un héroe judicial que ha convertido la fiscalía neoyorquina en una cantera de talentos legales.

Durante las pasadas elecciones al Congreso y al Senado en EE.UU, Spitzer se proclamó como el nuevo gobernador de Nueva York, de la mano de la senadora Clinton, con quién celebró su llegada a este puesto de responsabilidad.

Merill Lynch a los pies de Spitzer

Cabe destacar que cuando el galope del caballo del Spitzer recorría las calles del distrito financiero de la Gran Manzana, un sudor frío e incomodo recorría las frentes de los altos ejecutivos, que cruzaban los dedos para no captar la atención del ex fiscal y ahora gobernador.

En 2002 decidió echar un repaso a las cuentas y prácticas de Merill Lynch. La firma de inversión perdió en un par de jornadas un valor de mercado de 5.000 millones de dólares y se rindió a los pies de Spitzer cuando éste, en un comunicado, señaló que encontró "una impactante traición en la confianza de una de las firmas de confianza de Wall Street".

En diciembre de ese mismo año, diez grandes firmas accedían a pagar un total de 1.400 millones de dólares en multas por inflar sus acciones mediante los buenos augurios de compañías afiliadas.

Desde entonces hedge funds, aseguradoras, como Marsh & McLennan Companies, Aon y Willis, o controvertidas compensaciones entre las discográficas y las radios para promocionar sus artistas. También fue muy criticado por su decisión de cerrar 24 centros de planificación familiar que publicitaban campañas antiabortistas entre sus asistentes.

Contra el fraude financiero

Durante su etapa como fiscal, Spitzer estaba amparado por el Acto Martin, legislación fechada en 1921 que le otorgaba poderes extraordinarios y discreción suficiente para combatir el fraude financiero. Al contrario que otras entidades como la Comisión de Inversores (SEC) o la Comisión Federal de Comercio, con una jurisdicción limitada, Spitzer pudo hacer y deshacer a su antojo, por eso, en Wall Street todo el mundo quería ser su amigo.

Ahora, con el escándalo sobre sus espaldas y sin amparo alguno, parece que Spitzer probará su propia medicina. Un jarabe que borrará su impecable imagen entre los ciudadanos y llenará de alegría a todos los que sucumbieron a sus buenas intenciones.


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