
Un joven sale a la calle, harto de todo, cansado de ver sufrir a su familia, aburrido y atormentado, decidido a acabar con los problemas que lo agobian y que abruman a los suyos. Un joven en medio del gentío, que lo observa incrédulo, decide prenderse candela, hacer una pira encendida con su cuerpo, inmolarse en nombre de la libertad.
Ese muchacho se llamó Mohammed Bouazizi, en Túnéz. Ese gesto desató la rebelión de la que hemos visto imágenes en las televisiones de nuestros hogares y de la que la prensa nos ha informado, y lo hemos comentado con nuestros amigos y familiares.
La rebelión provocó la huida del tirano Ben Ali, y de su familia, al parecer cargados de oro, y de tesoros robados al pueblo tunecino.
Un joven entregó su cuerpo, sacrificó su vida, para que otros jóvenes despertaran, y para que los tunecinos se lanzaran a la calle, en lo que ha sido una de las más inesperadas revueltas de los últimos tiempos. Otros jóvenes, decía, siguieron el ejemplo de Bouazizi, lo que me llena de una profunda tristeza.
Y otros sacrificios a lo bonzo se han sucedido en Argelia, en Marruecos, en Egipto. Los tiranos árabes tienen auténtico pavor frente a estas acciones mortales, a las que el pueblo es muy sensible, y ellos lo saben, como no podría ser de otra manera.
Ben Alí se largó del poder, huyó hacia Arabia Saudí, ese "paraíso de la democracia", dicho irónicamente, por supuesto. Fue donde único halló refugio, el gobierno francés se negó a recibirlo y Berlusconi se hizo también el chivo loco.
Sin embargo, hasta el otro día la mayoría de estos presidentes europeos encontraban en Ben Alí a un excelente aliado, y no le hacían asquitos, más bien se llevaban al partir un piñón, a las mil maravillas. De un día para otro, los presidentes europeos, incluyendo, desde luego a Nicolas Sarkozy, han empezado a condenar enérgicamente la dictadura de Ben Alí.
En un rapto de estupidez total, Michèlle Alliot-Marie, política francesa y ministra que ha ocupado y ocupa varios ministerios importantes, se atrevió a proponer que en caso de que hiciera falta, el gobierno francés ofrecía al gobierno tunecino le savoir faire para acabar con la ira de los tunecinos en las calles.
Sus frases provocaron entonces la cólera de muchos franceses, y su respuesta ha sido la de intentar explicarse a través de la excusa de que han querido modificar y manipular sus palabras, pero en verdad, eso fue lo que dijo. Lamentable, no es una mala política, sin embargo, sin duda alguna eso fue una frase desacertada.
No tengo la menor idea de quién ha sido la persona ?seguramente un filósofo o un pensador francés, de ellos salen todos estos nombres romanticones en relación a las revoluciones-, ha querido llamar esta revuelta: La revolución de los jazmines.
Debe ser porque en Túnez habrá muchos jazmines, pero yo no he visto hasta ahora a nadie en la calle portando jazmines, ni siquiera a las mujeres, para reclamar lo que han hecho a gritos y con las manos y los ojos bien abiertos: Libertad, y democracia.
Y es que últimamente a la gente -a los intelectuales francés los primeros- le fascina darle un lado poético a estos momentos terribles por los que cualquier pueblo tiene que pasar si desea liberarse del horror, y ese lado lírico lo consiguen enseguida pegándole la etiqueta que fotografíe bien, y además huela mejor. ¿Por qué, qué más se puede esperar de un jazmín?
Desde luego, la realidad ha sido otra, bastante dolorosa, y todavía inestable: Un joven tuvo que salir a la calle, lanzarse a la multitud, mostrar su descontento, sacrificar su vida, inmolarse, para que los demás reaccionaran.
Es entonces cuando a mí los jazmines, los que no he visto por ningún lado, empiezan a olerme a quemado. No es mal olor, al contrario. Recuerdo una noche en un barrio habanero, en El Cerro, la penumbra despedía un extraño perfume, alguien aseguró que se trataba de jazmines quemados.
Esperemos que Túnez pueda conseguir la libertad que tanto merece, por la vía de la democracia, y que el joven tunecino no se haya inmolado en vano, y que su piel, con aroma a jazmín quemado, se perpetúe en el recuerdo de aquellos que han sido testigos de estos instantes, de estos días, de dolor y violencia; para que nunca más los tunecinos deban callar y nunca más tengan que aceptar, cabizbajos, que alguien les espete, en pleno rostro, que hay dictadores buenos y dictadores malos.

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