Jorge Camacho: El arte, la libertad y la vida

Zoé Valdés | 8:04 - 6/04/2011
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Jorge Camacho. Foto: Archivo

No hay tarea más difícil para un escritor que escribir sobre un artista al que se admira y un amigo al que se quiere, siempre se teme no abarcar toda la riqueza de su obra y traicionar la belleza de su amistad; aún peor resulta despedirlo en su último viaje hacia la luz, y no digo hacia la eternidad, no sólo porque resulta un lugar común, que por muy común que sea a no todos nos tocará, sino porque en la eternidad, nuestro querido Jorge Camacho, se encuentra desde hace mucho tiempo, precisamente gracias a su obra magistral.

Conocí personalmente a Jorge y a Margarita Camacho en 1995, a raíz de mi exilio, desde entonces perdura nuestra amistad; pero sabía de la obra de Camacho como pintor surrealista desde mucho antes. Alcancé a tener más detalles a través de las memorias de Reinaldo Arenas. Así supe cuánto ayudaron Margarita y Jorge al perseguido escritor cubano, mientras estuvo en Cuba, en su exilio, y después de su desaparición en 1990, ocupándose de la publicación de su obra inédita.

A través del respeto y del amor que sintieron Margarita y Jorge por Reinaldo se fue tejiendo el cariño y la hondura de nuestra amistad. El encuentro de Jorge Camacho y de Reinaldo Arenas fue el de dos gotas luminosas y claras en este vasto y a veces estúpido y perturbado mundo, el de dos fuerzas únicas, telúricas, artísticas, y políticas.

Como ideas propias

Como escritora cubana valoré, y valoraré siempre, la posición radical como artista y como cubano exiliado que Jorge Camacho mantuvo hasta el final, defendiendo las ideas de Reinaldo Arenas, con las suyas propias (como fue el caso cuando ambos escribieron y organizaron el Plebiscito a Fidel Castro), defendiendo su literatura, en una entrega generosa que pocos artistas son capaces de dar, y que estoy segura que Margarita continuará con esa ardua labor que ha sido la de estar más que acompañar de forma activa, creativa, discreta, cuidándolo, apoyándolo, y ahora cuidándolos y apoyándolos.

Jorge Camacho, surrealista desde la cuna, como él mismo afirmaba, y me dijo en una de nuestras conversaciones: ?No se deviene surrealista, se nace surrealista?, es una de las glorias de la cultura cubana, y sin duda alguna universal; me atrevo a declarar que es el supremo surrealista, de un auténtico legado, aunque el surrealismo seguirá más saludable que nunca, y habrá otros, como diría Roberto Matta, ?et, et, et encore d?autres?, y como buen surrealista su mayor reconocimiento era la obra misma, repensada, ardiente, vibrante en la tela.

No hubo un encuentro en el que no saliéramos ávidos de conocimiento, pero sobre todo de imaginación. Su presencia, sus palabras, así como su obra, inundaban de luz. De cada una de sus conversaciones, de sus libros, de sus fotos ?debemos valorar también su obra como escritor, fotógrafo, traductor y editor-, de sus enigmáticas figuras donde destacan los parajes desérticos, una naturaleza sembrada y regada en su fértil imaginación, pájaros anidados en cráteres, cabezas de toros, cabezas y fémures de esqueletos desarmados y desalmados en un universo paradójico y paródico de Leonardo Da Vinci, de todos los pintores que veneró y estudió, de cada uno de sus sueños, a los que nos permitió entrar, a través de su majestuosa obra, siempre hemos aprendido, inevitablemente hemos salido luminosos, con esa luminosidad interior que brinda la aparición más que el apariencia presentida.

¡Oscuridad, mi luz! Es un verso que escribí en mi juventud. Nunca supe por qué lo había escrito, y a decir verdad, ni me preocupé por ello, hace pocos días que Margarita me dio la clave. Ese verso fue escrito para Jorge Camacho, para su obra, a la que algunos consideraban oscura, y la que los que la entendimos y comprendemos hemos visto como una grieta nacarada, como una pepita de oro, radiante, profunda, que cae lentamente y nunca dejará de ir cayendo, en esa honda grieta, que es el ombligo del mundo.

Defensor de la libertad

Jorge Camacho además de ser el gran artista, el gran sabio, respetuoso traductor de la naturaleza, amante del misterioso, alquimista que busca fundir el color de las palabras con el calor de la imago, cabal defensor de la libertad, era y es la elegancia misma, el estilo y la sobriedad, incluso en su manera de ser divertido, irónico (que es una altísima muestra de inteligencia y de elegancia).

Poseía una dignidad que ?como diría Juan Abreu- sólo puede provenir de la época en la que los cubanos fuimos taínos. Y toda la esencia de su obra es mestizaje puro, aunque cuidaba la pureza de los contornos, la limpieza de las líneas, la pulcritud del vacío en las transparencias, la solidez del núcleo, un núcleo esencial desde donde irradian todas las energías, que podía parecerse a ese hombre con los brazos en jarras, solitario en medio de un paisaje andaluz, semejante al torso de una raíz encajada en los arenales de Doñana.

El dios de los surrealistas

Camacho ?gracias a Dios, el dios de los surrealistas, por supuesto, y al mestizaje- comprendió mejor las corridas de toros que las peleas de gallos, se afincó en el desierto surgido de la retirada del mar, en El Rocío, donde fuimos a verlos en el verano del 2005, Ricardo, Luna y yo, y conocimos y quisimos y queremos ese lugar junto con sus amigos: Carmela y Javier, Juan Carlos Faraco, el pintor Diego Luis Triana?

De allí nos había traído antes de ese viaje una virgen del Rocío, y en Los Pajares, así como en Doñana, Ricardo Vega lo filmó, en ese documento que se titula precisamente La Aparición, donde nuestro querido pintor, como en un cuento de Marguerite Yourcenar, desaparece o aparece en el interior de uno de sus cuadros, que es el paisaje ideal, el lugar amado, que no es más Cuba, que es ese lugar pintado hasta el exorcismo y la cura de los malestares del exiliado.

Jorge Camacho nos abrió también ese universo, el del mundo que el exiliado debe conquistar a solas con su obra, y nos condujo por un paraje donde sonríen los linces, y se estremecen los guijarros, acompañados de amigos y amigas, como es el caso de Aline Schulman, (que hoy lee por mí), de Alain Planès, Rosy Dausset, Jeannine Verdès-Leroux, Joaquín Ferrer, Ramón Suárez, y tantos otros, que antes fueron y siguen siendo amigos de Arenas, unidos en la obra mayor, que es la de la del arte, la libertad y la vida, y la muerte.

El mejor de los cubanos

Por eso, queridos amigos, Margarita querida, déjame decirte Gatica, porque estoy segura que en otra vida, en el futuro, estaré disputándome con Jorge, compartir toda una vida contigo, como tuvo la suerte de hacerlo él, porque si él fue y es el mejor de los hombres, el mejor de los cubanos, el mejor de los seres humanos de este mundo, el mejor amigo, el mejor marido, tú eres la mejor de las mujeres, la mejor de las esposas, la mejor de las amigas, por eso quiero decirles, no nos quedemos solamente con la tristeza honda que provocará su ausencia, porque Jorge Camacho no se irá nunca, porque lo hemos conocido y hemos sido sus amigos, porque Camacho es esa Aparición a la que el arte nos invita cuando observamos uno de sus cuadros, la que nos impone la libertad que tanto amó y celebró, la que nos propone la vida, como laberinto y pozo de agua limpia, cuando los que morimos somos los que nos quedamos, porque ellos, los que mueren siguen siendo la vida, ya que nos dieron lo mejor de vivir.

Allá lo esperarán Reinaldo y Cárdenas, y juntos se pondrán a crear la gran obra surrealista, como no puede ser de otra manera, para cuando nos toque a nosotros llegar.

Buen viaje, querido Jorge, bon voyage, mon ami aimé!

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