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La cultura se convierte en arma de guerra: de Hollywood al Estado Islámico

7:24 - 11/06/2015
Desfile militar del Estado Islámico. Imagen: EI

Las guerras se ganan de muchas maneras, no sólo con armas. En la frontera sur del Líbano, por ejemplo, se lucha con rancheras y fajos de billetes. Allí, tras cada ataque con misiles por parte del Ejército israelí, un enjambre de milicianos de Hezbollah conduce a toda velocidad a los pueblos arrasados por las explosiones. Al llegar, vestidos con ropas de camuflaje militar, empiezan a repartir dinero a los afectados, y se ponen a reconstruir las casas con ellos, a curar a sus heridos y a proporcionarles alimentos.

La población habrá sido destruida, pero la milicia cuenta así con nuevas atalayas de vecinos cómplices, cuando no directamente combatientes.

En otras ocasiones la guerra tiene caras mucho menos amables, como es el caso de las violaciones masivas como forma de erradicar a minorías raciales, algo que en Europa vivimos en los Balcanes, y que en tantos rincones de África se practica. Con armas, con dinero o con atrocidades étnicas, los conflictos ya no son sólo una cuestión de armas y conquistas, ni siquiera de recursos naturales o ideologías: son en muchas ocasiones artefactos sociales.

Y ahí la cultura tiene mucho que decir. La forma en que el modo de vida americano se exportó durante la Guerra Fría a través de la cultura y, en concreto, de la industria de Hollywood, ha sido recurrentemente investigado: consumimos sus películas, sus costumbres, sus festividades, sus series, incluso sus libros y su café, gracias a esa concepción de la guerra fuera de la guerra. Y los nuevos enemigos de occidente, el autodenominado Estado Islámico, ha tomado buena nota de ello.

Desde hace algo más de un año editan una revista llamada Dabiq, que no es un panfleto propagandístico al uso: es una publicación profesional, editada en inglés, con maquetación y fotografía de primer nivel. Un producto cultural a la altura de los blockbusters hollywoodienses. Y para sorna del mundo occidental, sus promotores lograron colarla en Amazon para su venta online, hasta que fue retirada de la circulación a las horas de salir a la luz pública.

La revista es una de las partes de su guerra cultural, que libran con las armas propias del mundo globalizado. La imagen y las redes sociales son pilares fundamentales en su estrategia de captación, difusión y desestabilización, y las utilizan con maestría como otros hicieron antes que ellos.

En los últimos meses, y desde que el Estado Islámico irrumpiera entre los escombros de la enquistada guerra en Siria, son frecuentes los vídeos con sus atrocidades: homosexuales lanzados al vacío, prisioneros aderezados de 'naranja Guantánamo', soldados degollados, 'infieles' quemados vivos... Sus creaciones audiovisuales se vuelven virales, y son reproducidas -no íntegramente- por los medios occidentales, y replicados -a veces íntegramente- en las redes sociales.

De hecho, las propias redes sociales se han convertido en el caballo de batalla de los islamistas: nuevas cuentas surgen con la misma velocidad que son cerradas, informando de sus movimientos, lanzando mensajes propagandísticos y, sobre todo, captando a jóvenes, incluso entre occidentales. Si una empresa cazatalentos tuviera la misma capacidad de captación que han demostrado los yihadistas, sería la más importante del mundo.

Suleiman Bakhit, un artista gráfico jordano, da en la clave: en esta guerra no sólo se gana con armas y política, sino con la batalla de las ideas, y es justo lo que él intenta. A través del cómic pretende desmontar las ideas románticas alrededor del extremismo, la percepción de heroicidad y lucha contra la opresión que transmiten a los jóvenes, y lo hace usando el mismo lenguaje y código cultural que los terroristas utilizan.

Para el Estado Islámico, como para cualquier organización terrorista, el éxito de su propaganda es que sea vista, de ahí la difusión de los vídeos y el uso de los canales y los códigos culturales occidentales. Y por eso también tiene sentido hacer la contra desde el otro lado.

Esa es una de las caras de la moneda de la cultura del Califato. La otra es la destrucción de todas las reliquias artísticas de las zonas que han ido capturando, algunas vestigios de ruinas milenarias, destruidas una tras otra en una interpretación radical de los textos religiosos del Corán según la que se prohibiría la representación de imágenes: Hatra, Tikrit o Nimrud, joyas del legado asirio, son polvo y cenizas, como años atrás lo fueron miles de incunables en Tombuctú o los budas gigantes que los talibanes volaron en Afganistán. En el caso del Estado Islámico, y fieles a su concepción, todo convenientemente difundido en vídeo para causar mayor impacto.

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