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La otra víctima de la crisis: el centro político

25/05/2016 - 9:26
  • Reciente auge de Trump, Sanders, Corbyn, Grillo, Iglesias o Le Pen
  • Responden a un paradigma: su éxito nace del fracaso del sistema
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Trump, Sanders, Corbyn, Grillo, Iglesias y Le Pen. Imágenes: Reuters / Montaje: EcoDiario.es

Aquel domingo un país entero respiró aliviado por su victoria, pero seguramente él no era completamente feliz. Acababa de ganar las elecciones presidenciales con un 82% de los votos y volvería a presidir uno de los países más importantes del mundo, pero en el fondo Jacques Chirac debía saber que su arrolladora victoria no era por él, sino por su rival: casi nadie en Francia quería al otro candidato, Jean-Marie Le Pen.

Lo de Francia fue una excepción, casi un error. El candidato conservador venía tocado por unos escándalos de corrupción, pero el candidato socialista pagó cara la división de la izquierda. El sistema electoral galo, que impone una segunda vuelta entre los dos candidatos más votados, hizo el resto: el líder populista xenófobo Jean-Marie Le Pen logró disputar la presidencia de la república.

Durante las semanas entre la primera y segunda vuelta el país se levantó: la izquierda, hasta entonces dividida, pidió ir a votar "con una pinza" por el candidato al que antes veían como un rival. La alternativa ultranacionalista era mucho peor. Finalmente la victoria fue arrolladora, y a la vergüenza de Jospin le siguió el alivio de un país entero, y la promesa catártica de no repetir el mismo error.

Lo que pasó en las elecciones presidenciales francesas de 2002 es un extraño borrón en la historia reciente de Europa, aunque con ciertas reminiscencias del presente. Primero, por el brutal cuestionamiento al bipartidismo. Segundo, porque el origen de todo vino por una especie de 'gran coalición' impuesta: el hecho de que los socialistas recuperaran la mayoría parlamentaria hizo posible que un presidente conservador como Chirac tuviera que convivir con un primer ministro socialista como Jospin, que fue rival antes y volvió a ser rival después.

Aquello que entonces fue una excepcionalidad corre serio riesgo de repetirse en los próximos comicios galos. El Frente Nacional no ha hecho más que subir en las encuestas, a pesar de las divisiones internas que han acabado por despojar a Jean-Marie Le Pen de su posición en el partido a manos de su propia hija. En paralelo, el socialismo de Françoise Hollande lleva despeñándose en las encuestas casi desde que venció por sorpresa a Nicolas Sarkozy. Y todo ello mientras al expresidente galo le ha dado tiempo a reaparecer, formar un nuevo partido y escalar puestos en los sondeos.

Pero lo que pasó entonces y lo que podría suceder ahora es radicalmente distinto: en 2002 fue producto de una serie de catastróficas desdichas, y lo de ahora no sería un fenómeno aislado. Ni mucho menos.

Una de las principales consecuencias de la crisis económica ha sido el radical cuestionamiento del sistema. La clase media, base y mayoría de una economía moderna, ha visto sacudida su forma de vida, al tiempo que la clase baja ha sido la que más directamente ha sufrido el derrumbe del Estado del bienestar. Ambos factores juntos se han traducido en la caída en apoyos de los grandes partidos y en la sucesiva polarización ideológica en muchos países.

Hace apenas unos días la opinión pública europea miraba con preocupación a Austria, un país al que no había prestado atención desde que el xenófobo Jörg Haider moría en un accidente de tráfico tras inquietar con su proyección electoral a las bienpensantes instituciones continentales. El motivo era la segunda vuelta de las elecciones del país, en el que los contendientes eran otro ultranacionalista del mismo partido que Haider y un ecologista. De extremo a extremo.

La pírrica victoria del segundo ha devuelto a aquella noche electoral del 5 de mayo de 2002 en Francia: alivio de un continente, pero preocupación de un país. La diferencia entre ambos candidatos ha sido del 0,6% de los votos, y la reincidencia demuestra que ya no es un hecho aislado, sino una tendencia.

Al margen del creciente peso 'ultra' en el centro de Europa -el este de Francia, el norte de Italia, Austria, Suiza y algunos rincones de Alemania-, la lectura debe ser más amplia. No se da sólo una respuesta de las clases obreras desposeídas por la crisis hacia las opciones populistas, ni tampoco hay sólo un rechazo a la inmigración en un momento en el que el paro y el terrorismo preocupan sobremanera. Hay, en consecuencia, una progresiva radicalización del voto a lo largo del tiempo. Este gráfico del New York Times recoge, por ejemplo, la presencia de la ultraderecha en los Parlamentos europeos.

Podría decirse que, después del dinero y el empleo, la siguiente víctima de la crisis ha sido el propio sistema: las opciones tradicionales han sido dañadas, y el centro político se ha vuelto menos relevante en muchos escenarios.

Sirva como otro ejemplo, esta vez fuera de Europa, el de EEUU. Lo que surgió como una oleada problemática para el Partido Republicano ha acabado superándose a sí misma y engulléndolo todo a su paso. Aquel Tea Party que nadie veía verosímil que llegara a nada, encarnado en iconos como una Sara Pallin a la que casi todos los congresistas denostaban, acabó diluyéndose como un azucarillo. Pero entonces llegó Donald Trump.

La nominación 'de facto' como candidato republicano a la Casa Blanca para suceder a Barack Obama ha supuesto un terremoto en la conciencia de los estadounidenses de la misma forma que aquella segunda ronda de Le Pen supuso para los franceses. Pero si Trump es demasiado populista y conservador incluso para la efectista política norteamericana, no hay polarización posible sin una contraparte: a un candidato ultraconservador hasta para EEUU se le opone una alternativa mucho más a la izquierda de la que la ciudadanía estadounidense está acostumbrada, como es Bernie Sanders.

El precandidato demócrata no lo tendrá fácil para conseguir la nominación, porque Hillary Clinton, además del peso de su legado, es la representante del 'establishment' demócrata y, tras la elección de Trump, de muchos republicanos moderados. Sanders es mucho más progresista de lo que EEUU podría tolerar... pero a escasos días de las definitivas primarias de California sigue con opciones, aunque pocas, de dar la sorpresa.

Trump y Sanders no son hijos del viento, sino de nuevo de una tendencia: la progresiva polarización de los discursos, en el caso de EEUU también marcados por la crisis, el desempleo y la inmigración.

De vuelta a Europa hay otros casos que secundan la tendencia, como fue el de Italia hace unos años. Tras un breve periodo de gobierno 'impuesto', con el tecnócrata Mario Monti como presidente de transición para borrar la huella de Berlusconi, la división estalló. Monti se presentó a las elecciones, aunque con dudas, y fue pulverizado. Con el tiempo, dos nuevos liderazgos emergieron: el de la antipolítica de Beppe Grillo y su Movimiento Cinco Estrellas, y el de Matteo Renzi, un candidato mucho más progresista de lo que la izquierda italiana estaba acostumbrado a ver.

El ascenso de Renzi no fue, sin embargo, fácil. Aupado en popularidad por su edad y por su cargo como alcalde de Florencia, se presentó a unas primarias que perdió contra Pier Luigi Bersani en 2002, que acabó dimitiendo tras ser incapaz de formar gobierno. Y ahí, de nuevo, cuando los liderazgos clásicos fracasaron, emergió la alternativa más escorada ideológicamente.

Tampoco fue fácil en Reino Unido ver el auge en algunas elecciones -europeas fundamentalmente- de partidos ultraconservadores como UKIP. Ni fácil de digerir fue que recientemente el Partido Laborista eligiera a Jeremy Corbyn como líder -y, por tanto, líder de la oposición-, con posturas mucho más escoradas a la izquierda de las que tenía su sucesor, el malogrado Ed Miliband, o especialmente el autor de la 'tercera vía' y firmante del tratado de las Azores Tony Blair.

El ejemplo extremo es, sin embargo, Grecia, donde la izquierda radical de Syriza ha destruido electoralmente al socialismo del PASOK y donde los neonazis de Amanecer Dorado se han hecho fuertes en el Parlamento. Es, claro, el caso extremo de un país devastado por la crisis y la austeridad consecuente.

En las antípodas geoestratégicas europeas está Alemania, un país tradicionalmente estable y con vocación de grandes coaliciones aun cuando no son necesarias. Ahí los últimos sondeos muestran un esquema similar al español, con una CDU en cifras porcentuales similares a las del PP, un SPD muy parejo al PSOE y un bloque ecologista y de izquierdas en números casi hermanos a los que maneja la coalición Unidos Podemos.

Y luego está España, el único país de la UE junto a Portugal en el que la ultraderecha no ha asomado la cabeza electoralmente -en ambos casos posiblemente gracias a las sombras de las dictaduras recientes-, pero que ha vivido un proceso similar: primero, el derrumbe del bipartidismo y luego el surgimiento de un ala ideológica radical, como es Podemos.

Es cierto que en el caso español también ha surgido una fuerza pretendidamente centrista, como sería Ciudadanos, pero ni siquiera su alianza con uno de los partidos clásicos como es el PSOE ha servido para que -hasta la fecha- sea relevante en términos de gobernabilidad. De hecho, si se analiza el tablero político que ha forzado a la convocatoria de nuevas elecciones el 26J se observa que el motivo no es otro que la posición de fuerza adoptada por ambos extremos: a un lado el PP y al otro Podemos.

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Comentarios 3

#1
25-05-2016 / 10:59
JonS
Puntuación -14

"Y luego está España, el único país de la UE junto a Portugal en el que la ultraderecha no ha asomado la cabeza electoralmente " dice el comentarista. ¿Y qué es sino el PP, la ultraderecha, o al menos una de sus corrientes ?. ¿Qué es sino la ultraderecha, E. Agirre, Aznar, Mayor Oreja, etc., una pandilla de franquistas, y además, muchos de ellos corruptos, buitres hasta la médula ?. ¿Presentar al PP como de centro ?, ¡ vamos anda !. ¿ Por qué junto con la foto de P. Iglesias como "radical" no ponen también la de Mariano Rajoy en este artículo ?

#2
25-05-2016 / 11:36
pepitogrillo123
Puntuación 7

Lo cierto es que la proliferación de estos personajes que se detallan en el artículo, son la consecuencia directa del abuso desmedido, y de la corrupción descarada y sin compasión de los partidos tradicionales en el poder, en el caso de España del PSOE y PP, dos partidos que nos han robado a manos llenas y que aún parecen no estar satisfechos y quieren más, pero son tan “necios” que pensaron que esto no tendría consecuencias, pues aquí están y han venido para quedarse, es más a alguno de los partidos tradicionales, por no decir a los dos les auguro su final con el tiempo, no mucho, serán fagocitados por partidos equivalentes pero mucho más moderados, más jóvenes, y menos corruptos (por lo menos de momento) a mi juicio el PSOE tiene sus días contados, porque siguen sin reconocer , y amparando a sus corruptos, lo cual les llevará inequívocamente a ser sustituidos por (PODEMOS) en la política nacional, pero al PP le pasará lo mismo, y más pronto que tarde se lo merendará (ciudadanos) que es el futuro de la derecha sosegada, joven, e inteligente, de los Españoles, sin dinosaurios corruptos que desprenden un hedor insoportable en el PP, y que solo Rajoy y sus mariachis no parecen olfatear.

#3
25-05-2016 / 13:05
Fran
Puntuación -1

Ahora resulta que Trump es extremista pero Hillary Clinton es de "centro". Y la ultraizquierdista Cs es de "centro". Tócate las narices. Cómo se les nota el plumero a los periodistas.