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Duelo de relatos en Turquía: ¿cómo ha llegado el país a un golpe de estado?

17/07/2016 - 11:16
  • Erdogan, aliado y puerta de entra a Oriente o dictadorzuelo en potencia
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En la Turquía de Erdogan es complicado saber qué es causa y qué es consecuencia. Incluso es difícil saber cuál es la Turquía de Erdogan. Hace una década, cuando el líder turco estrechaba la mano de José Luis Rodríguez Zapatero en el marco de un pacto bilateral algunos adivinaban el inicio de un nuevo país, más cercano a Europa que al mundo musulmán. Desde hace unos años, el relato ha ido derivando hacia un dictadorzuelo en potencia que ejerce un férreo control sobre sus dominios y purga a sus rivales políticos.

En todas las historias suele haber dos relatos. En el primero hay que remontarse a 1998, cuando Mohamed Jatami apuntó la idea de un posible entendimiento entre Occidente y el mundo islámico. Seis años después recogía el guante el entonces presidente español, que orientó sus esfuerzos diplomáticos al acuerdo con Turquía. El objetivo era lo que se llamó 'Alianza de Civilizaciones', proyecto que años más tarde adoptaría la ONU y que tenía por objetivo lograr un diálogo permanente entre Occidente y el islamismo moderado que encarnaba Erdogan en un intento de desarticular el creciente terrorismo yihadista desde la cooperación internacional.

El hecho de que un presidente surgido tras el 11M moviera ficha en ese sentido no era baladí. Del lado turco también relucía un interés secundario: su aproximación a una UE a la que insinuó una hipotética adhesión futura. Sin embargo, ambos líderes tuvieron que enfrentarse a sus demonios internos.

Zapatero, que padeció una despiadada oposición en España, vio como desde los círculos más conservadores de la diplomacia patria se despreciaba una iniciativa a la que la mismísima Condoleezza Rice, secretaria de Estado de George Bush, acabó sumándose. Las cuestiones nacionales, como el delicado tránsito hacia el fin de ETA y los letales efectos de la crisis en la economía española hicieron el resto.

Erdogan sufrió un proceso similar. La UE rechazó de plano la insinuación de una hipotética adhesión futura, al tiempo que los demonios interiores de Turquía empezaron a aflorar. Por una parte, siguió adelante la guerra soterrada contra los kurdos, con movimientos militares como respuesta a atentados. Por otra, los militares volvieron a colarse en la vida política nacional.

El endurecimiento de Erdogan

De forma repentina, y sin que se hubiera percibido indicio alguno, el Gobierno de Erdogan denunció en 2003 un complot militar para dar un golpe de Estado. Aquello se bautizó como 'Red Ergenekon', un supuesto movimiento del Ejército para deponer a un Ejecutivo islamista del que desconfiaban. La cuestión de fondo era verosímil: la tradición del país se asienta sobre la doctrina de Atatürk, que concibe el país como innegablemente laico, una idea de la que el Ejército turco siempre se ha sentido depositario.

Ergenekon sirvió a Erdogan para 'limpiar' los mandos militares y a parte de la judicatura, y progresivamente empezó a endurecer sus posturas. Las apariciones de las mujeres con velo a su alrededor empezaron a ser constante. Las denuncias de los opositores por los recortes en libertad de expresión y la constante islamización de las escuelas empezaron a ocupar portadas. El relato empezó a cambiar.

Este segundo relato se remonta a mucho antes que el de la Alianza de Civilizaciones, incluso antes que el postulado de Jatami. Fue en 1993 cuando Samuel P. Huntington acuñó una de las teorías más polémicas de las relaciones internacionales contemporáneas: la del Choque de Civilizaciones ?no es difícil deducir que la 'Alianza' era una respuesta a esta idea-. En esencia venía a defender que era inevitable el conflicto entre las distintas civilizaciones resultantes tras el fin de la Guerra Fría, entre ellas la islámica y ese difuso concepto que es Occidente.

Turquía, que siempre ha estado entre dos mundos ?Bizancio, el imperio Otomano, la puerta de Asia- de nuevo aparecía en ese umbral. De ser un posible aliado al que Europa denostó a encerrarse en un enroque interno. Con el adormecimiento de la 'Alianza' y el endurecimiento de las políticas de Erdogan, el segundo relato cobró fuerza: muchas voces dudaron de que Ergenekon fuera lo que se dijo que fue, y se empezó a trabajar en convertir al líder turco en el enemigo perfecto.

Las noticias sobre la represión de las manifestaciones de Taksim en 2013, al tiempo que Erdogan paseaba la reforma de su opulento palacio presidencial, se colaron en los medios de todo el mundo. El indisimulado giro religioso del Gobierno volvió a soliviantar los ánimos de opositores laicos y militares, y las políticas autoritarias ?por ejemplo, con la campaña militar contra los kurdos- acabaron por poner la guinda al pastel.

El 'respiro' de frenar a los refugiados

Turquía era ya un vecino incómodo, pero inevitable: la idea del acercamiento a la UE quedó sepultada en el tiempo, aunque seguía siendo la frontera y el escudo con otro mundo. Como sucede con Rusia y el control del terrorismo islamista en el Cáucaso, Turquía es un cordón sanitario con Siria. Y por eso la UE le dio a Erdogan el respiro que tantas veces le ha dado a Putin con su permisividad: firmar un acuerdo con él para que controle la entrada de refugiados, haciendo el trabajo sucio que las instituciones comunitarias no quieren hacer.

Y quizá, quién sabe, ese respiro haya sido la mecha que ha prendido el último golpe de Estado. La construcción del enemigo Erdogan no había bastado para evitar que la UE le diera ese respiro económico por hacerle de frontera, así que las esperanzas de que la opinión pública acabara echando al presidente turco empezaban a desvanecerse.

Pero el golpe ha fracasado. Erdogan ha logrado que la oposición lo rechace, que la gente saliera a la calle a combatir a los militares y hasta que la Casa Blanca le diera un espaldarazo. En el día después el primer movimiento ha sido retirar a dos mil jueces, y las purgas en el Ejército serán brutales. Las tesis de Huntington han ganado esta vez a las de Jatamí y Zapatero, pero en algo sí tenían razón: Turquía es un país clave para Europa, y denostar a su Gobierno no es la mejor manera de cuidar su más delicada frontera.

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Comentarios 1

#1
17-07-2016 / 11:29
Uno que pasa por aquí
Puntuación 5

Todo recuerda a la caída del Imperio Romano. Confiar la guardia de los limes a bárbaros fue el principio del fin. Europa debería saber impedir sola la llegada de refugiados e inmigrantes, con cualesquiera métodos necesarios, incluídos los militares. Pero es al revés: para un mísero crecimiento anual ficticio de décimas del PIB, se llena todo de moros y otros tercermundistas. La culpa, de los votantes, de seguir apoyanto a traidores y no dar el poder a quien puede solucionar esto de una vez por todas.