El ejército congoleño, distinguido por sus continuas derrotas ante los rebeldes de Laurent Nkunda, su indisciplina y sus atrocidades, es una improbable amalgama de soldados y ex insurgentes, mal pagados y con mando desorganizado.
Tras su humillante desbandada del 29 de octubre, cuando los rebeldes llegaron a las puertas de Goma, la capital de Kivu Norte, el ejército congoleño volvió a hacerse notar esta semana por unos saqueos en esa provincia del este de la República Democrática del Congo (RDC) que dejaron el campo libre a los insurgentes para avanzar varias decenas de kilómetros.
Descontentos por haber tenido que abandonar sus posiciones sin haber sido pagados, los soldados dieron rienda suelta a su ira, sembrando el pánico en un ambiente caótico al que contribuyeron también rumores de ataques por parte de los rebeldes.
"La desorganización más total reina actualmente en los mandos de las FARDC" (las Fuerzas Armadas de la RDC) en Kivu Norte, constata con abatimiento una fuente diplomática occidental.
Los militares "están dejados de la mano de Dios, los mandos se sienten aislados, toman malas decisiones y tienen la impresión de haber sido abandonados por Kinshasa. Su moral está por los suelos y el estado mayor no tiene ni los medios para rearticular su dispositivo", añade el diplomático.
Para los expertos, el gobierno de Kinshasa tiene una enorme dificultad en controlar a su ejército en un país de 2,3 kilómetros cuadrados en el que las comunicaciones son difíciles.
Las autoridades militares congoleñas, por su parte, se niegan a hacer declaraciones sobre estos temas.
"El ejército (congoleño) está en una situación muy difícil", reconoce el portavoz militar de la misión de la ONU en la RDC (MONUC), el teniente coronel Jean-Paul Dietrich.
Oficialmente integradas por 125.000 hombres, las FARDC sufren de una corrupción endémica, si bien los soldados de sus 18 brigadas "integradas" -o sea, 45.000 hombres- logran cobrar su salario mensual, que asciende a unos 65 dólares.
En el frente, los fondos destinados al avituallamiento de las tropas se volatilizan a menudo por lo que los soldados se ven empujados a saqueos y robos.
Las acusaciones contra el ejército congoleño no son nuevas. En 2007, la MONUC señaló que el 40% de las violaciones de derechos humanos cometidas en la RDC las perpetraron las FARDC.
"Mal entrenados, poco disciplinados, frecuentemente no pagados y ni tan siquiera con lo esencial", los soldados gubernamentales cometen numerosos crímenes durante sus saqueos", denunció la organización Human Rights Watch (HRW).
Ejecuciones sumarias, arrestos arbitrarios, violencias sexuales y saqueos: la lista es larga, según HRW y Amnistía Internacional, especialmente en la situación de conflicto que vive desde hace años Kivu Norte, donde las FARDC tienen destacados unos 26.700 militares, 12.000 de ellos soldados "integrados".
Las FARDC son las herederas de las tristemente famosas FAZ (Fuerzas Armadas Zaireñas) del presidente Mobutu, temidas como la peste por los congoleños por sus abusos y atrocidades.
Tras las Fuerzas Armadas Congoleñas (FAC) de Laurent-Désiré Kabila, las FARDC se crearon al final de la guerra entre 1998 y 2003. Las forman soldados regulares y milicianos aliados congoleños.
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