
"Estoy citada". Así comienza la novela de Herta Müller que lleva por título 'Hoy hubiera preferido no encontrarme a mí misma', editada por Nuevos Tiempos Siruela. Empecé a leerla en un café cercano al Memorial de la Shoah, y tuve que detener la lectura, empezó a faltarme el aire, y me entró un desasosiego debido a un extraño presentimiento de que me vigilaban desde todos los ángulos de la calle.
Yo también fui citada en varias ocasiones en La Habana de los ochenta y de los noventa. Una de ellas se produjo cuando un grupo de artistas y pintores preparábamos una exposición de arte y literatura en medio de la calle Línea, en el Vedado.
El oficial de la Seguridad del Estado vino a preguntarme, mientras nos hallábamos montando la expo, cuál sería mi papel en aquella manifestación con la que ellos no estaban de acuerdo aunque estuviera autorizada por los jerarcas de la cultura.
Estaba convenido que yo sólo iría a leer un largo poema. Me pidió que le entregara el texto. Desde luego que mi escrito era medio contestatario, pero sumamente hermético, tanto que nadie entendería ni pitoche del mensaje que yo hubiese deseado pasar.
Le respondí que no lo llevaba conmigo, lo que no era cierto, guardaba una copia en el bolso. Insistió entonces en conducirme a la casa para que se lo enseñara, le dije que yo no llevaba desconocidos a mi casa. Volvió con que él esperaría en los bajos. Me mantuve en mis trece, no me moví ni un ápice de mi posición. Y no entregué el texto.
Por supuesto, cuando lo fui a leer, como por arte de magia, se fue el audio, se iba, volvía, y el público apenas oyó mis palabras... Y los que las oyeron ni siquiera supe si las comprendieron.
La segunda vez que me citaron fue cuando se murió mi esposo en un accidente de avión. Yo quería saber más sobre el accidente, por lo que había estado averiguando con los corresponsales extranjeros, ya que ningún representante de la oficialidad me aclaraba nada concreto, todos se hacían los desentendidos, y yo me volvía cada vez más loca y más desesperada.
Entonces tocaron a la puerta, era por la mañana, abrí, y tuve delante de mí a un hombre canoso con un cartapacio de papeles debajo del brazo. Me pidió que me tranquilizara, que estaba armando varios líos, y entonces prometió que ellos se ocuparían de mí, de mi salud mental, que me mandarían a un médico, pero que yo debía entrevistarme con la oficial Magda. Negué.
Le aseguré que me sentía muy mal, que si él no veía que me encontraba muy enferma de los nervios. Arremetió de nuevo con lo mismo, que la oficial de la contrainteligencia necesitaba tener una conversación personal conmigo. Y hasta me propuso privilegios si yo aceptaba trabajar para ellos.
Me eché a llorar de verdad, pero ahí mismo me iluminé y fingí un ataque. Mi vecina tocó para enterarse de lo que pasaba y para si saber yo necesitaba ayuda. El hombre se despidió torpemente.
Cerré el libro en el café, hoy, y empecé a pensar en esto, a recordar, y de sólo hacerlo, me atacó un dolor muy agudo en la boca del estómago.
Aquella mañana el hombre salió despavorido de la casa, y al instante llamé por teléfono a mi jefe superior en el Instituto del Cine y le conté lo que había pasado. No debía preocuparme, aseguró. Él se ocuparía de que no me molestaran más, y créanme que sus palabras fueron un bálsamo.
En efecto, durante un largo tiempo no se preocuparon más de mí, o al menos no advertí que estuviesen atentos a mi persona. Hasta que hice nuevos amigos, y al poco tiempo otra vecina me tocó a la puerta para alertarme de que debía tener cuidado, porque me estaban vigilando, que se lo había dicho la Jefa de Vigilancia de los Comité de Defensa de la Revolución, y todo debido a que yo había escrito un poemario algo polémico y lo había enviado al Concurso de Poesía de Casa de las Américas.
Le agradecí y por supuesto que redoblé mis alarmas interiores. Cuando volvieron a llamarme por teléfono y a citarme ya yo me encontraba más fuerte. Dije que iría y no fui... Fingí que me había enfermado.
El mismo hombre tocó de nuevo en la puerta unos días más tarde, abrí, y allí estaba, empantanado en sus tares y obligaciones. Yo era una de ellas. No recuerdo su nombre, de todos modos seguramente nunca me dio el verdadero.
Se sentó en el sofá sin que yo le diera el permiso, y pidió café. Di una respuesta rotundamente negativa, y mentí añadiendo que no había podido comprar la cuota de la libreta de racionamiento. Otra vez insistió en que ellos estaban interesados en que yo trabajara para ellos, que debía empezar por informar sobre los artistas que visitaban la isla, preferiblemente franceses y españoles.
Y yo respondí que jamás trabajaría para la Seguridad del Estado, que yo era una escritora, y no podía hacerles el trabajo a ellos. Claro, yo podía darme el lujo de responderles de esa manera, en aquel momento, pues tenía a mi jefe superior, militante del Partido comunista, dirigente histórico del castrismo, que me protegía, y lo hacía porque mi marido, también militante castrista, había muerto en un accidente de avión aún no dilucidadas sus causas.
Hoy, mientras caminaba de regreso a casa pude por fin comprender el origen de mi desesperación en los últimos años antes de exilarme, de partir para siempre de Cuba. Mi mayor pánico consistía en que en un momento de debilidad pudieran captarme, de que me chantajearan con algo y fragilizándome lograran doblegarme.
Hoy todavía me embarga el miedo, pero otro tipo de miedo, un miedo acumulado, tanto, que tuve que abandonar la lectura de Herta Müller, regresar a casa, tomarme un Nuroflash y acostarme en la penumbra a esperar que cesara el martilleo constante en mi cabeza de aquella frase; 'Está usted citada'.
No le deseo el exilio a nadie, pero de haberme quedado vayan ustedes a saber en lo que me hubiera convertido. O, no estaría haciéndoles el cuento?
Comprendo, y comparto. Aparte de cosas que ya conoces, nunca olvido que mi foto (fotos tomadas en la calle por El Aparato) andaba por todas las comisaría y oficinas soterradas de la Seguridad del Estado. Nuestro amigo común Morelli es testigo de ellos. Por supuesto, a mí nunca me enseñaron ninguno. Lo que más me preocupa, es cómo quedé en la foto...
Cuando adolecente llegué al exilio, con mi madre, mis pesadillas de espanto eran que al montar el avión que nos trajo refugiadas politicas a Miami, los castrofascitas nos sacaban a empujones, pues como familiares de presos politicos, eramos rechazadas, margindas y en el caso de mi madre, varias veces "citada". Horrores del castrofascismo.
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