En el jardín no crecen letras. Apenas. Pero no se puede hacer un jardín sin literatura. El jardín es un lugar idílico que apenas sirve de escenario a la literatura en español, pero que, paradójicamente, ha sido en nuestro idioma en donde se ha escrito, por ejemplo, dos de las obras cumbres.
La primera de ellas, Jardín (1951), la novela lírica y biográfica en la que Dulce María Loynaz sembró el jardín como el paraíso perdido de la infancia, al que Bárbara 'su protagonista' regresa para dejarse enterrar por la propia tierra.
Otra referencia incuestionable: el jardín como espejo del tiempo que corroe y la piedra que permanece, la yedra que oculta la historia y la literatura que la salva. Es Bomarzo, novela espléndida y renacentista de Manuel Mujica Laínez, quien como el príncipe Pier Francesco Orsini ha sobrevivido inmortal, no sólo entre los lectores, sino sobre todo porque gracias al éxito de la novela aquel jardín de los monstruos de Bomarzo es hoy visitable con sus piedras dormidas y su silencio impenetrable.
Entre 1552 y 1583, Orsini, cuya historia luego fue reinventada por Mujica Laínez, dirigió a un equipo de arquitectos y escultores en la construcción de un bosque sagrado en el que plasmó de manera alegórica su filosofía alquímica. La familia Bettini recuperó este perdido conjunto artístico sumido durante mucho tiempo en el abandono al norte de Roma, a un paso de la Viterbo de los papas. Unas treinta esculturas, piedras que exaltan nuestra imaginación, como un Orsini por los siglos de los siglos, centellean entre la flora y los árboles sagrados: el ogro, el dragón, el elefante, las esfinges.

Creaciones extravagantes, fantásticas, sorprendentes que tocan toda la paleta de emociones: terror, regocijo, asombro, estupor, intuición de lo sagrado. Otras desprenden un marcado carácter narrativo como La lucha entre gigantes, o incitan al simbolismo como el grupo formado por una tortuga, una mujer y una ballena. Las hay de nombre propio como Pegaso, Venus, Neptuno o Proserpina. Mueve a la sonrisa la juguetona Casa inclinada y al recuerdo de la infancia La ninfa dormida o Bella durmiente.
Los jardines tienen sus lenguajes ocultos. Y sus metáforas. "El jardín no es un lugar de soledad", escribió José Ángel Valente, "sino un lugar de diálogo apacible generado en estancias de soledad. Es el lugar donde se consuma la reunificación del hombre y las cosas, de la naturaleza y la cultura". Diálogos apacibles, encuentros entre naturaleza y cultura: el poeta nos da pistas sobre un posible camino de acercamiento.
El jardín es una invitación a adentrarse en busca del conocimiento de uno mismo, de nuestras zonas de luz y sombra, un espacio de orden y seguridad, en el que, en cierto modo, hay que escapar para, como en Bomarzo, dejar atrás nuestros propios monstruos. Y eso es algo que está presente en todas las novelas de Antonio Gala. Es "la salida del jardín" de Boabdil en El manuscrito carmesí; de Desideria, que abandona Huesca para irse a Estambul en La pasión turca; Palmira Gadea en Más allá del jardín, la hermana Nazaret en Las afueras de Dios... "Y es que "ha dicho Gala- todos tenemos que salir del jardín, tenemos que salir dispuestos a ser libres y a empezar a vivir".

Pero a pesar de que nos equivoquemos, suframos o estemos perdidos, no debemos tener miedo a escapar del confortable gozo del jardín, como dice Gala, "todo el que ama gana, aunque no sea correspondido". Gala, en el fondo del bosque, como Mujica Laínez, reinventa, en este caso versos de San Juan de la Cruz, la estrofa final de "Noche oscura", por ejemplo: "Quedéme y olvidéme,/ el rostro recliné sobre el amado,/ cesó todo y dejéme,/ dejando mi cuidado/ entre las azucenas olvidado".
Eso es: el jardín en la literatura recrea la pureza de la azucena, sirve a la vez de espacio místico para el ensueño, para la melancolía del amante, para reencontrarse con espacios infinitos: "Limonar. / Senos donde maman / las brisas del mar", escribió Federico García Lorca en "El jardín de las Morenas". Son los jardines secretos de Mogador, que Alberto Ruy Sánchez ha recreado en una trilogía de novelas bellas y poéticas.
Pero en la ciudad marroquí de Mogador, hoy Essaouira, no hay jardines. Ruy Sánchez utiliza el descubrimiento de esos jardines para demostrar que es posible "la construcción del paraíso" si se escuchan los deseos ajenos, no sólo del deseo físico, también del sentimiento que puede convertirse en motor de la vida. "Pero hay que tener muy claro "añade", que los paraísos se pierden después de haberlos ganado".
Surge entonces el Jardín umbrío, título de un libro de cuentos extraordinarios de don Ramón María del Valle-Inclán, publicado en 1903 y que en sucesivas ediciones irá ampliando el número de relatos hasta llegar a la reedición completa y definitiva en 1920. El título es una expresión familiar de la literatura decadente-modernista de fin de siglo, que sugiere, estéticamente, algo secreto, sombrío, lejano y fantástico.
Hay una clara filiación simbolista en Valle, no en vano en su primera época recurría a estas referencias al "jardín viejo y umbrío", "silencioso", "misterioso", "oscuro", "sugestivo y evocador". Jardín salvaje al fin y al cabo. Impenetrable, aunque Eliane Lavaud-Fage, refiriéndose a las propias palabras de Valle-Inclán en el prólogo de Jardín umbrío, ha escrito:
"Los cuentos permanecieron en la memoria del autor, como las hojas secas que, en otoño, tapizan los senderos de los jardines abandonados y umbríos. En efecto, las sombras alcanzan un protagonismo esencial. No estamos en esos jardines en los que el sol hace resplandecer la alegría de los colores y de la vida. La felicidad y, más concretamente, el amor, no tienen cabida en estos cuentos que evocan preferentemente todo lo sombrío, lo desconocido, el misterio que a la vez aterra y atrae al hombre".
Y eso es lo que sucede, básicamente, al jardín en la literatura, atrae y aterra. Tal como el cuento de Borges "El jardín de los senderos que se bifurcan" describe en la metáfora del jardín una trama creciente y vertiginosa de tiempos, que se aproximan, se bifurcan, y se cortan abarcando todas las posibilidades, los jardines narrativos constituyen en su posibilidad un laberinto singular en la literatura, por ejemplo, anglosajona, sobre todos ellas.

Edith Wharton era una apasionada de los jardines. Sin manejar la laya y el rastrillo, era lo que hoy llamaríamos una paisajista, que casaba los diversos follajes, organizaba perspectivas, alternando las grandes superficies de césped con los bosquecillos, sin olvidar la estructura más rectilínea de los rincones con flores, todo ello confiado a un ejército de jardineros. El jardín "como se lee en sus novelas, como La edad de la inocencia, o en sus libros de viajes, Villas y jardines de Italia (1904)" es siempre un refugio, un templo de sencillez y armonía. Eso es: todo lo que es útil tiene que ser bello, al mismo tiempo.
El jardín fue para Virginia Woolf, más aún, un escenario de la pasión. Fue en Knole, la mansión que enamoró a Enrique VIII hasta tal punto que obligó al arzobispo de Canterbury a que se la regalara. Knole era la famosa casa de 365 habitaciones que Virginia Woolf imaginó para Orlando, álter ego de su amiga Vita Sackville-West, que nació y creció en Knole y con quien mantuvo un intenso amor.
Pero la mansión remitía sobre todo a Sissinghurst, el singular jardín creado en 1930 por Vita y su marido, Harold Nicolson, cuando abandonaron Lorn Barn, la casa próxima a Knole en la que residían "y que como Bomarzo también se puede visitar"; y Sissinghurst era también el título del poema que Vita le dedicó a Virginia Woolf en agradecimiento por Orlando. Aunque Wolf volvió a ello en Entreacto, rememorando el jardín como espacio de desenfreno, en donde hay que dejar improvisar a la naturaleza.
Pero no son sólo las escritoras han "cultivado su jardincito", como decía Voltaire despectivamente. No, el jardín es escenario que sirve a tramas policíacas, por ejemplo, a Anthony Eglin y su detective paisajista "¿por qué no ha sido aún traducida sus fabulosos English Garden Musterys?" o también a Brian Eastman; pero el alquímico arte del jardín encontró quizás su máximo exponente en Alphonse Karr, autor de la famosísima novela Bajo los tilos, escrita con 24 años, y de la más desconocida Viaje alrededor de mi jardín.
Conocer un jardín implica reconocer su valor arquitectónico, botánico, estético, histórico; el jardín es un arte frágil, efímero y que desafía al tiempo. Como la literatura. Cerremos, pues, este jardín literario con el checo Karel Cápek, el olvidado creador de la palabra que más tinta ha requerido en el último siglo: "robot", citada por primera vez en su obra teatral R.U.R. (1920).
Cápek escribió junto a su hermano Joseph la famosa Guerra de las salamandras (1921), así como otras obras acerca de la pasión por las plantas que ambos compartían como El jardín de Krakonos (1918), con el laberinto de las Rocas de Teplice, muy cerca de los Montes Gigantes, de fondo: "El mundo es magnífico, pero al recordar los prados, bosques y arroyuelos mansos de nuestra tierra, les daría preferencia ante todas las palmeras, cactos y saltos de agua. Nuestra naturaleza y nuestro país no son gigantes, pero por ello quizá necesitan tanto nuestro amor y lo tienen".

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