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¿Cómo llegó Madrid a convertirse en 'Madridgrado'?

25/04/2017 - 10:57
  • Fernando Castillo investiga el odio a Madrid, exacerbado en 1936
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El retrato de Stalin, en el centro de la madrileña Puerta de Alcalá en la Guerra Civil. Imagen: Pravda

Hubo un día en que una gigantesca lona con el retrato de Stalin colgó de la Puerta de Alcalá y Madrid era un charco carmesí sobre el que apuntar definitivamente el odio generado en decenios de trigo castellano y agravio periférico. Madrid, que siempre ha sido gris, tuvo entonces un aire soviético, una bruma guerracivilista y una precipitación de cadáveres que al alba descubrían su mueca. La munición sublevada cargaba contra el reducto más simbólico de la República y 'Madridgrado' se pudría de hambre, pena y muerte cuando el mundo aún contenía la respiración.

Este sórdido Madrid, símbolo de resistencia en la legendaria Defensa de la capital ante Franco para los unos, sumidero comunista y sangriento para los otros, es el que describe con profusión el ensayista Fernando Castillo en su libro Los años de Madridgrado (Fórcola Ediciones). Tirando del hilo de Ariadna de un exhaustivo trabajo suyo de 2010, Capital aborrecida. La aversión hacia Madrid en la literatura y la sociedad, del 98 a la postguerra, el autor se sumerge en los testimonios, especialmente literarios, de la época para ilustrar cómo el sentimiento antimadrileño incubado en lo que antaño se denominaba con cierta altanería "provincias" a lo largo del siglo XIX estalla definitivamente a partir de 1936 con la Guerra Civil.

Antes incluso de que los nacionalismos cobrasen la fisonomía de aldabonazo repicante contra el centralismo, fervientes admiradores de la Arcadia, brillando en sus ojos el rubio cereal castellano, propugnaban un agrarismo que difícilmente aceptaba la ciudad de masas que se iba gestando en La Meseta. Este germen de lo que abrazó más adelante la Falange veía el demonio en las grandes construcciones y el rasgo más liberal que se iba abriendo paso en una trama de afectos y de cemento a la que se culpaba, además, de expoliar al sacrificado lomo de la provincia en su propio prurito de megalomanía.

Este es el caldo de cultivo que Castillo recoge de autores -Ernesto Giménez Caballero, particular vanguardista primero y particular falangista después, será uno de ellos- que, tras haber sorbido el cocido madrileño de principios de siglo echan de menos ese poblachón manchego de los manolos de Lavapiés, las chulapas de clavel y rizo, las corralas, el chotis, los chascarrillos sobre la Familia Real en los mercados y una transversal aunque engañosa relación entre patronos y menestrales. Un Madrid borbónico de cuadro de costumbres de Mesonero Romanos que se va imbuyendo de liberalismo moderno -aunque a la española siempre- y de industria -ínfima, pero real-.

Será este poso, explotado en parte por la Generación del 98 y en adelante, lo que genere una viscosidad peguntosa que hervirá con hechos como la gran huelga de 1917 y que se convertirá en argumentario de la oposición a la República a partir de 1931. Una vez el verano del 36 estalla en mil pedazos y el fuego de Madrid es republicano -serán la civil Guardia de Asalto y los ciudadanos los que contengan a los facciosos a dos pasos de Plaza España-, las mil familias recogidas bajo el paraguas de Franco exprimirán esta idea de la capital como eje del mal.

Las necesidades de la contienda y la fragilidad siempre evidente de la República, sumada al histórico pasotismo de las democracias liberales europeas, hizo a ésta verterse del lado soviético, comprando armas a un Stalin que no perdonó un céntimo. Este Madrid asediado de horror por los militares rebeldes se verá en la tesitura de reprimir y disipar cualquier duda. Comienzan las sacas y paseos, los muertos al amanecer, la obsesión quintacolumnista, el inusitado crecimiento del PCE y la incalculable llegada de asesores y comisarios políticos de la URSS. La propaganda nacional hablará de Madrid como satélite ruso y una de sus más famosas bocas, la del general Queipo de Llano desde los altavoces radiofónicos de su virreinato sevillano, le pondrá el célebre motejo de 'Madridgrado'.

Una cosmología que destacados literatos contrarios al sueño de Azaña no dudaron en combatir identificando todo lo que odiaban con la propia ciudad. De esta aprensión sacará el ahora rehabilitado columnista Julio Camba una novela homónima, toda vez que el también conocido literato Agustín de Foxá barniza de lirismo y retórica el 'terror rojo' en su mítica novela Madrid, de corte a checa. Libros éstos que recogen un sentir que glosará tan despectiva como reveladoramente el contemporáneo de éstos Tomás Borrás, quien llegará a referirse a las clases populares de Madrid que sujetaban la Defensa como "marea de la miseria y el andrajo".

Será a través de un minucioso repaso a extractos de estos autores como Castillo extenderá una saludable disertación de más de 400 páginas sobre lo que ocurrió bajo nuestros pies hace tan sólo 80 años. Una sesuda recopilación reflexiva que explicará cómo el Madrid amado y odiado a partes iguales sigue siendo hijo de esa retórica, pero al menos sin muertos en las praderas, calles bombardeadas, tripas en el adoquín y una animadversión que, en el fondo, compartía hematíes a un lado y a otro. Un trabajo colosal que Fórcola ha tenido el acierto de convertir en obligado compañero de mesilla. Que haya más.

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