
Mentar la palabra dióxido de carbono como sustancia contaminante en las oficinas de la EPA (La Agencia de Protección Medioambiental de EEUU) en Washington era, hasta hace prácticamente ayer, un asunto tabú.
En una visita que realizamos un conjunto de periodistas europeos hace pocos años, durante el segundo mandato de George W. Bush, para conocer de primera fila la política medioambiental de la superpotencia, uno de los colegas hizo la temida pregunta. Mencionó si el tema del CO2 iba a ser admitido en la lista de sustancias contaminantes de la EPA cuya obligación es establecer los niveles máximos para que no supongan riesgo a la salud humana: mercurio, dióxido de nitrógeno, metales pesados...por no mencionar el amianto, ahora un elemento prohibido. Es decir, el este gas iba a estar en la lista de contaminantes incluidos en la famosa Acta de Aire Limpio, que tiene más de cuarenta años.
Este fue el comentario más o menos de uno de los expertos, que quiso permanecer, por supuesto, en el anonimato: "El CO2 no nos incumbe, es un asunto político".
A nivel federal, la EPA no quería meter las manos. Sin embargo, a nivel de estado, las cosas ya pintaban muy diferentes. La oficina de la EPA en California, cuyo gobernador es el republicano Arnold Schwarzenegger, nos presentó un enfoque diametralmente opuesto al de Washington: había que atacar el tema del CO2, y había que hacerlo cuanto antes.
Uno de los expertos nos presentó un plan para imponer a los fabricantes un nuevo modelo de catalizador que iba a reducir entre el 20 y el 25 por ciento de las emisiones de CO2 de los tubos de escape de los automóviles que circulasen en California. Dado que este estado es el que más coches tiene de todo EEUU -el año pasado la cifra era de 32 millones de vehículos- no es difícil imaginar la reacción, por entonces, de los gigantes de la industria automovilística, cuyos presidentes estaban alineados con la política de Bush. "Nos estamos preparando para el aluvión de demandas que se nos va a caer encima", nos dijo el hombre de la EPA californiana.
No en vano, todo el jaleo del cambio climático, el calentamiento global y las terribles catástrofes vaticinadas por Al Gore como si fueran profecías, proceden precisamente del CO2 que procede de los tubos de escape, la mayor fuente de emisiones de este gas, la que menos se puede controlar, la que no se puede enterrar ni regular.
Por otra parte, sin CO2 en la Tierra no habría fotosíntesis, ni plantas, y a la larga, la vida basada en el carbono se extinguiría. Esto podría ocurrir dentro de unos dos mil millones de años, aunque esta es otra historia.
El movimiento conservacionista y de preservación del medio ambiente nació en California, y Schwarzenneger, el republicano conocido como "gobernator", (en alusión al papel de "terminator" que lo hizo famoso en el cine), resultó ser el más firme defensor de las causas medioambientales, apostando por el coche de hidrógeno, la energía de las biomasas...en la oficina de la EPA los funcionarios se suben las bicicletas hasta sus despachos.
Muchos estados norteamericanos decidieron seguir a California para regular el CO2 de sus vehículos. Y ahora, los gigantes de la industria automovilística están doblando las rodillas ante la ruina y la suspensión de pagos, entre otras cosas, por no haber hecho a tiempo coches más eficientes y que emitan menos CO2. Los deberes descuidados les están pasando una tremenda factura. Y si quieren recibir fondos del gobierno de EE UU bajo el mandato de Obama, tendrán que hacerlos. Y de qué manera.
El primer presidente afroamericano de la historia de ese país cogió el toro por los cuernos, y a finales del pasado mes de febrero, ordenó a la EPA en Washington que diera los primeros pasos para regular el CO2. Por lo que el Tribunal Supremo de EEUU dio las instrucciones pertinentes al regulador medioambiental: decidir si el CO2 es un gas contaminante, que pone el peligro la salud pública y el medio ambiente.
Bajo el paraguas de Bush, por ejemplo, no solo los coches, sino las centrales térmicas que queman carbón, estaban libres de regulación en cuanto a este gas. La nueva administradora general de la EPA, Lisa P. Jackson, esta determinada a ello, de acuerdo con el diario The New York Times, pero es consciente del enorme calado económico que esto conllevaría.
"Queremos ser específicos sobre lo que regulamos y lo que colocamos en nuestra agenda, pero no queremos que la gente se bambolee en un escenario dantesco". La palabra clave es flexibilidad, o regulación de acuerdo con las leyes de cada estado, que son bien distintas y diversas en un país tan gigantesco como es EE UU. Prueba de ello es que podemos encontrar demócratas -que aquí, desde España, se interpreta erróneamente ente como liberales, progresistas o de izquierda -como John D. Dingell, por el estado de Michigan, que siempre ha defendido los intereses de la industria del automóvil por ser una fuente de empleo.
Dingell ha dicho que la regulación del CO2 por parte de la EPA va a desembocar en un "glorioso desastre" que resonará en toda la economía norteamericana, ya de por sí maltrecha, de acuerdo como NYT. Los EEUU, que tradicionalmente han sido los primeros emisores de este gas, se han visto sobrepasados, aunque por poco, por China. En 2007, los chinos emitieron 6.200 millones de toneladas, frente a las 5.800 millones de EEUU.
El asunto, pues, es mucho más delicado de lo que parece. Regular el CO2 puede suponer más despidos en un país donde el paro está aumentando hasta cortas alarmantes-bajo el prisma norteamericano, desde luego,- España es otro cantar.
Nadie se atreve a vaticinar el impacto económico en estos tiempos turbulentos, y por ello, la EPA se está moviendo con una delicadeza inusual, a pesar de las órdenes del Supremo. No hay una agenda concreta para establecer las regulaciones -no hay calendario a la vista- y la EPA "no se va a embarcar a "decidir de forma brusca".
Pero la iniciativa de Obama va a colocar a EEUU en un lugar mucho más conciliador para el lobby medioambiental internacional, y desde luego, muy lejos del duro rostro del gigante americano que presentó por entonces George Bush. Ocurrirán las conversaciones sobre el cambio Climático que la ONU celebrará el próximo diciembre en Copenhague. Y habrá que ver como el mundo conjuga la recesión económica y la regulación de un gas que tiene enormes implicaciones económicas.
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