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El Cañón del Colca despliega sus más de siete maravillas

EFE
2/07/2009 - 16:56
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Chivay (Perú), 2 jul (EFE).- El Cañón del Colca, el más profundo del mundo y con múltiples atractivos que van más allá de lo puramente geográfico, está entre los más votados para convertirse en una de las Nuevas Siete Maravillas naturales del mundo.

El CANON (JP7751.TK)del Colca se hunde en su parte más profunda hasta los 3.232 metros, según una medición de una misión polaca que fueron los primeros en recorrer enteramente el cañón y darlo a conocer al mundo.

Aparte de los atractivos estrictamente geográficos y que tienen que ver con las escalofriantes paredes que encañonan el río Colca, es posible ver en las inmediaciones el vuelo del mítico cóndor, admirar las imponentes iglesias coloniales que pueblan el valle, darse un baño en aguas termales y visitar ruinas incas y pre-incas.

El Cañón del Colca está actualmente en el puesto número 2 del grupo de "cuevas, formaciones rocosas y valles", en la votación que la organización "Nuevas Siete Maravillas" (new7wonders.com) tiene abierta en internet. Por delante solo tiene a la Ciudad del Diablo ("Djavolja Varos") en Serbia.

El próximo 7 de julio se cerrará el plazo para las votaciones y el día 21 se anunciarán los 28 finalistas que competirán hasta 2011 por la lista final de siete maravillas naturales que se caracterizan por "no haber sido creadas ni alteradas sustancialmente por el hombre".

Es cierto que en el Cañón del Colca el tiempo parece detenido: en las perfectas terrazas dibujadas en el valle que flanquea al cañón y donde se cultiva trigo, cebada y habas, no se ven los tractores, sino únicamente yuntas de bueyes o borricos trabajando el campo.

El turismo no parece haber pervertido demasiado la vida del valle; es más, ha contribuido a rescatar algunas tradiciones folclóricas como el baile del watiti, que se baila todas las mañanas con el primer sol en la Plaza Mayor de Yanque y en el que los hombres se disfrazan de mujeres para poder acercarse a ellas y "galantearlas".

De igual modo, el turismo ha potenciado la artesanía local, donde lo más notable son los coloridos bordados que visten las colqueñas en faldas, chalecos y sombreros y que también venden a los viajeros en sus mercados.

Pero el progreso sí ha acabado con algunas de las tradiciones del Colca, como las casas construidas en adobe y cubiertas con techumbres a dos aguas de paja e "ichu" (un matojo andino que impermeabiliza los tejados): hoy en día, las paredes de ladrillo y cemento y los tejados planos de calamina se imponen irremediablemente y sólo las iglesias coloniales mantienen el aspecto de antaño.

El Colca es todavía un valle agrícola, donde huele a pan, donde se oyen los rebuznos mañaneros de los borricos y donde las casas se calientan con fuego de chimenea. Porque las temperaturas suelen bajar a menos de cero en un valle que está flanqueado por cumbres de más de 5.000 metros que tienen nieves perpetuas.

Abundan en el Colca las aguas termales, algunas administradas por lujosos hoteles privados que pueden costar hasta 1.000 dólares (unos 713 euros) por noche, pero otras, como el complejo "La Calera", en Chivay, están abiertas a todo el público.

El agua, con ese típico olor a azufre y hierro, brota de la montaña a algo más de 85 grados, y mediante un sistema de serpentinas de agua fría es "rebajada" hasta los 38 grados, y luego enviada a cinco piscinas mayores y menores que hacen la delicia de los turistas al final de sus jornadas.

Muchos viajeros vienen al Colca a practicar el senderismo o la escalada en los farallones verticales del cañón, pero lo que ninguno se pierde es el vuelo del cóndor: cada día, en torno a las 8 de la mañana, un grupo de estas aves abandonan sus madrigueras para planear sobre las paredes del río Colca.

En ningún lugar del mundo es posible ver tan de cerca al rey de las rapaces, que en su edad adulta puede tener una envergadura de hasta tres metros de largo.

Biólogos conservacionistas advierten de que los pesticidas y los postes de alta tensión son muy dañinos para los cóndores, pero la cantidad de turistas no parecen molestarles: con un respeto casi religioso, los visitantes se apiñan en el "Mirador del Cóndor" y sienten casi el roce de las alas del ave, que se pasea majestuosa sobre sus ojos planeando con los primeros calores del día.

El famoso cañón, convertido en la joya del sur peruano, atrajo en los últimos doce meses a algo más de 100.000 viajeros extranjeros y 40.000 peruanos.

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