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Adiós a Chano Lobato

Juan Carlos Rodríguez | 6/04/2009 - 12:43
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El cantaor Chano Lobato

Con Chano Lobato no muere tan sólo Juan Ramírez Sarabia, su verdadero nombre, sino se extingue un modo de concebir el flamenco, de decir el cante, de vivirlo hasta la extenuación. Luto por los callejones del barrio de Santa María. Luto por los callejones del cante, que conocía también y que tantas veces cantó por bulerías al golpe, por malagueñas del Mellizo.

Enrique El Mellizo, sí, raíz misma del cante por Cádiz, en el que Chano Lobato (Cádiz, 1927) pone punto y final. Ya nada será igual. Aurelio Sellés, la Perla y Pericón son, junto a Chano, paradas ineludibles del cante, de ese cante añejo, triturado por el hambre y marcado por el compás de tanguillo al tres por cuatro, de bulerías y alegrías de Cádiz, y de un largo camino de aprendizaje detrás, para esplendor del baile, el baile de Antonio y de una Matilde Coral que llora por Sevilla, en donde vivía el matrimonio de gracia y humildad más flamenca imposible, roto por la inevitable secuencia de la vida.

Esencia del cante

Pero Chano, ya lo sabemos, armará la de Cristo en su cielo, con sus embustes y sus relatos tan falsos como verídicamente los contaba, pero que contenían en su decir, en sus dibujos en el aire, la esencia misma de un cante que heredó y reconvirtió como maestro indiscutible del cante festero que era, pero conocedor enciclopédico, que también todo eso cabía en su menudo cuerpo, del saber flamenco.

Cantaor completo donde ya no los hay, historia viva del cante que desaparece con un lamento por soleá, como él mismo las entonaba: sangrientas, secas, que te condenaban a no respirar, al silencio más ortodoxo posible. Chano era inconcebible, inconcebible en el dolor que expelía cantando por derecho, inconcebible en la gracia que acumulaba como un cofre escondido en La Caleta al darle lustre al cante festero.

Chano simboliza todo esto, pero además una época del flamenco marcada por aquello que él llamaba "las fatiguitas". Hambre, puro hambre, no sólo en lo económico, sino en dejar al cante en su lugar correspondiente, en lo alto del arte, lejos de colmaos de señoritos caprichosos. Canto mucho, canto bien, canto para hacernos, sobre todo, reír. Un grande que se va. Que tenga el adiós que se merece.

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