
El concurso de Eurovisión es una desvergonzada celebración de lo "kitsch" con canciones de dudoso gusto, cantantes de festival y escandalosos trajes, que culmina en deslumbrante final en Belgrado, Serbia, el 24 de mayo.
Sin embargo, a pesar de lo trillado de las letras y del hecho de que los europeos del este siguen votándose entre sí, la fiesta anual, que reúne a poderosas baladas y pegajosos espectáculos del pop no presenta signos de flaquear.
"Mientras más gente lo critica y lo aporrea, más grande se vuelve Eurovisión", asegura John Kennedy O'Connor, autor de la historia oficial del concurso.
"Este año es (el concurso) más grande con 43 países, en comparación con los siete que compitieron en el primero en 1956. Crece más y más", expresó antes de volar hacia Belgrado para el festival de Eurovisión 2008.
La victoria de Marija Serifovic en 2007 provocó una eclosión de orgullo nacional en Serbia, un país más acostumbrado al rechazo europeo debido a su pasado bélico que a los elogios.
Los serbios llenaron las calles de banderas, de cláxones entonando la canción "Molitva" (oración), hasta altas horas de la madrugada.
El cuarteto sueco Abba fue el ganador más famoso del certamen, mientras que el irlandés Johnny Logan ganó tres veces, dos como cantante y uno como compositor. Incluso la canadiense Céline Dion se coronó en una ocasión, representando a Suiza.
El problema del concurso en el siglo XXI no es político sino cultural y consiste en las "tácticas", insiste Kennedy O'Connor.

© Ecoprensa S.A. - Todos los derechos reservados - Nota Legal - Quiénes somos - Suscripciones - Publicidad - RSS - Archivo - Ayuda