Especial elecciones del 24M. Peret no lo hubiese cantado mejor. Y no estaba muerta, no, no. Cuarenta y ocho horas después de su victoria más amarga, Esperanza Aguirre, con la aguja y el hilo preparados para dar puntadas, se sacaba un simulacro de órdago de la chistera. Uno de esos movimientos que de tan esperados, acaban por pillarte por sorpresa.

Martes. Últimos estertores de la digestión electoral antes de la pesada deglución del pactismo. El redoble de tambores en Génova se escucha desde Ferraz y también desde sedes que aún no son conocidas por el nombre de su calle. Rueda de prensa de Aguirre a las seis de la tarde. Cincuenta minutos de retraso para cebar la situación hasta ese preciso momento en el que ya se han agotado los tuits proféticos e ingeniosos y los periodistas se quejan amarga y recíprocamente de la falta de respeto por su profesión. En la sala no cabe un alfiler. Luces, cámaras, y acción.

Hace acto de presencia la mujer a la que todos consideran la gran perdedora de las elecciones del 24M. La lideresa retirada que se reenganchó a la política para combatir el populismo vestida de chulapa, abrazando a gente en los carteles y decorando con su cara los taxis de Madrid. ¿Dimitirá? Por supuesto que no. Los pies por delante y todo eso. No viene a tirar la toalla, sino a incendiar la tarde. Ah, vale, es Esperanza. Y nos lo queríamos perder.

Perder. Esa palabra que no entra en el vocabulario de la aún presidenta del PP de Madrid.

Tras las cuatro o cinco bofetadas de rigor a Mariano Rajoy, la cabeza de la lista más votada en la capital del reino invoca a los fantasmas del radicalismo e imagina trampolines desde los que los pérfidos enemigos de la democracia (que sabe dios por qué razón se han presentado a unas elecciones) saltarán hacia la destrucción definitiva de Occidente. Sí, Occidente.

Con su toque de corneta, Aguirre llama a sus enemigos habituales (y también a los recientes) a formar un frentecentrismo que evite el frentepopulismo. O algo así. ¿Se imaginan al PSOE y a Ciudadanos navegando a su lado para contener a los piratas castrochavistas a las órdenes de la nueva e incómoda abuela de moda en la política española? Nadie se lo creía hasta que lo dijo. Y lo dijo bien claro.

Además, es necesario actuar con presteza porque, según Esperanza, en Madrid hay tres partidos de centro y uno que está completamente fuera de la democracia. Casualmente el mismo al que han votado cientos de miles de madrileños -concretamente 44.082 menos que a ella- y que está liderado por una juez emérita del Tribunal Supremo.

Un Carmonazo para evitar el Carmenazo que, sin embargo, ha resucitado el Tamayazo. Porque en un lógico acto reflejo, todo el mundo volvía ayer la cabeza hacia la alargada sombra de Eduardo Tamayo, ese parlamentario socialista que de la mano de la también socialista Teresa Saez se fugó de las filas socialistas en 2003 para evitar el gobierno de Rafael Simancas en una maniobra de infausto recuerdo democrático que aupó a Esperanza Aguirre a la presidencia de la Comunidad de Madrid.

Carmona no es Tamayo

Sin duda, el de este martes ha sido un golpe de timón arriesgado por parte de la condesa de Bornos. ¿Estrategia? Puede. Por aquello de retratar a los "perdedores" y preparar el "ya os lo dije" ante el primer amago de resbalón de esa "izquierda radical" (dixit) que aspira a gobernar Madrid con el apoyo de unos socialistas que se esfuerzan por evitar su particular pasokización en el nuevo e incierto escenario que se presenta por delante.

Pero Antonio Miguel Carmona no es Eduardo Tamayo. No puede serlo aunque, por alguna razón que se escape a la lógica política, quisiera. Sobre todo tras una campaña en la que ha sido vilipendiado públicamente por Aguirre y ante la perspectiva de que el PSOE arrebate casi todo el poder territorial en España al PP. Todo ello mientras los socialistas se borran de la muñeca el sello de partido de la casta, aunque para conseguirlo tengan que pernoctar con aquellos que ya se presentan como el socialismo morado. Dormir con un enemigo aún débil para poner los cuernos al rival más fuerte. Arriesgado pero inevitable equilibrismo antes de las tremendas generales que se avecinan.

Porque Carmona y sus jefes son perfectamente conscientes de que entregar la alcaldía a su némesis declarada implicaría asentar los cimientos de la desaparición del PSOE como proyecto político, por mucho que viejas glorias socialistas, como Joaquín Leguina, maniobren para alimentar un pacto anti-Podemos. Y sobre todo teniendo en cuenta que, en este caso concreto, Carmena-Gabilondo ha sido el ticket electoral de muchos madrileños, mostrando a las claras que buena parte de los socialistas de la capital han dado su apoyo a la líder de Ahora Madrid y viceversa.

Puede que la por momentos surrealista rueda de prensa de Aguirre sea una de sus últimas apariciones como presidenta del Partido Popular madrileño. O puede que no, quien sabe. Puede que, con Carmona gritando a los cuatro vientos su "no rotundo" y con Begoña Villacís (C'S) instalada en una calculada ambigüedad (sabedora de que sus siete concejales no le valen a ninguna aspirante), Manuela Carmena sea investida alcaldesa de Madrid.

O puede que aún queden ocho concejales del PSOE en una lista y esto se convierta en el día de la marmota del transfuguismo patrio. Cosa poco probable aunque, con Esperanza Aguirre blandiendo el capote, hasta el rabo todo es toro.

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