Parece que por fin empieza a pasar algo. Hasta ahora la política en España vivía una suerte de ficción en que unos y otros decían cosas de cara a la galería que no aportaban ni servían para nada en términos prácticos. Así empezamos con los fríos de Enero y así nos adentramos en las canículas de Julio, bombeando en vacío y sin resolver nada.

Sin embargo, en los últimos días se han producido movimientos que permiten suponer que vamos a salir de tan pernicioso impasse. El más significativo fue el acuerdo entre el Partido Popular y Ciudadanos para la elección de la Mesa del Congreso y que nos da pie a imaginar que ambos grupos tienen una línea de comunicación bien lubricada de la que se pueden esperar otros resultados de mayor envergadura.

Por muy inflexible que los de naranja muestren su determinación de no pasar de la abstención al "sí" en la investidura de Rajoy, es el voto afirmativo el que de verdad tiene valor y el único que les facultaría para vender caros los 32 escaños que obtuvieran en las elecciones del 26 de Junio. Es cierto que habrían de modificar su relato pero el mantenido hasta los comicios generales queda superado por los resultados y el pragmatismo ha de abrirse camino en favor del interés general.

Rivera no solo ha de apoyar con sus votos la investidura para ejercer la presión sobre otros grupos, especialmente el PSOE, y desbloquear de una vez por todas la situación, sino que debería entrar en el Gobierno y forzar desde dentro la regeneración democrática que vendió en campaña electoral. Es el único modo de sacar brillo a su acción política; de no hacerlo corre el riesgo de seguir la misma suerte que Rosa Diez al disolverse en una oposición atestada de actores con más posibilidades de alzar la voz que las que él tiene.

Se ha evidenciado además que la de Ciudadanos no es la única vía de negociación que el PP mantiene abierta en el intento de engrasar expectativas de acuerdo que antes resultaban impensables. Lo ocurrido con los 10 votos "fantasma" que le cayeron de más en la elección de la Mesa de la Cámara abre un suculento capítulo de especulaciones sobre hasta dónde podría llegar la entente entre populares y los hasta ahora demonizados nacionalistas.

Deberíamos interrogarnos qué enfermedad política sufre este país para que un acuerdo por, circunstancial y limitado que fuere, sea negado de manera vergonzante en lugar de exhibirlo como la muestra de un talante negociador que la ciudadanía reclama de forma generalizada.

Es verdad que el PP machacó al PSOE cuando hizo algo similar en la anterior legislatura prestando a ERC los dos senadores que le faltaban para formar grupo parlamentario. El mensaje que el PP transmitió a sus palmeros fue que Sánchez, con tal de gobernar, estaba dispuesto a romper España. Nada de eso ocurrió y tal vez, por hacer cosas así, ahora tienen que esconderse.

Ni en la cabeza del PSOE estaba entonces ni en la del PP está ahora cruzar línea roja alguna relativa al independentismo. Esa es la garantía que debe tener bien clara Ciudadanos y ninguna otra le debería alterar. A la antigua Convergencia por representatividad y por dinero le interesa mucho tener grupo parlamentario propio. Y al PP le conviene que lo tenga por la imagen de un Rajoy menos solo y más abierto y para que ERC no monopolice la voz de Cataluña en el Congreso. A partir de ahí, todo lo que sea tender puentes y atraer hacia la moderación a los inmoderados es positivo.

Hay además una tercera pista en la que se trabaja en favor del pragmatismo, la de la economía. No es un gesto baladí el que Mariano Rajoy enviara a Rivera información para negociar el futuro techo de gasto de las administraciones y los presupuestos de 2017. Ciudadanos sabe y comparte con el PP que urge tramitar las cuentas públicas y que éstas deben ajustarse a los compromisos de déficit adquiridos con Bruselas. Esa misma presión es la que está metiendo el ministro Montoro a los barones del PSOE alertándoles de la imperiosa necesidad de formar un gobierno para aprobar un techo de gasto y una nueva senda de déficit que evite la congelación de los fondos estructurales europeos.

Esos fondos van destinados principalmente a proyectos que gestionan los gobiernos autonómicos, incluido el de Cataluña, y en Bruselas no están dispuestos a transferirlos hasta obtener un compromiso de cumplimiento del déficit. Rajoy, como en el yudo, pone así la fuerza adversa que le llega de la Comisión Europea a favor de su investidura y posterior tarea de gobierno que tan compleja se advierte.

Cierto es que resulta un tanto irónico que quien tanto vendió el rigor en el cumplimiento de sus compromisos con UE ponga a su favor los recelos y sanciones de Bruselas por no haberlos cumplido. Pero así es la política, y cuanto antes entendamos que los países han de asumir los aciertos y los errores de sus gobernantes, se haya estado o no de acuerdo con ellos, mejor nos irá. Nunca hay que ser cínico pero sí práctico.

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