En las capa más bajo del entramado de selecciones que componen la nueva Liga de las Naciones se está alimentando la posibilidad de un milagro. Sus actores representan a uno de los combinados más débiles de Europa, el de Luxemburgo, que está empezando a recoger los frutos de una cosecha que comenzó a principios de siglo y que quiere tener su cénit en la próxima Eurocopa.

En el primer parón de selecciones destinado a la nueva competición, la luxemburguesa ha sido la segunda selección (solo superada por España) que más goles ha marcado. Con dos amplias victorias sobre Moldavia (4-0) y San Marino (0-3), el cuadro centroeuropeo lidera su grupo de la Liga D, la última del sistema de divisiones del torneo. Y, a pesar de encontrarse oculta por los devenires de las grandes escuadras del continente, en Luxemburgo se están respirando aires de revolución.

Por primera vez en la historia, el equipo que dirige Luc Holzt tiene opciones de clasificarse a una Eurocopa. El nuevo sistema de clasificación, que deja un hueco para la última división de la Liga de las Naciones, les hace creer en ello. Su liderato, con dos puntos de ventaja sobre Bielorrusia, hace que el próximo duelo ante los bielorrusos sea clave: si se salda con victoria, estarán muy cerca del pase a una ronda con los campeones del resto de grupos de la Liga D para decidir ese billete a la cita de 2020.

Las sensaciones, desde luego, son positivas: han ganado seis de sus últimos 11 partidos, los mismos que en los cinco años anteriores. Su actual ranking (85) es el tercero más alto de toda su división cuando hace dos años se situaba en un lejano puesto 130. Hace un año, incluso la Francia ahora campeonísima del mundo se estrelló en su propia casa ante ellos. La mejora es evidente e incluso se muestra a nivel de clubes: el Dudelange se convirtió este verano en el primer equipo nacional clasificado para la fase final de una competición europea, la Europa League. Será rival, precisamente, de un equipo español, el Betis. 

La escuela de Mondercange

El cambio está cristalizando en 2018, pero todo comenzó hace 17 años. Fue en 2001, tal y como explica The Guardian en un reportaje, cuando Luxemburgo decidió trazar un plan para salir del pozo del fútbol europeo. Con 600.000 habitantes (datos del Banco Mundial) de los que solo son luxemburgueses algo más de la mitad, el caladero de potenciales talentos era pequeño. Pero se escarbó en la tierra hasta conseguirlo.

La clave fue la escuela nacional de fútbol que se creó en la localidad de Mondercange. En esta región, que no llega a los 7.000 habitantes, se establece la Federación nacional y la fábrica de jóvenes futbolistas luxemburgueses. Desde el primer momento se fomentó que los jugadores estuviesen capacitados para foguearse en países vecinos y de mayor potencia futbolística (Francia, Alemania o Bélgica).

Se trataba de una ruptura con el pasado, marcado por un importante porcentaje de jugadores que, en caso de probar suerte fuera, lo hacían a una edad demasiado avanzada. El propósito de la escuela de Mondercange, en ese sentido, estaba claro: formar talento y pulirlo desde las primeras etapas, evitando cualquier tipo de abandono. El objetivo: crear una nueva generación. 

Esta camada de futbolistas ya se ve en la actual selección luxemburguesa. Hasta 13 jugadores producto de Mondercange formaron parte de la última convocatoria. De ellos, nueve son de la sub-21. Los datos de la propia Federación de Luxemburgo reflejan que, en los últimos 20 años, el número de equipos nacionales ha subido en un 28%, de los cuales la gran parte son categorías inferiores. En la actualidad, el número de licencias es de 39.000, un 6% de la población, un dato que refleja el boom en el país (en España era el 1% en 2016) y que se asemeja a otro de los emergentes europeos que, a su manera, ya ha hecho historia: Islandia.

Con el ejemplo vikingo siempre presente, Luxemburgo afronta ahora su propio desafío. Su entrada en la Eurocopa sería una de las hazañas de mayor mérito del fútbol actual. Algo que ya no es tan impensable. El pozo, para el combinado centroeuropeo, cada vez está un poco más lejos.

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