
A las diez y media de la mañana, la terraza del Hotel Intercontinental de Madrid huele a café, a zumo y a repostería. A esas horas aún quedan unos cuantos huéspedes rezagados y, como siempre, hay un trasiego incesante de gente en el hall, recién salida de los cochazos impresionantes aparcados en segunda fila a lo largo de ese tramo del Paseo de la Castellana.

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