
Un escritor pinta a Sandrine entre paredes móviles, como sábanas mecidas por el viento en una tarde otoñal. La cabellera de la modelo, tela de araña, las piernas recogidas, el sexo afeitado y abierto, los senos erectos: materia de ilusiones; todo es doble e insólito. Un pintor escribe a Sandrine, de la misma manera en la que dibuja su ombligo, absoluto, perforándolo con el dedo goteando miel.

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