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El duro rostro del etanol en los cañaverales de Brasil

AFP
11/06/2008 - 17:24

"Este no es trabajo para humanos", dice Caio Ribeiro al ver pasar a decenas de hombres y mujeres de todo Brasil que cortan a diario toneladas de caña de azúcar para fabricar etanol en el interior del Estado de Sao Paulo.

Ribeiro, de 38 años, es considerado un "sobreviviente" entre los cortadores de caña de Sertaozinho, una de las tantas ciudades de la región paulista de Ribeirao Preto, el mayor polo azucarero de Sao Paulo.

Tres años atrás se desmayó en plena faena y, castigado por problemas de columna y circulatorios, debió dejar para siempre el trabajo, dice a AFP.

"Cortar caña es para las máquinas", añade. "Hay que mecanizar todo porque de lo contrario va a morir mucha gente", afirma Ribeiro.

La cosecha manual de caña es una mancha para el etanol que abastece cada vez más autos en Brasil y que el país quiere difundir mundialmente como opción a los combustibles fósiles. Desde 2004, 20 braceros murieron a consecuencia de su trabajo, según los dirigentes sindicales.

Gremios y grupos no gubernamentales denuncian condiciones laborales infrahumanas y a veces lindantes con la "esclavitud" y cientos de trabajadores fueron "liberados" en el ultimo año en plantíos de Sao Paulo y del norte de Brasil . En Europa, políticos presionan para instaurar un régimen de certificaciones contra el etanol producido en condiciones de explotación.

El Gobierno reconoce que el trabajo es "muy duro" y se propone incentivar la mecanización. UNICA, la entidad que agrupa a los productores de caña, dice estar eliminando la cosecha manual.

"Este año la mecanización de la cosecha llegará al 51%", dijo a AFP Antonio de Padua Rodrigues, director técnico de UNICA. La mecanización total llegará en 2017.

Cada cañero realiza a diario un esfuerzo físico similar al de correr una maratón (42 km) lo cual lo somete a una sobrecarga de actividad cardiorrespiratoria, según la Universidad Metodista de Piracicaba (interior de Sao Paulo).

Miles de jóvenes, especialmente, del empobrecido noreste brasileño, llegan para trabajar de abril a noviembre en la zafra y se instalan en modestos, y a veces insalubres, alojamientos en alguna de las 37 ciudades que rodean a Ribeirao Preto.

Vestidos con botas, guantes, canilleras, sombreros especiales, derriban a machetazos los troncos de las cañas en terrenos previamente quemados para abriles paso del hombre y espantar alimañas como arañas y víboras.

Antes trabajaban 12 horas diarias. Ahora la jornada es de 7 horas y media y una descanso. Cada bracero corta unas 9 toneladas y, según UNICA, el rendimiento salarial es de unos 1.000 reales (610 dolares).

Wilson Rodrigues, presidente del sindicato, sostiene en cambio que el promedio de remuneraciones es menor y ronda los 780 reales (480 dolares). "Es una cantidad miserable", dice.

El salario mínimo de un bracero es de 510 reales (320 dolares) y todos tienen beneficios adicionales como seguro de salud.

En la región de Ribeirao Preto trabajan 60.000 cañeros, sobre 190.000 en todo Sao Paulo. "Un 70% son emigrantes, la mayoría viene de Maranhao", según el dirigente sindical Rodrigues, ex cortador de 43 años.

"Allá el trabajo está muy lento", explicó José Silva, 24 años, mientras esperaba su autobús para ir al plantío, queriendo decir que en su natal Maranhao los empleos son pocos y mal remunerados para jóvenes sin formación.

"Aquí en siete meses ganamos para todo el año", complementó Francisco dos Santos, 29. "Yo cobro casi 800 reales (poco menos de USD 500) por mes y pago 60 reales por el alojamiento", añadió.

Muchos de esos alojamientos son un único ambiente, sin camas, baño ni ducha en donde comen, cocinan y duermen unas 20 personas que se acuestan en colchones sobre el suelo.

Algunos se instalan con su familia y, entonces, las esposas pasan también a trabajar.

"Yo corto seis toneladas por día", exclama Joana, 27, a la espera del autobús en una esquina de Guariba, otra ciudad de la región, junto a su esposo Deocidio da Silva, 31, ambos de Bahia.

A todos ellos, en el cañaveral los aguardan cada día la pérdida de ocho litros de agua, 4.000 flexiones de tronco, 3.800 de brazo, así como el riesgo de enfermedades de la columna o circulatorias, y hasta de muerte.

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