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Año uno después de Mas: parte de bajas del soberanismo catalán

28/09/2016 - 17:27
  • Elecciones y manifestaciones multitudinarias durante varios años
  • Puigdemont propone ahora un referéndum para septiembre de 2017
Mas y Puigdemont en el Parlament catalán. Imagen: Reuters

Una de las últimas decisiones del expresidente catalán Artur Mas fue adelantar las elecciones. Faltaba todavía un año para que expirara la legislatura, pero ante un creciente debate soberanista y con un enorme apoyo en la calle, decidió intentar hacerse fuerte. Un espaldarazo incontestable en las urnas le habría llevado a enfrentarse a las autoridades españolas de forma aún más directa, con los ecos de la consulta y las exhibiciones independentistas llenando las calles.

Parecía que lo tenía todo a su favor. Consiguió el apoyo de organizaciones sociales y culturales, y convirtió las elecciones en un plebiscito al ceder las primeras plazas de la lista a otros. El mensaje era claro: el presidente seré yo, pero no votamos a una persona, sino a una idea política en pos de una Cataluña independiente. Incluso logró una jugada maestra: convenció a sus máximos rivales, los (verdaderamente) independentistas de Esquerra para ir juntos en una candidatura unitaria creada para la ocasión.

Pero, parafraseando el himno catalán, las aspiraciones de Mas se llevaron un bon colp de falç. Sí, ganaron, y con una diferencia respecto a los demás que retrotraía al dominio de aquella CiU de Jordi Pujol, incontestable y sempiterno en el Govern. Pero no ganaron por el margen esperado: la suma de las dos grandes fuerzas políticas del momento debía haber ofrecido un margen mayor, y desde luego haber reunido un mayor porcentaje de votos para intensificar la campaña soberanista.

Para más inri, ni siquiera tenía la investidura en su mano: otra fuerza soberanista y antisistema bloqueaba su nombramiento, de forma que tuvo que acabar haciéndose a un lado para que el proceso que él mismo había iniciado siguiera adelante. Ni consiguió impulsar el proceso ni consiguió seguir en el cargo.

Ha transcurrido un año de aquellas tumultuosas elecciones y parece que haya pasado un siglo. Los dos procesos electorales nacionales han acallado la cobertura mediática sobre el soberanismo en Cataluña, pero las cosas han ido siguiendo su cauce con un perfil mucho más bajo del que se anunciaba en la campaña de 2015, en gran parte por la inestabilidad política interna que, lejos de calmarse con la convocatoria electoral, se ha acuciado hasta en seis puntos clave.

Confirmación de la ruptura de CiU

El giro soberanista de Convergència incomodó profundamente a sus históricos socios de Unió. CiU dejó de existir como tal y Unió se presentó por su cuenta, quedándose fuera del Parlament. Como consecuencia, ha dejado de existir esa voz catalanista pero no independentista, conservadora y tradicional.

Por su parte Convergència, asolada por los casos de corrupción y en el punto de mira de los tribunales nacionales por el ?procés?, se ha refundado con un nuevo nombre y un ideario orientado al soberanismo.

Sorpasso de ERC

El riesgo de girar hacia el independentismo es que aquellos que ya estaban instalados allí se pueden ver reforzados por la oleada de opinión pública que tú mismo has movilizado.

Convergència, como partido hegemónico, sumió a la sociedad catalana en un debate que ideológicamente no le pertenecía a ellos, sino a partidos como Esquerra. Eso sumado a que sus líderes en Cataluña tienen un perfil mucho más institucional que en el pasado -Josep Lluís Carod-Rovira o Joan Puigcercós tenían un perfil mucho más hostil en las formas que Oriol Junqueras-, ha hecho que Esquerra se dispare en intención de voto.

Queda la duda de qué pasaría en unas futuras elecciones en las que no se repitiera la coalición Junts pel Sí, pero a corto y medio plazo parece claro que Esquerra se convertiría en la nueva fuerza hegemónica catalana, con todo lo que eso conlleva para el procés

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Dependencia de las CUP

En apenas un año los radicales antisistema de las CUP pueden colgarse tres medallas: haber crecido como pocas fuerzas en las últimas elecciones, haberse cobrado la cabeza de Mas a cambio de investir al actual Govern y, pese a las enormes presiones de aquello, seguir teniendo el futuro de la Generalitat en la mano.

No en vano el próximo día 28 se votará una cuestión de confianza contra el president Puigdemont y la superará porque las CUP le darán su apoyo. Las peticiones siguen las mismas que tumbaron a Mas: reformulación presupuestaria y camino sin ambages hacia la independencia. Nunca una institución dependió tanto de un grupo tan contrario a la propia institución.

El 'castigo' de las instituciones

Por si todo lo anterior no fuera suficiente, los convergentes y sus aliados están recibiendo el castigo de las instituciones nacionales por su escalada soberanista. El último paso ha sido el interrogatorio en el Supremo a Francesc Homs, ahora cabeza visible de los convergentes en el Congreso, sobre quien pende una posible inhabilitación de cargo público por la consulta, pero antes de eso ha sido la presión de la Fiscalía y todos los movimientos del Ejecutivo en Madrid.

La vía judicial no ha sido la única a la que se ha activado contra lo que fuera Convergència. Tampoco las presiones políticas o mediáticas. Sin ir más lejos, su candidatura se ha quedado fuera de poder tener grupo parlamentario propio, algo a lo que históricamente ha accedido sin problemas: mientras el PNV, ahora mucho menos soberanista, goza de posiciones preferentes en las Cortes, el grupo catalán se ha diluido e incorporado al Grupo Mixto.

Presión por la hoja de ruta

Entre todo este escenario, el reloj aprieta marcando sus tiempos. La hoja de ruta soberanista que se diseñó estipulaba un avance en la desconexión en año y medio, y los plazos empiezan a agotarse. Es de esperar que los sectores más soberanistas alrededor de la Convergència más clásica empiecen a apretar y revolverse si no ven avances en ese sentido.

Pujanza de C's, supervivencia del PSC

Es una incógnita saber qué pasaría con la antigua Convergència sin el arropo de Esquerra en el Parlament. El escenario catalán ha cambiado tanto que ahora mismo Ciudadanos ejerce de líder de la oposición, favorecido por la oleada de visibilidad a nivel nacional, y se enfrenta también a que el PSC ha sobrevivido contra pronóstico en Cataluña -nunca unos bailes fueron tan rentables-.

El Ejecutivo catalán parece encontrarse atrapado entre sus dos almas: la más soberanista, que acusará la falta de avances y la presión de sus compañeros (ERC) y a veces rivales (las CUP), y la más institucional, que es consciente de que si no se hubiera embarcado en este viaje independentista ahora mismo podría gozar de una enorme capacidad de influencia en un posible pacto de Gobierno en Madrid.

Falta por ver si un partido tan clásico, asentado y establecido como fue Convergència puede resistir tantas presiones y virajes -en las elecciones generales parece haberlo hecho-, o si por el contrario acaba sufriendo el desgaste propio de gobernar en un contexto de crisis y con todo el aparato del Estado en contra.

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