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Los cuatro grandes partidos se renuevan en cuatro congresos desiguales: entre lo plácido y lo movido

7:35 - 15/12/2016
  • El PP y Ciudadanos se enfrentan a un proceso tranquilo
  • Podemos podría vivir la ruptura del partido o su reunificación
  • El PSOE quiere cerrar su larga crisis interna
Imagen: EcoDiario.es

El año nuevo suele traer para el común de los mortales cierto ánimo reformista: la intención, a través de propósitos e intenciones, de ciertos cambios para mejorar en su día a día. Y de igual forma que el ciudadano medio se propone dejar de fumar, hacer ejercicio o disfrutar de la vida, los cuatro grandes partidos políticos se enfrentarán durante los primeros meses del año a cuatro congresos en los que intentarán enmendar sus errores y mejorar en sus desaciertos.

Sin embargo, y a diferencia de lo que sucede con los ciudadanos, ninguna de las cuatro formaciones debería permitir que los propósitos se quedaran en meras buenas intenciones que se olvidan en unas semanas: su supervivencia política puede depender de ello.

Porque la política en España ha cambiado de forma sensible. Si al PSOE de Rubalcaba le hubieran dicho que esos 110 escaños que tenía eran un tesoro imposible de conservar no se lo hubiera creído. Si a la IU de Cayo Lara le hubieran asegurado que una fuerza novata les desplazaría y engulliría sin casi resistencia no hubiera dado crédito. Si el PP hubiera sabido que perdería Madrid, Valencia y casi 40 escaños en apenas dos años no entendería el porqué. Si a Ciutadans le hubieran prometido que haría desaparecer a UPyD y pasaría a ser clave en la gobernabilidad jamás hubiera soñado tanto.

España ha cambiado mucho en unos pocos años, y eso sirve de alerta de cara al futuro: ya nada es intocable, ni ningún partido insuperable, ni ningún debate prescindible. Y ahora, una vez conseguido superar un año entero sin Gobierno, es el momento del rearme ideológico: esperan ¿cuatro? años para un nuevo combate electoral, y el desgaste de lo vivido ha dejado heridas abiertas en las cuatro grandes formaciones. Por eso, durante los primeros meses del año, los cuatro partidos se enfrentarán a sus problemas internos en cuatro procesos bien distintos, muy seguidos en el calendario.

La asamblea de Ciudadanos: la primera discrepancia

El primer partido en enfrentarse a su congreso interno será el de Albert Rivera. Lo hará el 4 de febrero, y ofrecerá una pequeñísima grieta en una balsa de aceite naranja. Surge una pequeña voz contra su indiscutible liderazgo, y es la de una Carolina Punset que tampoco está claro que presente candidatura alternativa. Sin embargo, el hecho merece atención por un motivo: ha abierto un pequeño debate interno que, en caso de no tratarse a tiempo, puede derivar en problemas futuros.

Porque, como indica en dicho popular, "cuando el hambre entra por la puerta, el amor salta por la ventana". Dicho de otro modo: nadie cuestiona a Rivera porque Ciudadanos, de momento, es Rivera. Ha conseguido dar un salto nacional que ninguna otra fuerza consiguió tan rápido, desplazar, eliminar y absorber a un rival político duro de roer como fue UPyD, y ha ganado una presencia nacional enorme

que, aunque no se ha traducido directamente en votos, sí ha sabido rentabilizar: nunca una cuarta fuerza política tuvo tanta importancia a la hora de investir a un Ejecutivo.

Punset, que apareció como líder de Ciudadanos en la Comunidad Valenciana y acabó dando el salto al Parlamento Europeo, abandonó hace unos meses la ejecutiva nacional del partido por sus discrepancias y se distanció con la formación regional tras llamar "trozo de tela" a la senyera valenciana. De hecho, con su paso ha evidenciado que hay dos almas en Ciudadanos en Valencia: una totalmente opuesta a cualquier acercamiento a lo que entiende como nacionalismo (pactos con la actual Generalitat incluidos) y otra más posibilista, capaz de pactar a diestra y siniestra.

Su estrategia no pasa tanto por hacer sombra a Rivera, algo impensable a día de hoy, sino por abrir el debate sobre las bases ideológicas de Ciudadanos, un partido al que algunos critican por una supuesta falta de claridad en algunas áreas de su programa. La eventual oposición interna de Punset no es en sí misma un riesgo inmediato, pero sí la constatación de que ese amplio espectro ideológico entre el centro-derecha y el centro-izquierda es eso, muy amplio. Y ciertos debates internos mal resueltos ya han llevado a algún que otro partido pretendidamente transversal a la tumba. Las balsas de aceite permanecen quietas mientras los resultados son buenos...

El congreso del PP: la escenificación de la democracia

Mariano Rajoy presidiendo la Junta Directiva Nacional del PP. Imagen: Efe 

El PP sigue siendo un partido que funciona por designación. Nadie más que el líder elige al siguiente líder, y sólo el líder reparte ascensos o exilios. Mariano Rajoy ha demostrado ser un superviviente nato, no sólo a dos derrotas electorales frente a Zapatero, sino también a la gestión de la post-crisis, la corrupción, el surgimiento de nuevos actores políticos, a la presión interna... e incluso a sí mismo.

Entre el 10 y el 12 de febrero el PP escenificará un congreso político en el que, a diferencia de lo que sucedió en 2008, nadie le moverá la silla a Rajoy, y a diferencia de lo que sucedió en 2012, no habrá grandes debates políticos. Este congreso, salvando el eterno runrún de fondo de los Aznar, Aguirre, Mayor Oreja y compañía, será una escenificación democrática para mayor gloria del líder, que si bien no ha demostrado ser el más fuerte, sí ha acreditado ser el más resistente. Y no es poca cosa.

Hay, eso sí, un problema no menor que solventar: culminar la renovación interna y decantar las guerras socavadas. Hace unos años elevó a la segunda línea del partido a una nueva generación de políticos -Pablo Casado, Andrea Levy, Fernando Martínez Maíllo y Javier Maroto-, que han empezado a desligarse del pasado, hierático en lo comunicativo y renuente en la reacción ante la corrupción, no sin abrir heridas internas por el camino.

Esa renovación ha venido de la mano de una guerra interna entre la mano derecha política, María Dolores de Cospedal, y la mano derecha ejecutiva, Soraya Sáenz de Santamaría. La primera acaba de entrar en el Gobierno, en lo que se entiende como

una forma de premiar su titánico trabajo de resistencia y servicio al partido en estos años duros, y como paso previo a retirarle de su puesto orgánico. La vicepresidenta, por su parte, ve a su enemiga interna sentada a su mesa del Consejo de Ministros, pero también ha logrado ganar la guerra contra el llamado 'G8' de ministros -veteranos, cercanos a Rajoy y críticos con el poder que le había conferido a la nueva lideresa-.

Así pues, se espera un congreso plácido para Rajoy que debería, eso sí, mostrar las líneas futuras del partido: la elección entre Cospedal y Santamaría, la fuerza opositora del aznarismo latente y el poder real de esa nueva generación de dirigentes populares que pueden tener a su propia punta de lanza en la heterodoxa Cristina Cifuentes. Será el congreso en el que quizá se velen las armas para la guerra que puede avecinarse, el último tranquilo en mucho tiempo.

Vistalegre II: Podemos se lo juega a piedra, papel o tijera

Congreso Vistalegre I de Podemos. Imagen: Efe

Podemos se ha convertido en el partido que mejor juega con la escenografía para lanzar mensajes. Entre sus nada casuales guiños visuales, destacaba al principio una fotografía grupal de sus líderes con el brazo en alto y haciendo distintos gestos: Pablo Iglesias con el puño cerrado, Íñigo Errejón haciendo el signo de la victoria y Juan Carlos Monedero con la palma abierta. Los medios, tan dados a comprar esos simbolismos visuales, usaron la metáfora para dibujar tres bandos internos que al final no han sido tales.

En un primer momento se adivinaron dos facciones, los llamados 'troskos' y los llamados 'tuerkos'. Los primeros, la base de Izquierda Anticapitalista sobre la que creció Podemos: el partido, extraparlamentario pero con gran capilaridad estatal, aportó un canal de difusión a un mensaje poderoso, aportado por los segundos, esos ideólogos que salieron de la universidad y crecieron en los platós de La tuerka, ensayando un discurso televisivo imbatible que les sirvió como plataforma. Esas pugnas se dibujaron claramente en facciones como la andaluza, y en menor medida en la madrileña.

En un segundo momento la división se empezó a fraguar por las confluencias: lo que fue una brillante estrategia para aglutinar formaciones extraparlamentarias y regionales alrededor de Podemos y competir con solvencia en las elecciones municipales y autonómicas, acabó por poner en riesgo el futuro de la formación. Pequeñas rebeliones como la gallega, que acabó obligando a Podemos a plegarse a sus condiciones, o la catalana, que se ha acabado constituyendo como partido, dibujan la pauta de lo que podría acabar siendo Podemos: una gran federación de formaciones.

Pero el gran combate era el tercero, entre los ortodoxos y los posibilistas. A un lado los 'duros', más reticentes al acuerdo con el PSOE, que han mantenido un discurso firme para aglutinar a su alrededor a los anticapitalistas. A la cabeza Pablo Iglesias, y junto a él de forma más o menos evidente nombres como los de Carolina Bescansa, el citado Juan Carlos Monedero, Ramón Espinar o aliados más inesperados, como Teresa Rodríguez. Enfrente, la vía que se inclina por un acuerdo más amplio y un mensaje más integrador, encabezado por Íñigo Errejón y Rita

Maestre, y con una mayor cercanía a aliados clave como puede ser Mónica Oltra de Compromís.

Ambas cabezas visibles se esfuerzan en mostrar normalidad y asegurar que no hay lucha alguna, sino choque de visiones y debate abierto. Sea como sea, y dejando los adjetivos al margen, parece poco probable que haya otro líder que no sea Iglesias, al menos hoy por hoy. Está por ver su capacidad de integración... o el riesgo de escisión. De lo primero un buen ejemplo sería Pablo Echenique, elevado orgánicamente en un momento de división interna y percibido por muchos como un árbitro entre ambas fuerzas.

A todo esto, la asamblea ciudadana de Podemos se disputa con un rival externo de fondo, que no es otro que el PSOE. Ya fue simbólico en su día que la formación morada eligiera Vistalegre, feudo socialista de toda la vida, para su congreso fundacional. Y tampoco es casual que repita y que elija para su celebración las mismas fechas que el PP para su congreso: quieren, dicen, contraponerse a ellos. Dicho de otro modo: reclamar para sí la posición de líderes de la oposición que no lograron remachar en las urnas, pero a la que aspiran.

El congreso del PSOE: el último paso antes del abismo

Susana Díaz y Pedro Sánchez. Imagen: Efe

El único partido que a día de hoy no ha concretado la fecha de su congreso interno es el PSOE. De hecho, parte de su profundísima crisis se debe a que ni siquiera se ponían de acuerdo en el orden de los factores: si primero decidir el líder o las ideas. Y ahora, en una última batalla interna, el debate es si la gestora que dirige el partido desde el golpe interno que desalojó a Pedro Sánchez de la secretaría general hace bien o mal en atemperar los plazos, o si por el contrario debería darse prisa.

Así las cosas, y a la espera de fecha y términos, el PSOE se enfrenta a un trago bien amargo ante el que arrecian las profecías apocalípticas: que si saldrá una élite del partido desconectada de unas bases que apoyarían un eventual regreso de Pedro Sánchez, que si hay riesgo de escisión con el PSC, que si el sorpasso es sólo cuestión de tiempo, que si el haber posibilitado al PP gobernar será una nueva piedra sobre su tumba, que si lo que pasó con el PASOK griego es el inevitable espejo en el que mirarse...

Pero la realidad, a expensas de ese futuro incierto, es la que es: el PSOE ha posibilitado que gobierne a un partido con cargos por corrupción para evitar unas nuevas elecciones en las que previsiblemente (una vez más) habría sido desplazado incluso de la jefatura de la oposición. Así las cosas, una vez hecho el sacrificio corso de la abstención, está por ver si es capaz de remendar las heridas internas y conducir la nave hasta nuevo puerto.

En ese ingrato papel de barquera, la gestora exprime plazos para retomar contactos, controlar daños y sondear nombres. Sea quien sea el elegido (o la elegida) para liderar el partido, debe ser alguien que permita que el partido no se desangre en unas primarias a cuchillo que a buen seguro no resistiría. Si consiguen 'atar' ese proceso para controlar riesgos y logran encontrar un liderazgo renovado, sin mancha por el pasado, el PSOE podrá burlar las profecías. Si no, la gestora acabará siendo, inevitablemente, la barquera de Caronte

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Comentarios 2

#1
15-12-2016 / 09:30
ARISTOLECHES
Puntuación 1

Pues yo el único que veo que se renueva es el PSOE.

Algún cambio de caras en PP y C,s.

Apoltronamiento castoso en Podemos.

#2
15-12-2016 / 12:50
Salamanca
Puntuación -3

Pues si se ve apoltronamiento casposo en Podemos y no en Ciudadanos... Algo falla.