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PP y Podemos: todo sigue igual, pero nada sigue igual

13/02/2017 - 12:41 | 17:18 - 13/02/17
  • Tras los congresos de los partidos celebrados este fin de semana
  • Hay dos 'Españas' bien distintas reflejadas en el PP y en Podemos
Mariano Rajoy y Pablo Iglesias, victoriosos en sus congresos. Imagen: EFE

Terminó el fin de semana de congresos políticos, y los dos partidos cumplieron sus objetivos primarios. El PP pretendía navegar el trámite sin sobresaltos, mientras que Podemos quiso, al contraprogramar a los 'populares', oponer su realidad a la de ellos. Porque esa era la idea: hay dos 'Españas' bien distintas: una es sistémica, tranquila, conservadora, disciplinada y predecible; la otra es antisistema, agitada, radical, convulsa y cambiante. Cirujano por aclamación: Iglesias y la amputación indolora.

Hasta ahí la lista de logros, que es mucho más corta que la de las cosas que han quedado pendientes, al menos en apariencia.

Porque a grandes rasgos podría decirse que en ambas formaciones la cosa sigue más o menos igual. Rajoy sigue liderando el partido, y lo hace rodeado de la misma gente. Ni siquiera María Dolores de Cospedal o Javier Arenas, los dos nombres que estaban en el disparadero, han variado su posición. En Podemos sucede lo mismo: Pablo Iglesias seguirá siendo el líder sin discusión, porque en realidad nunca hubo discusión alguna. Si variará o no la gente a su alrededor es algo que se verá en breve: cabe pensar que sí, pero quién sabe si no.

Entonces todo como estaba, ¿no? No tan deprisa.

La España del PP: tormenta en la superficie

La primera de las dos Españas eligió para su Congreso la Caja Mágica de Madrid, una de tantas obras faraónicas de anteriores equipos municipales, ubicada en un barrio desfavorecido como forma de contraste social: al lujo del mundo que rodea el tenis, que es para lo que sirve el recinto, a las calles maltrechas de la periferia obrera. Como cuando llevaron Asuntos Sociales al barrio más rico de la ciudad y los más necesitados se paseaban por las calles de la milla de oro para pedir asistencia oficial. Nada de eso en realidad importa a la mayoría de sus votantes, según dicen las cifras.

Cuánto costó el evento es un misterio. Se sabe lo que costaron los congresos de Ciudadanos y de Podemos, pero no el del PP. Tampoco se suelen conocer sus gastos en campañas, ni el número de afiliados al partido o cuánto pagan de cuota. El votante de esa España no necesita esos ejercicios de transparencia, porque se centran en cosas más importantes para España, según suelen decir sus portavoces. El resultado y la gestión, según su punto de vista.

Allí estaba el líder, que no tuvo candidato opositor, aclamado por un 95,65% del partido, refiriéndose al legado de su mentor, que ha acabado por ser su único crítico interno. Lo hacía sobre un fondo marino, azul siempre, y votando a mano alzada y con cartulinas. Sobre la superficie hay tormenta -la ruptura con FAES, los incesantes casos de corrupción- pero bajo el agua reina la calma. Allá arriba habrá oleaje, pero ahí abajo nada se mueve: gobierno en el bolsillo, oposición aniquilada, aliados que fagocitar y blindaje institucional. Mar en calma.

Los únicos misterios por solventar eran si seguirían María Dolores de Cospedal y Javier Arenas. Ambos siguen. La primera ha sido, además, compensada con un ministerio de más relumbrón que peso, por su impagable trabajo haciendo de rompeolas del 'caso Bárcenas', al tiempo que conserva su posición orgánica. El segundo prestó su último servicio al partido cuando casi logró la Junta de Andalucía hace más de una legislatura, pero sigue en nómina de la dirección como uno de los últimos pesos pesados del antiguo régimen que no se han pasado todavía al bando de Aznar.

Rajoy decide no hacer cambios. Y eso tampoco es una sorpresa.

Pero sí ha habido cambios debajo de la superficie. Se abucheó la decisión de no celebrar primarias. Se ha criticado en público la forma en que se ha salvado a Cospedal. Se ha aupado a gente que ha criticado la indolencia frente a la corrupción. Y, por último, se ha dado la llave del partido a Fernando Martínez Maíllo.

¿Y quién es él para merecer tanto? Alcalde de Casaseca de las Chanas, un pequeño pueblo de apenas 400 habitantes, presidente de la diputación de la provincia menos habitada de España, un tipo discreto, disciplinado y trabajador. En resumen, todo lo que a Rajoy le gusta: alguien apegado al terruño, defensor del modelo de diputaciones, leal y poco dado a los aspavientos. Si por algo se ganó Cospedal su confianza en su día fue por la forma en que conquistó Castilla-La Mancha para los suyos, recorriendo palmo a palmo, pueblo a pueblo, toda la región. Luego ya vendrían los papelones con Bárcenas, que seguramente han hecho que el partido le deba seguir donde está.

Rajoy, ya se sabe, es mucho más de las cosas tranquilas, que no hacen ruido, que sirven para mantenerse, que de estridencias mediáticas o cambios radicales. Y el PP que le sobrevivirá será el que Maíllo conforme: un perfil funcionarial y tranquilo con algunas nuevas voces que puedan introducir nuevos debates (primarias, limitación de cargos, ruptura con el pasado) una vez él se haya ido. Este es el PP que verá el final político de Rajoy, llegue cuando llegue. Y eso ya es un gran cambio.

La España de Podemos: el tsunami de efectos impredecibles

Un poco más al sur hubo otro mar muy distinto, mucho más agitado. Podemos quiso hacer coincidir su congreso con el del PP para contraponer modelos y para hacer ver que ellos son la oposición real. La elección del lugar, que no era casual, abundaba en la idea: Vistalegre, la plaza en la que el PSOE se bañaba en multitudes cuando tenía multitudes tras de sí, es ahora 'propiedad' de Podemos. La ambiciosa afrenta resultó en la primera convocatoria, así que la quisieron mantener para este segundo cónclave.

Enfrente de ese partido serio, previsible y funcionarial que es el PP, se alzó una formación joven, inexperta y que actúa a golpe de instinto. La misma fórmula que les hizo crecer de golpe amenaza ahora con romperles por dentro. Nacieron de golpe, con la resaca del 15M, crecieron a toda velocidad y, al romper la ola, amenazan con derrumbarse sobre la superficie de una forma tan explosiva como fue su origen.

El problema es que antes de ser la oposición real tenían antes que solventar su oposición interna. El resultado final de la contienda invita a apaciguar las aguas -el líder seguirá siendo líder y con una victoria aplastante del 89%-, pero la marea lleva resaca: queda por ver si habrá purga o integración con los derrotados.

En Podemos, como en el PP, nada ha cambiado en lo aparente, pero sí en el fondo. Aunque no hubiera purga sí hay vencidos. Iglesias ya no tiene oposición interna, una vez integrado Echenique y laminado Errejón. El máximo órgano de dirección del partido volverá a ser aplastantemente favorable al líder y sus postulados: si había una vía de pacto con el PSOE, se ha diluido. Si había dudas respecto a la integración con IU, se acabaron.

Ahora la formación morada tomará un rumbo mucho más claro de lo que ha seguido en los últimos meses. Falta por ver la forma en que afectan a su electorado las cicatrices de la contienda y ese rumbo que se aventura.

Este Podemos es diferente al que salió del primer Vistalegre. Los anticapitalistas ahora son aliados del líder, y no meros versos sueltos. Las confluencias caminan hacia vías más autónomas enfrente de un liderazgo confirmado. El discurso más intelectual y moderado ha caído. ¿Izquierda Unida ha vuelto?

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