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¿Hablamos de eutanasia o hacemos un batiburrillo?

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Foto: Dreamstime

Con referencia al artículo Diez mitos sobre la eutanasia, firmado por el José R. Zárate, publicado en Diario Médico el 4 de agosto, quisiera hacer algunas matizaciones.

Para empezar, el subtítulo ya enuncia dos falacias respecto a la eutanasia que adelantan cuál es la posición personal del autor. Una, que la eutanasia es una demanda social inexistente. Frente a los deseos del autor, la realidad es que existe un movimiento ciudadano liderado por la Asociación Derecho a Morir Dignamente, fundada en 1984, cuya reivindicación es el reconocimiento legal del derecho la disponibilidad de la propia vida. Un movimiento con un apoyo social absolutamente mayoritario, tal y como muestran todas las encuestas realizadas.

La segunda falacia es que "la ley de paliativos es más urgente y menos dolorosa". Recurrir a los paliativos para oponerse a la eutanasia es un subterfugio que esconde la creencia personal –absolutamente legítima- de que tomar la decisión de morir está mal. Desde hace más de diez años, la asistencia paliativa forma parte de la cartera de servicios del sistema nacional de salud, que las comunidades autónomas tienen la obligación de garantizar. Diez comunidades han legislado los paliativos y próximamente se aprobará una ley estatal. Recientemente una consejera de sanidad me comentaba que no puede dotarse de más unidades paliativos porque no tiene médicos, un problema que no se soluciona con ninguna ley. La universalización de la asistencia paliativa es necesaria, pero para eso no hacen falta leyes, sino voluntad política, un plan coherente basado en la atención primaria, un asunto que tiene poco que ver y que, como está totalmente demostrado, no compite con la eutanasia.

La eutanasia es por definición una muerte rápida e indolora. No hay engaño. Por eso, las sociedades civilizadas -en lugar de decirles a sus ciudadanos que se corten las venas o se ahorquen- permite a los profesionales que el estado faculta para la asistencia médica dar la muerte con todas las garantías de calidad. Culpabilizar es un concepto religioso extraño en el ejercicio de un derecho del que el único responsable es su titular. Los profesionales sanitarios son los más competentes para valorar el deterioro de la calidad de vida, si una petición es lúcida o no lo es, para transmitir la información necesaria sobre las alternativas de tratamiento que puedan aliviar el sufrimiento y para deliberar sobre las decisiones a tomar, entre ellas adelantar la propia muerte. Como dice el autor, excepto en la muerte súbita, no se puede morir sin sufrir, no se trata de eso, sino de decidir libremente hasta cuándo se desea aguantar ese sufrimiento y morir plácidamente. ¡Claro que podemos angustiarnos ante la muerte, o ante una intervención quirúrgica! Pero también sabemos que, una vez tomada la decisión, nos dormiremos y dejaremos de sentir la vida. ¡Qué liberación!

En un país donde seis estados tienen una ley de suicidio asistido (Oregón, desde 1994), muchas instituciones profesionales se opongan a la eutanasia, pone encima de la mesa una pregunta importante: ¿A quién representan? La respuesta se la dejo al lector.

Trasladando el debate a nuestro país, ¿Con qué legitimidad se opone la Organización Médica Colegial a la eutanasia? Recientemente, la sociedad española de medicina familiar SEMFYC ha declarado que "se separa de la negativa, por principios, de la OMC a una posible regulación con el argumento de que "no es un acto médico": no parece recomendable que las instancias profesionales radicalicen, con un posicionamiento tan claro, el discurso social. Este posicionamiento colegial impide, de partida, la participación constructiva de los profesionales en un debate que es reclamado por la sociedad". "La SEMFYC debería, por tanto, adoptar una doble posición: por un lado de "neutralidad de inicio" (como se pedía a las asociaciones profesionales recientemente desde el British Medical Journal) y, por el otro, de "exigencia de garantías": que el debate se realice tras un análisis profundo de la situación actual (Libro Blanco del Final de la vida en España)".

El Colegio de Médicos de Barcelona va por la misma senda de neutralidad: "Indiscutiblemente, los cuidados paliativos pueden rescatar a muchos enfermos incurables de la desesperación y de las ganas de morir. Eso no quita, sin embargo, que una persona, en función de su grave situación clínica, de sus creencias, de la su escala de valores y, posiblemente, de otras variables, en plena competencia y en uso de su autonomía, desee disponer de su propia vida y pida ayuda médica para hacerlo. Cuidados paliativos y petición de eutanasia o asistencia al suicidio, por tanto, no se excluyen. Aun así, nadie debería desear morir por falta de acceso a los cuidados paliativos". "El debate sobre la eventual regulación y despenalización de la eutanasia no es un debate médico, o únicamente médico, sino social, ético y político. Por tanto, su concreción corresponde a la sociedad, a través de sus representantes democráticos".

Esperemos que otros Colegios de Médicos, como el de Madrid, se sumen al debate respetando la pluralidad de la profesión.

La experiencia norteamericana de la muerte asistida no es el modelo de referencia para la regulación de la eutanasia, que sigue prohibida en todos los EEUU. En Europa, el profesional no se limita a prescribir una medicación, sino que asiste a su paciente hasta que acontece la buena muerte. En EEUU existe todo un debate sobre el uso de las palabras, prefieren hablar de muerte asistida, pero en España no estamos ahí y la palabra suicidio asistido está en la ley. Algún día habrá que abordar el mantra de que el 90% de los suicidas padecen un trastorno mental, pero no ahora.

No obstante, la experiencia americana aporta datos interesantes, como las razones por las que las personas solicitan el suicidio asistido, semejantes a las europeas: pérdida de autonomía, incapacidad de participar en actividades agradables y pérdida de la dignidad, que -según el autor- "nadie sabe muy bien en qué consiste". Eso no es cierto, la dignidad es un valor que cada persona concreta a nivel individual, haciendo un balance de su vida, descubriendo ella misma lo que está dispuesta a soportar. La dependencia, la incapacidad para una vida satisfactoria y la falta de dignidad tienen un impacto en la vida de la persona que llamamos sufrimiento y que en poco a nada se puede aliviar con paliativos. ¡Pero ojo! Las leyes de eutanasia en ningún caso suponen un juicio de valor sobre la calidad de vida de los ciudadanos. Es esa experiencia personal de sufrimiento, es su biografía, sus valores, su libertad, no su situación de enfermedad, la que determina su voluntad de morir.

Tras la oposición a la eutanasia existe una idea sorprendente y hasta estrafalaria, que consiste en poner bajo sospecha la relación médico paciente. ¿De qué forma una ley de eutanasia convierte al médico en un psicópata o un asesino en serie? ¿Por qué nuestra médica de cabecera va a adelantar nuestra muerte sin nuestro consentimiento? La sospecha, el temor a los abusos, es otra falacia más.

Asociar la pendiente resbaladiza con la eutanasia por sufrimiento de origen psicológico es tergiversar este argumento, sugerente, pero falso. Una cosa es que algunos casos de personas con un trastorno mental grave, especialmente jóvenes, provoquen controversia social, sobre todo fuera de Benelux, y otra muy distinta es que la ley favorezca el homicidio de personas a las que se adelanta su muerte contra su voluntad (slippery slope). Desde 2002, más de 50 mil personas han muerto voluntariamente en Benelux, sin que haya habido ni un solo caso de homicidio. Estos son los hechos.

Por último, es una incongruencia hablar de respeto y dudar de la responsabilidad de las personas no incapacitadas judicialmente para tomar sus decisiones, cuando éstas plantean su muerte voluntaria. La autoliberación no es más digna que la muerte natural, ni menos. Es una opción, que cada persona contempla, según sus valores y también sus posibilidades. Cualquiera puede ir a una ferretería a comprar una soga, pero no todo el mundo conoce a un médico dispuesto a ayudarle a morir y sólo unos pocos pueden viajar a Suiza para morir cuando ellos decidan.

Como decía Laín Entralgo "a veces el médico añora en secreto aquellos viejos tiempos en que al enfermo se le podía guiar como a un niño. Las cosas eran entonces ciertamente más sencillas. Pero la infancia del enfermo ha concluido, tras haberse prologado durante muchos siglos. Acabó de forma brusca hace tan sólo unas décadas. Y a veces no es fácil para el enfermo asumir su nuevo poder. Y a veces no es fácil para el médico asumir su reciente pérdida de poder. A veces no es fácil, ni es cómodo, ser adulto".


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