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La 'vía Nanclares', el puente que unos y otros lograron derribar

7:09 - 2/03/2015
  • El proceso está paralizado por Interior
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El histórico ex jefe de ETA, José Luis Urrusolo Sistiaga, en la Audiencia Nacional durante el juicio en 2010.

En el panorama político vasco es difícil encontrar dos puntos más alejados entre sí que el PP y la izquierda abertzale. Sin embargo, hay asuntos en los que coinciden, aunque sea bajo motivaciones ideológicas bien distintas: una es la política de confluencia de fuerzas, y otra su postura sobre lo que se dio en llamar 'la Vía Nanclares'.

El Gobierno de Mariano Rajoy silenció primero e interrumpió después lo que estaba comenzando a suceder entre las paredes del centro penitenciario de Álava: encuentros privados entre presos arrepentidos de ETA y víctimas, algunas genéricas y otras, directamente, de las que ellos eran responsables.

Tras tres años de reuniones Interior paralizó aquello. La decisión pilló en medio de algunos encuentros en marcha, como el de un preso con dos viudas, a quienes primero se dijo que el encuentro estaba en marcha y que, tras dilatarlo en el tiempo, que el encuentro no se celebraría. Ambas partes habían aceptado, pero el Gobierno no.

Años después de ponerse en marcha, ni se celebran más encuentros ni se habla de 'la Vía Nanclares'.

De hecho, la prisión, cuyo nombre oficial es 'Centro Penitenciario de Álava', tuvo hasta su propio proceso de cambio de nombre: en marzo de 2011, aún con el PSOE en el poder, se edificó un renovado y ampliado centro penal que pasó a llamarse 'Centro Penitenciario Norte I de Zaballa'. La vinculación al nombre de 'Nanclares' existiría ya sólo por el nombre de la localidad que la acoge.

Con la interrupción de los encuentros y el cambio de nombre vino el silencio. La 'vía Nanclares' había dejado de existir.

Esos encuentros, llamados "restaurativos" desde las organizaciones que los han auspiciado junto al Gobierno vasco, eran incómodos para el entonces nuevo Ejecutivo. Parte de su estrategia durante las legislaturas anteriores había sido atacar a los socialistas en materia antiterrorista, y colectivos de víctimas con los que su relación había empeorado no se mostraban favorables a lo que se hacía por conciliar.

Pero, ¿qué se hacía?

Todo empezó de forma casi clandestina, varias legislaturas atrás, cuando Instituciones Penitenciarias comprobó que entre los reclusos de ETA había varias decenas que habían "empezado una reflexión sobre la estrategia armada y su conveniencia", en palabras de una de las personas que trabajó en ello desde sus inicios. Desde el departamento perteneciente a Interior, dirigido entonces por Mercedes Gallizo, se pensó que quizá reunirlos a todos en dos cárceles cerca de Euskadi "podía ayudar a acompañarles en esa reflexión y podía dar sus frutos".

Así fue. No todos lo hicieron, pero los que sí dieron el paso de declarar que la violencia de ETA había sido un error y que era conveniente apostar únicamente por la vía política fueron definitivamente acercados al penal alavés. Y allí tuvo lugar el resto.

Fruto de ese trabajo, y por iniciativa de algunos reclusos, se pusieron en marcha tomas de contacto con algunas víctimas. "Algunos presos sentían la necesidad de dar un paso más", cuentan las citadas fuentes. El proceso entró en funcionamiento con un grupo de mediadores profesionales, algunos psicólogos y otros especialistas legales, que en todos los casos menos en uno estaban presentes en las citas entre víctimas y exetarras. Tanto el preso como la víctima debían prepararse para una situación a la que acudían voluntariamente, pero que podía tener efectos catastróficos si no se delimitaba correctamente.

Así, hubo reuniones como las de Maixabel Lasa y Luis María Carrasco, viuda y asesino de Juan María Jáuregui en julio de 2000, o el del periodista Gorka Landaburu con hasta siete reclusos de Nanclares en 2012, once años después de que le volaran la mano con un paquete bomba

En total hubo unos quince encuentros, distribuidos en tres años diferentes. Salvo en alguna ocasión puntual, todos tuvieron efectos muy positivos para ambas partes, "y en ningún caso el recluso recibía compensación alguna por ello", asegura la citada fuente.

Lo que ha ocurrido en Nanclares, ahora Zaballa, fue fruto de años de tomas de contacto con las víctimas, de trabajo con los presos y de mediación profesional. Incluso cuando el Gobierno bloqueó los encuentros se llevaron a cabo tres más, pero fuera de la cárcel, aprovechando permisos de internos y sin cobertura institucional alguna, sino en el ámbito privado.

El actual Gobierno ha interrumpido el proceso, pero no ha sido el único que no se ha mostrado favorable a lo que se estaba haciendo. El llamado colectivo de presos políticos (EPPK, por sus siglas en euskera), de izquierda abertzale, siempre ha buscado una solución conjunta para los presos.

Lo hace desde quienes reclaman la el fin de la dispersión, desde una visión más posibilista, a quienes hablan de amnistía. En ambos casos, el primer paso por acercar a los presos a la prisión alavesa, en lo que algunos bautizan como la 'vía Zaballa', muy distinta a la 'vía Nanclares'.

Para destacadas voces de la izquierda abertzale la 'vía Nanclares' es rechazable porque incluye una condena manifiesta a lo hecho, al uso de la violencia, y, además, algo que se considera que se ciñe exclusivamente al ámbito personal de cada cual, como es la petición de perdón. Y eso sin entrar al "uso propagandístico" que se ha dado de esos encuentros.

Siendo los presos el eslabón más sensible de todo ese ámbito, no comparten que un grupo haya optado por actuar al margen del resto.

El que fuera ministro del Interior del anterior Ejecutivo, Alfredo Pérez Rubalcaba, llegó a decir que en el penal alavés no había presos de ETA y Etxerat, el colectivo de familiares de la izquierda abertzale, lleva tiempo dándole la razón: en sus censos de "presos políticos" no aparecen más que dos presos en el penal de Zaballa en su última actualización, de finales de enero.

El Ejecutivo interrumpió el proceso y silenció su legado, y la izquierda abertzale no respaldó lo conseguido. Los encuentros, concebidos como puente entre víctimas y exterroristas, se acabaron. Adversarios a ambos lados acabaron por derribar el puente por el que varias decenas de personas habían conseguido encontrar la reconciliación.


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