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Su guerra, nuestros muertos, el silencio

En una época en la que el mundo occidental ve con asombro y tranquilidad como se suceden las guerras en distintos países, el pueblo mexicano muestra de manera cada vez más enérgica su indignación frente al terror que se vive en sus calles. Descabezados, fosas comunes, tiroteos o asesinatos abren cada día los periódicos del país desde la llegada a la presidencia de Felipe Calderón. Cabe preguntarse como es posible que siendo aún candidato a este cargo, la lucha contra el narcotráfico apenas supusiera interés en su campaña y sus propuestas pero el día a día de su mandato se desgasta al ver como crece el número de muertos sigue aumentando,  pronto serán treinta y cinco mil, un número muy superior a lo que se registra en Irak, Afganistán, Libia o Costa de Marfil.

En las pocas entrevistas que concede Calderón se justifica diciendo que no pudo darse cuenta de lo introducido que estaba el crimen organizado en los organismos gubernamentales hasta que llegó a la presindencia, pero cada vez un mayor número de analistas entiende esta lucha como una forma de legitimar a Calderón en el poder, después de unas elecciones donde todos los partidos de la oposición han reconocido que existieron graves fraudes. Pero de momento ni las críticas de su país vecino en la forma de llevar a cabo esta guerra que se desprenden de múltiples cables de wikileaks, ni las informaciones acerca del aumento de policías y militares coludidos por el narcotráfico ni las voces en todo el mundo (incluídos muchos capos de estos grupos de delincuencia organizada) que explican la imposibilidad de acabar con la generación y transporte de una droga sin limitar su consumo y compra en distintos países, parecen hacer cambiar de opinión a un presidente que parece más preocupado en acabar con las opiniones acerca de su supuesto alcoholismo que de reducir las muertes de inocentes.

La última gran muestra de rechazo recibida por Calderón se ha producido en las manifestaciones repetidas por todo el país tras el asesinato de uno de los hijos de Javier Sicilia, un reconocido poeta y periodista radicado en la ciudad de Cuernavaca. Ésta, que hasta hace poco era considerada como una de las urbes más tranquilas y con mejor situación económica del país, ha visto como sus calles se llenaban de sangre en los últimos años. Por eso, una de las marchas más grandes recordadas en la historia de la ciudad provocó que ciudadanos de todas las clases sociales en este país salieran a protestar en contra de la violencia que la guerra contra el narcotráfico ha generado.

El mundo ya no es mundo de la palabra
Nos la ahogaron adentro
Como te asfixiaron, como te desgarraron a ti los pulmones
Y el dolor no se me aparta, sólo tengo al mundo
Por el silencio de los justos
Sólo por tu silencio y por silencio.

Son los versos del que según Sicilia, será su último poema. Aunque muchos gritos se escuchaban estos días pidiéndole que el miedo y la rabia no silenciasen su voz, lo cierto es que México parece condenado al silencio o al grito que ya nadie escucha. Con un gobierno que intenta pactar con los medios de comunicación el tipo de información que deben transmitir acerca de su guerra, con un presidente que se aferra a ser recordado por las muertes que ha dejado SU lucha y con una comunidad internacional que se estremece al intuir lo que pasa sin quererse ver como un partícipe principal en toda esta pesadilla.

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