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Locos cacharros

El otro día compartía mis experiencias, ciertamente algo noveladas, a bordo del nuevo Alfa Romeo 8C Spyder en el transcurso de unas pruebas en el circuito privado de Balocco, un trazado con múltiples variantes y en cuyos viejos talleres, que aún se conservan, nacieron los míticos Alfa 8C que allá por los años 30 ganaron (3 años consecutivos, además) las durísimas 24 horas de Le Mans, con pilotos de la talla de Tazio.Nuvolari, o Louis Chiron.

Estos coches, hoy en día nos sirven de admiración y ejemplo de lo que fueron los duros comienzos del automóvil. Y no debemos olvidar que tampoco las carreteras eran como hoy en día las conocemos.

Y una de estas maravillas apareció como por arte de magia en los “boxes” del circuito. En concreto, el 8C que pudimos admirar era de 1932, un automóvil que en los últimos años ha venido tomando parte en las Mille Miglia de clásicos y durante los dos últimos años únicamente sale de sus talleres para pasearse en el Festival de Goodwood. Hasta allí lo había llevado Daniel, el hombre que se encarga de mantenerlo a punto y cual no fue nuestra sorpresa cuando nos animó a que diéramos una vuelta al circuito. Con él a los mandos, naturalmente. Así y todo, la experiencia merecía la pena.

El piloto a la derecha y el acompañante a la izquierda. Sin cinturones de seguridad y en una banqueta corrida, con una pequeña puerta que es la debe sujetarnos en las curvas a derecha. Con banqueta corrida, ¿cómo lo harían los pilotos de entonces para no ir de un lado al otro?

Nada más arrancar ya se nota la potencia de su motor, con todos sus ocho cilindros en línea bramando de forma espectacular (al menos, para la época…y es que acabábamos de bajarnos del 8C del 2009). El coche y mucho. Es algo que te preguntan muchas veces y es que los coches de carreras de entonces ya eran capaces de superar los 200 km/h. El problema era meterlos en las curvas e incluso pararlos previamente.

Los tambores de freno que lleva el 8C prácticamente ocupan lo mismo que las llantas; así y todo, Daniel nos explicaba que, en realidad, más que freno deberíamos denominarlo “regulador de la velocidad”. Dimos la vuelta a buen ritmo, siempre por lo gris y sin que el coche hiciera en ningún momento nada extraño. Únicamente hay que adelantar todos los actos, tanto al frenar como al cambiar de marchas o al girar. Para cambiar de marchas, Daniel debía hacer siempre doble embrague y pese a ello no había vez que no le rascaran cualquiera de sus cuatro velocidades.

Hay que reconocerlo, fue una experiencia inolvidable.

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