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Las benditas ‘malas pulgas’ de Steve Jobs

(En este texto incorporo extractos de algunos de los episodios publicados en www.elEconomista.es el 25 de octubre con material extraído del libro “Steve Jobs”).

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Apple tiene motivos para bendecir el carácter temperamental de su fundador. Según se desprende en el libro “Steve Jobs”, que el viernes se pone a la venta en España, los cambios de humor del genio de Cupertino solían resultar provechosos para la compañía de la manzana. A modo de ejemplo, como fruto de uno de sus habituales arrebatos de cólera, Steve Jobs marcó las pautas que debía respetar la tableta electrónica multitáctil que luego se convirtió en el iPad. Lo hizo tras emprender contra algunos de los procedimientos de los que presumía Microsoft. Fue en una cena de celebración de cumpleaños de Bill Gates, a la que asistió Steve Jobs de muy mala gana en la residencia del magnate y en la que “no estuvo especialmente amistoso”, el gurú se quejó de un empleado de firma de Windows, amigo de la familia Gates, “que no hacía más que darle la lata con que Microsoft iba a cambiar completamente el mundo con su software para tabletas electrónicas, que iba a eliminar todos los ordenadores portátiles y que Apple debía hacerse con licencias de uso de su software de Microsoft”.

“A la mierda Microsoft”

Según Jobs, “todo el diseño de aquel dispositivo estaba mal. Tenía un puntero. En cuanto tienes un puntero, estás muerto. Aquella cena era como la décima vez que me hablaba de ello, y yo estaba tan harto que llegué a casa y me dije: “A la mierda, vamos a enseñarle lo que puede hacer de verdad una tableta”. El caso es que, al día siguiente, Jobs reunió a su equipo y les conminó a fabricar una tableta que “no puede tener puntero ni teclado”. Los usuarios debían ser capaces de teclear tocando la pantalla con los dedos”. ¿Seréis capaces de fabricarme una pantalla así?, preguntó Jobs a los suyos. Seis meses después ya tenía en sus manos “un primer prototipo, rudimentario, aunque viable”. “Me quedé alucinado”, recordaba Jobs. Todo eso sucedió en 2005. Es decir, “la idea que dio origen al iPad se plasmó antes en el iPhone, contribuyó a su nacimiento y ayudó a darle forma”.

“Motorola, empresa estúpida”.

Un arrebato similar provocó al alumbramiento del iPhone, en este caso contra Motorola. Según desvela la biografía escrita por Walter Isaacson, en un encuentro entre Jobs y Ed Zander, consejero delegado de Motorola, este último le adelantó su intención de integrar en el teléfono móvil una cámara digital y un iPod, lo que luego tomó cuerpo en el Rokr, el presunto teléfono del futuro. Según desvela la biografía, Jobs se subía poco menos que por las paredes. “Estoy harto de tratar con empresas estúpidas como Motorola –dijo en una reunión de revisión del iPod-. Hagámoslo nosotros mismos”. Jobs solía ilustrar a sus allegados con los motivos por los que los móviles eran una basura. De esa forma, indica el libro, “Jobs y su equipo comenzaron a entusiasmarse ante la posibilidad de fabricar el teléfono que ellos mismo querrían utilizar. Esa es la mejor motivación de todas”, afirmó Jobs.

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La cara romántica del genio

Pero no toda la imagen que se proyecta en la biografía de Jobs corresponde a un hombre malhumorado y crispado. Todo lo contrario, como se refleja en el capítulo en el que se desvela cómo conoció el genio de Cupertino a la compañera le que acompañó los 20 últimos años de su vida.

El episodio forma parte de las centenares de confidencias que el fundador de Apple desveló a Isaacson y que este manejó con datos del historial amoroso del alma máter de la empresa más valiosa del mundo, el biógrafo realizó un retrato robot de la mujer adecuada para Jobs: “Inteligente pero sencilla. Suficientemente dura como para hacerle frente, pero suficientemente zen como para elevarse por encima de la agitación de su vida. Con buena formación e independiente, pero dispuesta a adaptarse a él y a la creación de una familia. Sensata, pero con un toque etéreo. Con sentido común suficiente como para saber controlarlo, pero lo suficientemente segura de sí misma como para no necesitar hacerlo constantemente. Ya tampoco le vendría mal ser una rubia guapa y esbelta con sentido del humor al que le gustara la comida vegetariana orgánica”.

La descripción corresponde a Laurene Powell (Nueva Jersey, 1963), una estudiante que un jueves por tarde entró tarde en el aula de la Universidad de Stanford donde Jobs iba a impartir una charla.

Según relata la biografía, Powell llegó a la conferencia acompañada de un amigo y, al ver que todos los asientos estaban ocupados, decidieron acomodarse en el pasillo hasta que un bedel les conminó a moverse. Curiosamente, había varias sillas vacías en primera fila que rápidamente hicieron suyas. Casualmente, Jobs tenía asignado el asiento contiguo al de aquella joven. “Miré a mi derecha y me encontré con una chica muy guapa, así que empezamos a hablar”, recordaba Jobs. Charlaron un rato y Lauren bromeó asegurando que estaba allí sentada porque había ganado un sorteo. “Dijo que el premio era que él debía llevarla a cenar”.

Al terminar el discurso, Jobs se entretuvo charlando con algunos alumnos y observó de reojo como Powell se marchaba. Salió corriendo tras ella, chocándose con el decano, que trataba de llamar su atención para hablar con él. Tras alcanzarla en el aparcamiento, le dijo: “Perdona, no habías dicho algo sobre una rifa que habías ganado en la que se supone que debo llevarte a cenar?”. Ella se rió.”¿Qué tal el sábado?”, preguntó él. Ella accedió. Poco después, Jobs cambió de opinión y le preguntó si le apetecía cenar esa misma noche. Ella aceptó.

El primer día de 1990, aquella hija de un marine estadounidense y empleada de Goldman Sachs aceptó la propuesta de matrimonio, formulada al parecer con gran teatralidad. La boda se celebró en marzo de 1991, Jobs tenía 36 años y Powell, 27 años.

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