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¿Cuándo llamaste por última vez desde una cabina?

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¿A que pagaste en pesetas la última vez que llamaste desde una cabina? La pregunta animó a la redacción de la revista de Tecnología de elEconomista a trabajar sobre el asunto y a reflexionar sobre el triste destino de los teléfonos públicos.

Si te apetece recibir en tu correo electrónico la versión en PDF o en Visor de tan nostálgico número puedes suscribir desde este enlace para acceder a la revista mañana la noche del martes 18 de febrero. Desde el mismo sitio puedes decargarte la publicación así como números atrasados (e intemporales).

Las cabinas son una especie en extinción por culpa del teléfono móvil. En los últimos años, los celulares han dejado obsoletos productos tan castizos como las cámaras fotográficas compactas, los GPS, las calculadoras, las libretas de contactos, las agendas electrónicas, los reproductores de música digital, las máquinas grabadoras, las linternas, las brújulas, las estaciones meteorológicas, las consolas y los cuadernos de notas, entre otros. Pero en su catálogo de víctimas sobresalen las cabinas telefónicas. Los teléfonos públicos están heridos de muerte. Un modesto porcentaje de turistas y una pequeña parte de la población inmigrante todavía las utiliza, aunque con escasa frecuencia. Los primeros tienden a recurrir al teléfono móvil, desafiando los costes de itinerancia, y los segundos muestran más simpatía por los locutorios o las tarifas de bajo precio de los operadores virtuales étnicos.

Las cabinas viven en horas bajas. Atrás quedaron los años de Cuéntame, en los que el teléfono público era el rey de la calle. Los nostálgicos recordarán que, durante décadas, sólo admitían fichas, que era raro encontrar una cabina libre en las facultades, institutos, ministerios y cuarteles. Las tarifas eran más baratas a partir de las diez de la noche, por no hablar del ingenio popular que descubría extraños sistemas para hablar gratis hasta que dejaban de funcionar. Eran otros tiempos, tan lejanos como las pesetas.
Ahora se imponen nuevos usos para unas instalaciones que piden a gritos una reconversión.

Donde hay un poste con teléfonos públicos bien podría habilitarse un punto de acceso WiFi, un enchufe para vehículos eléctricos o un teclado con una pantalla a prueba de vándalos, para así poder enviar correos electrónicos o WhastApp en el caso de que el móvil se quede sin batería. En esos casos, que nadie reclame a los operadores tradicionales que sigan financiando ese tipo de servicios como lo hacen hasta la fecha. Recordemos que Telefónica sólo está obligado a ofrecer y mantener sus teléfonos públicos hasta finales de 2016. A partir de entonces se abre un enorme vacío. Dentro de tres años, la cobertura celular gozará de suficiente calidad en todo el territorio nacional, incluido la banda ancha móvil. El debate sobre la futura conveniencia de las cabinas está servido y nosotros lo alimentamos desde la revista de Tecnología.

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