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Milena Agus: Las alas de mi padre

En la luz de Cerdeña, Milena Agus rescata de la memoria a “Madame” y su sueño imposible de viajar a Francia. Es la propia historia de su abuelo, íntimo aliado en su pulso contra los especuladores, que cercan su terreno y su vida frente al mar. Pero Madame, aunque sea pobre, no vende. Mágica, fantástica y verdadera, es también una historia irónica y truculenta, con un padre cuya presencia es el rumor de alas de un ángel de la guarda.

Como en “Mal de piedras”, su anterior novela, Milena Agus demuestra en “Las alas de mi padre” (Siruela) una innata maestría en el uso de lo simbólico. Heridas, nudos, inseguridad… que se acumulan dentro de nosotros y ante los que necesitamos liberarnos aunque el precio sea un proceso doloroso, atroz. De ahí, que “sin magia la vida no es más que un espanto”. Y quien dice magia, dice amor, fe, alegría, amistad, sensibilidad, solidaridad, capacidad para mirar la belleza en lo que nos rodea.

Sencilla y hermosa

Agus crea una gran parábola sobre el mundo contemporáneo, en donde la ternura choca despiadadamente con la crudeza. Pero para Milena Agus no es óbice para que sus personajes, descritos con dulce sencillez por la joven protagonista, sepan reconstruirse a sí mismos, aunque estén condenados real o metafóricamente. Luchan ante todo por mantener la identidad individual sin dejar de pertenecer a un todo: el pueblo, el terreno, el mar.

No deja de ser curioso como la literatura a veces no precisa más que de simplicidad, sencillez: una prosa comedida, personajes verdaderos, un trozo de vida costumbrista, honestidad, ternura y un sesgo de ilusión por transmitir algo más que pura mediocridad. Y basta para hacernos feliz, aunque, como ocurre aquí, suframos, lloremos, riamos, bailemos casi con “Madame”, sea cual sea su pasado y sus actividades hoteleras. Y queramos coger ya mismo un vuelo y recorrer la costa sarda, para escuchar a la trompeta del hijo mayor del niño Pietrino e ir a buscar su tesoro de París, alojándonos quizás en ese hotel ecológico y módico asediado por los constructores. Un ejemplo de pura literatura.

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