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Henning Mankell: El hombre inquieto

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Encabezo esta entrada y caigo en lo adecuado del título de la última novela que Henning Mankell (Estocolmo, 1948) dedica a su gran personaje: Kurt Wallander. Ya lo saben, no añado nada, no muere, pero el escritor sueco ha dispuesto el desarrollo de su novela de tal modo que, al final, vemos claramente por qué no habrá más Wallander. El adiós parece definitivo. Pero me refería al título: el hombre inquieto, es un hombre nervioso que mira atrás y evita las esquinas, el suegro de Linda, un oficial de alto rango de la Marina sueca llamado Håkan von Enke. Pero hombre inquieto es, por supuesto, Wallander, y más aún Mankell. Toda la serie del comisario de Ystad, las once novelas –doce si incluimos “Antes de que hiele”, la primera entrega de la serie de Linda Wallander, en el que tiene un papel marginal–, es el resultado de un hombre inquieto que mira con desasosiego, con desilusión, el mundo que tiene entre sus manos.

 Un mundo en el que no se siente cómodo, un mundo en transformación, pero ante todo un mundo en el que no sabe manejarse más allá de la remota comisaria de Escania, la provincia más austral de Suecia, que ya colocamos en el mapa gracias a la atracción del personaje y su autor. Un hombre inquieto –Wallander, Mankell, que tanto da porque aviesamente son intercambiables– que deja un legado al modo de Per Wahlöö y Maj Swojall, a los que tanto debe, al punto de que sin Martin Beck no existiría Wallander. Legado en el sentido de que asistimos a la descomposición del sistema socialdemócrata y al espejismo del Estado de Bienestar: los prejuicios raciales de “Asesinos sin rostro”, la corrupción a gran escala de “Los perros de Riga”, la persistencia de la extrema derecha de “La leona blanca”, la delincuencia económica de altos vuelos de “El hombre sonriente”, la tragedia política de “La falsa pista”, la violencia contra las mujeres de “La quinta mujer”… que reunidos todos en el mosaico que compone toda la serie da una imagen del mundo, la de un hombre inquieto, que no quiere mirar para otra parte, y que ha encontrado en la novela policíaca la horma ideológica y social necesaria para retratar un mundo que no le satisface.

La novela más política de la serie

Y que aquí, en “Un hombre inquieto”, el adiós de Wallander, compone la más política de sus novelas, cierre perfecto a la cadena que cuelga sobre el cuello de nuestra contemporaneidad como un peso infinito. La “guerra fría” se materializa de nuevo, regresa décadas después del asesinato de Olof Palme para dar testimonio de cuán inocentes fuimos y de que, en el fondo, seguimos siendo marionetas del dinero y el poder. Sí, nos interesa de la trama esa compleja investigación inspirada en hechos reales que Mankell regala a Wallander en lo que es, algo así, como un macabro juego de submarinos tocados y hundidos en el Mar Báltico, que deriva con atribulada ambigüedad en la búsqueda de un espía incierto o una espía incierta, aunque acaba dándonos igual quién fuera o no fuera, porque lo que aflora es la infección que afecta al sistema, a punto de convertirse en putrefacto.

Una despedida desmemoriada y honrosa

Pero, lo que más aún nos angustia es la despedida del personaje, ese adiós paulatino que entona Wallander, atrapado por la mala salud, que ya arrastraba desde su primera aparición, cuando sus relaciones familiares también ya eran un desastre, bebía mucho y dormía aún menos. La hipoglucemia no será su único lamento. Habrá un enemigo aún peor. El olvido. Su retrato sigue siendo el mismo: más gordo que delgado, con tendencia a provocar desastres, y cuya vida privada es una especie de ruina, Wallander es, sin embargo, un ser humano del todo creíble y, además, un buen policía, aunque no sea perfecto: comete errores y a veces los árboles no le dejan ver el bosque, pero es persistente, tiene buen olfato y buenos principios, que le dan fuerza para obedecer sus presentimientos y asegurarse de que, al final, se hace justicia.

Vulnerable y convertido más bien en antihéroe, Wallander sigue siendo un tipo descuidado, que duerme poco y mal y se alimenta de la misma manera. Divorciado y con una hija con quien mantiene una difícil relación, es, sin embargo, compasivo, paciente hasta la terquedad, y uno acaba por tomarle cariño, a pesar de sus arenques, sus muebles baratos y su desorden. Eso explica el resultado final: la sintonía de millones de lectores en todo el mundo con un tipo aburrido e individualista, pero que se resiste a que lo entierren en la fosa común a la que van a parar los domesticados y los conformistas.

 Wallander resiste al mundo trabajando hasta el último aliento, porque el mundo bajo sus pies ha ido desapareciendo. Pero quedan los rescoldos, aún calientes y amables: su hija Linda está con él de la manera que él no supo estar con su padre, Beba se aparece en Ystad para un último adiós, su exmujer regresa para dar testimonio de su fracaso.Es cierto que la novela negra suele contener elementos suficientes de desencanto y dolor, de angustia y de pesimismo, y con Wallander todo es aún más sombrío, pero en cierto modo en toda la obra de Mankell lo que hay es un grito de inconformismo. De algún modo, Wallander es a la vez tan mal ejemplo como bueno. De ahí su éxito. De ahí la necesidad de personajes como él.

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 Henning Mankell: El hombre inquieto (Tusquets Editores), Barcelona, 2009, 464 páginas, 20 €

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