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Milán hombre: tres castigos divinos

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El domingo se remató con tres pesos pesados del estilo. Por un lado la colección de Emporio Armani [1], eterna. Sí, “eterna”, ese es el adjetivo que mejor la define. Eterna porque los desfiles de Armani son interminables y hay un momento en que empiezas a mirar a los lados y observar más las caras de la gente que el desfile en si. Y acto seguido, cuando creías que era el último modelo, cambia la música y siguen saliendo más chicos a la pasarela y comienzas a sopesar la idea de levantarte e irte, pero te da miedo que la chica de prensa, apostada estratégicamente, se percate de tu intento de huida y pare el desfile, encienda las luces y te pregunte mientras todos los ojos se clavan en tí, “¡usted!, ¿desear marcharse?, ¿puede compartir con todos nosotros el motivo de su deserción?”. En verdad eso no pasaría nunca, pero seguro que es una de las fantasías que ocupan la cabeza de los asistentes que, al igual que yo, encuentra eternas sus presentaciones. Eterna, también, porque es ropa tan bien hecha que durará toda la vida, y tan anodina que nunca pasará de moda… porque nunca lo estubo. Sí, señores, Armani me aburre soberanamente a pesar de que sea una máquina de hacer dinero. Estoy seguro que su éxito radica más en aquella teoría económica sobre el consumo suntuoso que estudió Thorstein Veblen, entre otros, que en el verdadero valor creativo de sus creaciones. “Ey, mira, estoy forrao, llevo un Armani”. Ok, lo admito, ¡pero eres de un aburrido! 

Alexander McQueen [2] es todo lo contrario. Hiper moderno, super interesante, con conceptos muy vanguardistas que hacen que la arquitectura de la ropa sea realmente un ejercicio de hacer posible lo imposible. McQueen puso en práctica algo que Martin Margiela ya presentara hace años y que en su momento me pareció de lo más genial. Se trata de ropa que aparece y desaparece, es decir, prendas que bien por sistemas de tensores o por partes transparentes, da la sensación que se interrumpen momentáneamente para continuar a renglón seguido. En aquel momento, cuando Margiela lo sacó a escena, recuerdo que enseguida me sugirió aquel cuento de Hans Christian Andersen, El nuevo traje del emperador, por el que un monarca es timado con un traje confeccionado con una tela que supuestamente no podían ver aquellos que no fuera aptos para su cargo o que fueran irremediablemente estúpidos. El manejo que hace McQueen del concepto es simplemente sublime. ¿Entonces porque lo englobo dentro de la categoría de ‘castigo divino’? ¡Por el calor que hacía en el desfile! Salimos de allí con varios kilos menos (tema peligroso para buena parte de la prensa especializada que está más delgada que los modelos) y convencidos de que la sauna finlandesa no fue inventada ni por los finlandeses ni por Ricola, sino por los británicos, y en concreto por Alexander McQueen. 

Y llegó el turno de Prada [3]. Miucca es una de las mujeres más influyente de nuestro tiempo, en cuanto a moda se trata, claro. Pero definitivamente es la quintaesencia del feismo. Y sin embargo todo lo que hace se convierte en bestseller. A miíme confunde sobremanera. Me hace sufrir sentimientos encontrados. Todo lo que hace me encanta y me horroriza a partes iguales, y esta colección no iba a ser menos. Tiene ha habilidad de que con su ropa siempre parezcas a medio vestir, desaliñado, inacabado… 

Y sin embargo, tanto ella, como Armani, como McQueen, conseguirán una cuenta de resultados muy saneada gracias, sin duda, a sus complementos. Bolsos, zapatos, cinturones… toda una gama de ‘chucherías’ de precios astronómicos que se venderán como rosquillas gracias a esa etiqueta de ‘must’ o ‘imprescindible’ que lo editores de moda colocamos a sus creaciones.

Curiosidad: Una de las leyendas urbanas nacidas alrededor de Prada es la que mantiene que las falsificaciones que se venden por las calles de Nueva York salen de la misma fábrica que los originales. Que es ella misma la que lanza las falsificaciones para popularizar los originales. Yo no lo doy mucho crédito… pero se comenta.   

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