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El Crack (el serial) - Capítulo I

Mi lunes negro

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Nunca olvidaré el Lunes Negro de 2008. El 15-S. En retrospectiva creo que podría denominarlo el día que marcó el principio del fin. Eran alrededor de las 12 de la mañana y yo me encontraba subido en un pequeño pedestal de madera, en el 666 de la Quinta Avenida, realizando la tercera prueba del tuxedo que me estaba confeccionando Brooks Brothers para la inminente Opening Night Gala del Carnegie Hall. Tenía especial interés en asistir, porque presidían la gala el Sr. y Sra. Kovner. Mi insistencia por ir le estaba dando dolores de cabeza a Robert, mi asistente personal. No me gusta la palabra secretario. Tiene su encanto con el género femenino, pero es degradante para el masculino, porque cuando hablamos de ‘secretarias’ siempre lleva incorporado un significado subliminal que apunta a cómo las impresionables chicas llevan sus funciones más allá de lo que exige el deber por contentar y satisfacer todas las necesidades de sus todopoderosos jefes. Y aunque Robert es abnegado, no lo voy a negar, nuestra relación profesional se queda estrictamente en las labores propias de su cargo: atender el teléfono; administrar mi agenda; recoger mi ropa del tinte; sacar a pasear a Mr. Chow, el West Highland Terrier de una it-girl de Internet que se deja caer de vez en cuando por mi cama; camuflar mis gastos personales… Justo eso era lo que no lograba hacer con los 1.250 dólares que me costaba asistir a la gala. Me limité a decirle “sé que podrás hacerlo” y no quise saber más del asunto, porque si por algo tengo el puesto que ostento es por saber motivar a mi equipo, es decir, a Robert (no tenía conciencia de tener a nadie más en mi equipo, pero estaba convencido de que existía todo un staff invisible y silente que hacía que todo fluyera gracias a mi brillante gestión, aunque yo nunca los viera).

Me interesaba reforzar lazos con Bruce Kovner, creador y presidente de Caxton Associates, LLC. Teníamos intereses comunes: básicamente el dinero. A él le interesaba la ópera y a mí el ritual de la etiqueta para ir a la opera. Él coleccionaba libros raros y partituras originales de música clásica, y yo tenía montones de libros raros jamás abiertos en mis estanterías –Kurt, mi ex-decorador los compró al peso en función de los colores de los lomos para crear un hermoso tapiz de sabiduría en el despacho que proyectó en mi apartamento de Park Avenue. Bueno, en realidad mi piso daba a Lexington, pero la entrada la tenía por la 84 esquina a Park, así que no mentía demasiado cuando decía lo de “mi apartamento de Park Avenue”, aunque también podía inducir a pensar que tenía más de uno, que no era el caso. En definitiva, Kovner y yo teníamos mucho en común y yo estaba determinado a penetrar en su círculo: después de todo era un 2.5D.

Warren, mi mejor amigo, y yo habíamos desarrollado un complejo sistema de calificación para determinar cuán interesante era la gente que conocíamos, queríamos conocer o necesitábamos conocer. Primero había una basta masa de gente que no necesitaba calificación y nos limitábamos a apodarlos como artdis (art directors, que iba más allá y englobaba a todo tipo de creativos como publicistas, pintores, ilustradores, fotógrafos, etc…), Mr/Ms M (Mr. Money, todo la gama completa de financieros, inversionistas, empresarios, banqueros, consultores…), PRs (relaciones públicas en general), y una larga lista de denominaciones que no vienen al caso. Y después los apellidábamos con A y B, dependiendo del grado de éxito profesional. Por ejemplo: Kelly Cutrone, una organizadora de eventos, principalmente de moda, muy conocida, era una PR A, mientras que Guy Ritchi, el fracasado marido de la Ambición Rubia, es un ArtD B claramente.

La gente verdaderamente interesante, la que de veras nos preocupaba a Warren y a mí, tienen un sistema de calificación diferente, son numeradas en base a la valoración de sus fortunas. Es decir, Kovner era un 2.5D. Ni que decir tiene que nos referimos a billones, ya que empezamos a considerar esta clasificación a partir de los poseedores de cien millones, es decir, los 0.1. La ‘D’ es de dólares, aunque cada vez estábamos utilizando más la E (de euros) porque nuestro círculo de amistades del viejo continente era cada vez más amplio. En cuanto a tasaciones de fortunas somos más fiables que Forbes. 

Pues allí estaba yo, probándome mi flamante tuxedo en Brooks Brothers cuando sonó mi nuevo móvil. Era Robert. “Tú padre, gritando, te paso” fueron sus únicas palabras, y mis piernas se aflojaron en cuanto mi tímpano retumbó con un ¡Rafael! ¿Dónde coño te metes? que traducía toda la cólera, ira y cabreo de los que era capaz de hacer gala mi padre… que es mucho, créanme.

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