Blogs

El Crack (el serial) - Capítulo II

La llamada de papá

 6.jpg

Al escuchar la voz de mi padre todo mi cuerpo se desplomó interiormente,  perdió su estudiada apostura. Richard, mi sastre, me dió un pequeño e indecoroso empujoncito en la entrepierna para que volviera a ponerme firme. Estaba tomando medidas de nuevo porque tenía que acortar el bajo del pantalón. Yo acababa de leer en GQ que los bajos seguirían siendo altos, no tan altos como los de Thom Browne, pero tampoco tan bajos como los bajos tradicionales. Así que le pedí a Richard que reconsiderara el bajo para que fuera más alto, a lo que se negó en principio porque es un sastre de los de siempre, curtido en Brioni. “Ni hablar, Mr. Ridao” me espetó Richard ante la sugerencia. “Ustedes, los jóvenes siempre piensan en las modas, nosotros tenemos el deber de pensar en el estilo. Este esmoquin estará en su armario por mucho tiempo y yo, como sastre, quiero que esté orgulloso de él hoy, mañana y siempre. Cuando pase la extravagante moda de los bajos ridículamente cortos ya me dirá”. Finalmente llegamos a un acuerdo. Él los pondría como yo, el cliente que iba a pagar el esmoquin, se lo pedía, y cuando pasara la moda se lo traería para que lo modificara y lo volviera a su medida natural. No lo terminó de convencer, pero accedió.

Volví a erguirme pero mis piernas seguían temblando a la espera del siguiente grito de papá.

—¡Te he estado llamando todo el fin de semana! ¿Qué hacías con el teléfono desconectado? Al final he tenido que llamar a Robert. Sabes cuánto me desagrada ese chico, me enerva. ¡No soy un cliente que te tenga que suplicar que me cojas el teléfono! ¡Soy tu padre!… por desgracia…—eso último lo dijo entre dientes— ¡¡Tu padre y tu presidente!! ¡Y si yo te llamo tú coges el teléfono!

Continuó así unos quince minutos aproximadamente. Yo no metía ni palabra y él lo debía tomar como desdén a todo lo que me estaba soltando y subía aún más el tono. Pero la verdad es que estaba aterrado. Siempre intentaba evitar hablar con él porque papá nunca me dice nada positivo y me llama de todo, menos bastardo, ya que se hizo las pruebas de paternidad cuando yo tenía diecisiete años porque dudaba que “un pusilánime —cito textualmente— como yo fuera hijo suyo”. Como el genoma no engaña tuvo que dejar de llamarme bastardo tras obtener el resultado de la prueba, lo cual no melló en absoluto su capacidad de insultarme.

A todo eso, ¿cómo iba a decirle que el fin de semana había estado ‘reunido’ con una par de gemelas filipinas con la increíble capacidad vaginal de lanzar pelotas (creía que era un mito)? Me podía más la curiosidad que el deseo sexual y empezamos a experimentar con cosas diferentes a pelotas de ping pong. No creía que fueran capaces de hacerlo con objetos más pesados que una liviana pelotita. Cuando mi móvil murió estampado contra una pared situada a casi cuatro metros de Jobita, una de las dos hermanas filipinas, me rendí a la evidencia y me entregué al éxtasis pasando al cuerpo a cuerpo a cuerpo (recuerden que éramos tres).

En vez de eso, le dije a papá que iba por la calle cuando vi cómo un coche estaba a punto de atropellar a una chica de la St. Bernards School y me lancé a salvarla, y que el móvil se cayó del bolsillo y terminó aplastado bajo las ruedas del coche. A lo que simplemente dijo: “sabes que no me gustan los colegios privados”. ¿Qué esperas que hiciera, papá? ¿Dejar que aquella pequeña en uniforme muriera aplastada porque a ti no te gustan los colegios privados? Si hubiera sido cierta la historia, claro. Afortunadamente la encargada de gestionar mi educación fue mamá, que sí cree fervientemente en la educación privada tanto como en la verdad inherente de la Santísima Trinidad y en los beneficios de la automedicación de barbitúricos.

—¡Todo el mundo está como loco con la que está cayendo y tú incomunicado! —seguía gritando—, ¿dónde estás, Rafael?

Estoy en Brothers —que es como yo siempre he llamado a Brooks Brothers.

Mi padre guardó silencio alrededor de un minuto que a mí me pareció eterno. ¿Había dado la respuesta incorrecta? Me encantaría dar por una vez la respuesta correcta que siempre parece esperar mi padre. No me cuesta nada mentir y darle la respuesta correcta, lo juro. Basta con que una vez sepa qué es lo que él espera oir. ¡Y parece que esta vez había acertado dado su silencio! ¡¡Y sin mentir!!

Su tono tomó el volumen que usa cuando no habla conmigo, es decir, sin gritar, y me dijo con un atisbo de orgullo en el timbre de la voz (creo que estaba hasta emocionado):

—Vaya, hijo, me sorprendes. Por una vez estás en el sitio adecuado en el momento adecuado —no me había llamado ‘Rafael’ y era muy buena señal—. Dime, ¿Con quién estás reunido?

—Estoy con Richard, está tomando medidas.

—No lo dudo, debe de ser el trago más amargo de su vida.

—Bueno, al principio le sentó mal —dije mirando el nuevo largo de mi pernil derecho— pero dice que puede tener arreglo en todo caso más adelante.

—Me gustaría ser tan optimista como él, pero me temo que las cosas no tienen vuelta atrás. ¿Está también Ian ahí?

Miré a mí alrededor. No conocía a ningún dependiente o sastre de Brooks Brothers que se llamara Ian, y estoy seguro de conocerlos a todos, me pasaba media vida allí.

—No, Ian no está —dije encogiéndome de hombros ante la mirada de Richard. Tampoco entendía bien a qué venía el interés de mi padre por el personal de la tienda.

—Está bien. Lo importante es saber qué va a pasar con nuestras inversiones, hemos invertido mucho y hay que intentar rescatar el máximo posible.

—Eh… —no tenía muy claro a qué se refería mi padre, pero si no le contestaba algo, y rápido, sería evidente que no sabía a qué se refería—. Richard dice que es una inversión para toda la vida, que no se verá afectado por modas, que es un dinero bien empleado.

—¡¡¿Pero qué dices?!! ¡Qué han declarado la quiebra! ¿De qué me estás hablando?

—Del esmoquin que me está haciendo Richard —me volví indignado a mi sastre—. ¡¿Qué Brooks Brothers ha quebrado?! ¿Por qué no me has dicho que habéis quebrado? ¿Eso va a afectar al pedido de camisas y pantalones que os he hecho? —le pregunté a Richard tapando el móvil para que mi padre no se enterara que soy tan estúpido de hacer un pedido de más de 3.000 dólares a una empresa que acababa de quebrar.

Cuando volví al móvil mi padre había colgado. Más tarde comprendería que cuando le dije que estaba en Brothers él pensó que me refería a Lehman Brothers, y que el Richard por el que me preguntaba era Richard Fuld, el presidente ejecutivo de Lehman, y que el tal Ian no era ningún dependiente, sino el director financiero, Ian Lowitt.

Yo debía ser el único ser humano sobre la faz de la tierra que a las 12 de la mañana, hora local, aún no sabía que Lehman Brothers habíase declarado en quiebra. ¡Y por lo visto estábamos en crisis! Te reunes con un par de filipinas todo el fin de semana en plan incomunicado y se desploma el sistema financiero occidental, ya uno no va a poder ni irse de vacaciones.

Lo peor estaba por llegar cuando papá decidiera volver a llamar.

Comparte este post:
  • Meneame
  • Digg
  • del.icio.us
  • Facebook
  • Google

Tags: ,

Deja tu comentario