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El Crack (el serial) - Capítulo III

“Cuéntame a grandes rasgos la crisis” 

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Warren está sentado en la mesa más céntrica de Le Bernardin, flanqueado por dos jóvenes modelos rubias con menos edad que talla (o menos talla que edad). Son exuberantemente bellas, de estilo gélido y sofisticado, y un poco ausente. Suele ocurrir, este tipo de chicas siempre parecen ausentes porque tienden a salir con tipejos desagradables que solo saben hablar del Dow Jones. Conmigo nunca parecen ausentes porque les hablo en su idioma: Chanel, Cartier, Vuitton y Prada. Los otros tratan de hablarles en inglés y no se dan cuenta que sus agencias las han soltado en la ciudad sin el más mínimo conocimiento del idioma y sin ninguna protección dialéctica frente a tíos como Warren, que es lo que Candace Bushnell ha dado en llamar modelizares, es decir, mujeriegos especializados en modelos. Candace es la gran socióloga de nuestro tiempo, yo salgo en su libro Sex and the City, pero no con nombre y apellido real, claro.

En otras circunstancias me hubiera sentido feliz de que Warren hubiera buscado compañía para el almuerzo, pero aquello no pasaba por ser una discreta comida de trabajo confidencial, tal y como yo le había pedido mantener

*** 

Tenía que documentarme. Cuando regresé a la oficina después de hablar con papá en Brooks Brothers aún no se había producido la segunda llamada para gritarme y llamarme imbécil. ¿Por qué? Porque había decidido volver a llamar a mi asistente y dejarle un mensaje para el ‘imbécil’ de su hijo, o sea, yo. La mirada reprobatoria de Robert era muy explícita

—¿Qué ha dicho? —le pregunto esperando la peor de las respuestas.

—Que su perro vuela en satélite y que usted tiene no-se-qué en el horno. Juro que le he entendido algo de una felación.

Papá insiste en hablar en inglés a Robert a pesar de que mi asistente habla castellano como si fuera su lengua materna (que de hecho lo es, su madre era roteña y se casó con un militar de la base americana). Nadie se atreve a decirle a papá que su inglés es realmente nefasto… al menos nadie que necesite su trabajo.

—A continuación llamé a su secretaria —continuó Robert— y me aclaró que el mensaje no contenía ninguna ‘felación’… significativa.

—¿Y?

Que el jueves a primera hora lo tiene aquí.

Era cierto. Papá no hablaba de felaciones, sino de joder… de joderme a mí. Estaba claro. Pero tenía tres días para prepararme para su visita

***

Warren me saludó con la mano mientras me acercaba a la mesa. Le Bernardín estaba de bote en bote. Un tres estrellas michelín con un menú llamado City Harvest Menu, del que 5 dólares se dona a los pobres hambrientos de la ciudad. Nunca he tenido claro quiénes son realmente los hambrientos de Nueva York. No imagino a alguien más hambriento en esta ciudad que las modelos que la pueblan… como Ingrid y Katia, las dos chicas sentadas con Warren, de fuerte acento ruso y sendas ensaladas del chef, que se entretenían en revolverlas con el tenedor como si buscaran un premio oculto que nunca termina de aparecer (jamás se llevan el tenedor a la boca).

—Aquí me tienes —me dice Warren—, ¿para qué me querías?

Necesito que me expliques en líneas generales lo de la crisis.

—¿La crisis? —me dice perplejo. Por un momento pienso que no soy el único ser humano que no sabe que hay crisis. Pero no, su perplejidad responde a que no se cree que exista alguien, y más siendo un financiero neoyorquino como yo, que no sepa que estamos en crisis.

Le explico que papá llegará el jueves y que tengo que estar preparado para dar respuestas. Necesito las líneas básicas del por qué y el cómo de la situación que atravesamos.

—Rafe —me dice casi con apuro, él me llama Rafe—, no sé, nunca hemos hablado de esto… ¿Qué haces en Ridao-Blackman Global Investors?

—¿A qué te refieres?

—¿Cuál es tu puesto?

—Soy CEO —saco mi tarjetero y le enseño una de mis tarjetas diseñadas por Baron&Baron, los mismos que crearon la imagen corporativa de Calvin Klein (encargarle mis tarjetas fue mi primera decisión ejecutiva cuando aterricé en Nueva York).

—No, me refiero a cuáles son tus funciones.

—Pues…

Me excuso y me escapo al baño para llamar a Robert para que me explique, según su opinión, cuáles son mis funciones en la empresa. Me tranquiliza saber que soy una especie de controlador de operaciones, que lo supervisa todo, aunque de facto hago más de relaciones públicas porque el control de operaciones lo lleva Coleridge, el COO de la firma que mensualmente somete sus decisiones a mi aprobación. Hago como que conozco a Coleridge, no quiero que Robert se entere de que me he saltado esas reuniones los últimos seis años (o sea, siempre) porque coinciden con mis clases de yoga en el Drama Mitra Yoga Center. No me perdería las clases de mi yogi por nada del mundo, es lo único que me ayuda a vivir en una ciudad como Nueva York. Eso, y la tarjeta de crédito de la empresa.

Entonces vuelvo a la mesa y miento descaradamente a Warren atribuyéndome el control de transacciones e inversiones, lo que hace que aumente su perplejidad frente a mi total ignorancia sobre la crisis. Vuelvo a mentir y le digo que no es que no sepa nada, sino que  sólo quiero comparar notas por si se me ha pasado algo. No cuela. Warren sabe que prefiero leer el Page Six del New York Post antes que el soporífero Wall Street Journal. 

Empieza su lección: “Bla bla bla subprime bla bla insolventes bla bla bla hipotecas bla bla bla bla activo tóxico… ¿De qué te ríes? ¿Te parece graciosa la crisis? Porque yo no le veo la gracias por ningún lado”. Me ha pillado riéndome del término ‘activo tóxico’ porque es precisamente cómo muchas mujeres lo etiquetan a él. Le prometo seriedad y continúa.

Cuando termina tengo suficiente vocabulario asimilado como para superar una entrevista con papá. Lo que no tengo claro es cómo afecta eso a las inversiones de Ridao-Blackman. Espero que una reunión con el tal Coleridge me ilumine al respecto.

Aparece Puppy, la it-girl con la que salgo, acompañada de Mr. Chow. No sé cómo me localiza siempre. Seguro que tiene sobornado a Robert. Le suelta Mr. Chow a una camarera para que lo distraiga y pide una copa de Pellegrino. “Umm, qué buena pinta tiene la ensalada” le dice a Katia, ¿o es Ingrid? Llamo al camarero para pedirle una para ella, pero me frena aduciendo que “ya son bastantes calorías por hoy” señalando la copa de agua que tiene en la mano.

—Vivimos en un mudo vertiginoso, ¿recordáis cuando Evian era lo más? ¿Quién se acuerda de Evian ahora? —afirma contundentemente—, ¿de qué hablabais?

—De la crisis.

—Ummm, situación jodida. Lo peligroso es cuando se agrave la crisis de confianza en el sistema financiero. Las entidades van a empezar a caer como fichas de dominó. La Reserva Federal debería bajar los tipos de interés, pero el Gobierno no se puede quedar de brazos cruzado. Hace falta un plan de choque. Esta es la oportunidad de tito George para pasar a la historia como el salvador de la economía mundial.

Warren y yo nos quedamos estupefactos. Siempre habíamos pensado que  Puppy no se enteraba de nada y que solo estaba al tanto de coloración capilar, tratamientos dermatológicos y moda.

—¿Y qué es exactamente lo que sabes tú de la crisis? —le digo suspicaz.

—No demasiado, solo lo que cuenta el Wall Street Journal, porque al Financial Times no le hago gran caso, los ingleses no me caen bien, una sociedad que deja que sus mujeres vistan tan mal no merece gran crédito.

Estoy sopesando llevármela a mi reunión con papá.

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