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El Crack (el serial) - Capítulo IV

¡Que llega el presidente! ¡A sus pies señor presidente!

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No sé qué ha pasado con todo el mundo, se han vuelto locos. Ayer salía con un colega de la oficina para ir a almorzar, cuando una señora que debía rozar el siglo, nos arreó con el paraguas y nos maldijo por traer el Apocalipsis a la Tierra Elegida. Lo que más me molestó es que mi colega se disculpó con ella mientras se palpaba la coronilla para ver si en vez de almorzar tenía que ir a que le tomaran puntos de sutura. ¡¡¡¿Pero el mundo está loco o qué?!!! Desde cuándo somos nosotros, los financieros, los culpables de que todo el mundo quisiera una casa a cualquier precio y que después no pudieran pagarlas. Nosotros no los obligamos a ir a los bancos a firmar esas hipotecas. Nosotros no fuimos los que dijimos “podremos pagar” cuando sabíamos que no lo haríamos. Nosotros no empaquetamos esas hipotecas basuras y las hicimos circular por el sistema finan… ¡Oh! Eso sí. 

El caso es que hasta hace una semana ser financiero en Nueva York era lo más, ‘beyond’, la hostia. Y hoy nos pegan las viejas por la calle con total impunidad. El ser un financiero te abría las puertas para disfrutar de lo mejor que la vida moderna puede ofrecer, por ejemplo, someterte a un peeling a manos del Dr. Max, la última sensación dermatológica de la ciudad con lista de espera hasta 2010. Quien diga que la invención de la rueda fue el gran logro de la humanidad es porque no ha pasado por la consulta del Dr. Max. El ser financiero te permitía hacer grandes cosas en la vida, como salir en Men’s Vogue, quizás no en la portada, que está reservada para deportistas, actores y miscelánea como Tony Blair, pero sí figurar en páginas interiores, que no es moco de pavo. Yo he salido un par de veces en GQ y una en Esquire, y en un top ten de los solteros más deseados de la Gran Manzada que publicó New York Magazine, e incluso me dedicaron una entrevista en W dentro de un reportaje sobre los ejecutivos más prometedores. Fue una entrevista bien en profundidad en la que hablamos sobre cómo Bottega Veneta se ha hecho imprescindible en mi vida y cómo tomé la decisión vital de pasarme del pilates al yoga. 

Y ahora, sin previo aviso, soy un personaje denostado sumido en el miedo. Miedo a las señoras mayores con paraguas. Miedo a mi asistente y a que se entere de que mi dirección en estos años ha sido una pseudo-ficción, miedo a perder mi estatus…  y miedo, sobre todo, a mi padre, que llega mañana a las 8 según anunció. 

*** 

Suena el despertador. Es inusitadamente temprano, las 9:30 de la mañana, pero tengo que madrugar para prepararme ante la llegada de papá esta tarde, al que quiero ir a recoger al aeropuerto para demostrarle que estoy al mando de todo. Echaré de menos esa horita de sueño habitual de la que me he privado. Me espera una jornada intensa y llena de sorpresas. 

Primera sorpresa: Nueva York ya está funcionando a las 10 de la mañana cuando piso la calle. Me subo al Town Car que me espera y me dirijo directamente al gimnasio. Repaso mentalmente la agenda que me he programado (le consultaría a Robert, pero me dejé anoche el móvil en casa de Puppy, luego lo recojo camino del aeropuerto). He anulado todas mis citas del día, nada es tan importante como papá, mi presidente. Sólo me falta notificárselo a Robert para que se lo comunique a los ‘reunientes’ implicados. Da igual, ya se inventará alguna excusa sobre la marcha. Así que mi planning se ha reducido a lo realmente esencial: Primero tengo sesión con mi personal trainer en el Chelsea Piers, después almuerzo en Le Cirque con Warren que ha prometido dejarme unos gráficos que dejarán entusiasmado a papá (los estudiaré por encima camino del aeropuerto), a continuación recogeré el traje nuevo de Yves Saint Laurent que quiero llevar esta tarde (si voy pillado de tiempo me cambió en la boutique), después tengo que acudir a la consulta de mi dermatóloga para que me estimule el colágeno con un tratamiento de radiofrecuencia que se llama Thermage que me aconsejaron hace unos días en una fiesta, y tras pasar por casa de Puppy para recoger el maldito móvil, me voy directo al aeropuerto. Todo calculado al milímetro. 

*** 

19:00h. Todo como la seda, quitando el centenar de llamadas perdidas de Robert a mi móvil. Empezaba a creer que no pintaba nada en la empresa, pero el sin par número de llamadas testimonia que soy imprescindible y requerido, cada cinco minutos desde las 9 de la mañana (¿trabajamos a esa hora?). No importa, sobrevivirá hasta que llegue a la oficina mañana. Ahora lo único que importa es recoger a papá y acomodarlo, y que vea que soy diligente y que estoy comprometido con mi trabajo. 

Pero… ¡Uh-huh! Cuando llego al Aeropuerto Newark nadie sabe decirme dónde está el avión de papá. ¡Sales de Nueva York y nada funciona! “¿Dónde está mi padre?” le grito a un tipo con cara de hindú que por toda respuesta se encoge de hombros. ¡¿Para eso he venido hasta Nueva Jersey?! ¿Y si le ha pasado algo? Quizá estén buscando los restos de su avión en medio del Pacífico… quiero decir, del Atlántico (siempre me cofundo: Pacífico-izquierda, Atlántico-derecha). Me descubro gritándole a una impertinente “señorita” (por llamarla de alguna manera, porque debió de nacer antes de que Roosevelt llegara a la Casa Blanca) que me pide insistentemente que me calme y espere mi turno, lo que hace que suba automáticamente más si cabe el tono. “No tenemos constancia de tales hechos, nadie ha informado de la desaparición de un avión en aguas del Atlántico, señor” me dice con flema y acento británicos. Le estoy respondiendo que en tal caso, yo, en ese momento, le estoy “informando” del hecho… en lo que suena el teléfono. “Robert” anuncia la pantalla. 

—Ahora no, Robert. Estoy en medio de una crisis. El avión de mi padre se ha perdido en medio del océano y esta subnormal sólo sabe repetirme que no tienen noticias de tal hecho. Y si tengo que gritar para que me de una respuesta, pues grito —digo desgañitándome aunque bajo la voz cuando veo que dos policías se aproximan con tasers en la cintura—. ¿Tan difícil es comprender que yo sólo quiero saber…? ¡No me toque! Yo sólo quiero… ¡Le he dicho que no me toque, poli de mierda! Yo… Se está jugando una demanda millonaria, piense en empezar a empeñar la placa, ¡y no me toque! ¡Mi padre, yo sólo quiero saber donde está mi padre! ¡Que me suelte!

Está aquí —le oigo decir a Robert antes de que todo se funda en negro tras sentir una ‘poco recomendable’ descarga de taser. 

*** 

Siete horas después me reúno con Robert y mi abogado que han conseguido convencer a la policía de que todo fue efecto de unas medicinas caducadas. 

En el coche de mi abogado me siento morir, mareado, con el estomago revuelto. No sé si por la vergüenza o por el post-efecto del taser. Vomito. Le prometo comprarle unos zapatos nuevos a Robert y mandar a limpiar el coche de mi abogado. Ya un poco más sereno, cuando veo Nueva York al salir del Holland Tunnel, le pregunto a Robert: 

—¿Qué querías decir con que estaba allí?

—Llegó a las 9 de la mañana.

—Entonces las llamadas…

—Me hizo llamar cada cinco minutos para saber dónde estaba usted que no aparecía por su puesto de trabajo.

—Y tú le dijiste… 

Simplemente se encogió de hombros. “Traidor” pensé, sin darme cuenta que en breve amanecería y el pobre Robert aún no había pegado ojo por mi culpa. 

Papá había atendido a todas las citas que yo había abandonado por ir a recibirle. Se había puesto al día reuniéndose con todos los departamentos. ¿Y dónde estaba yo mientras? ¿Quién iba a suponer que llegaba a las 8 de la mañana? ¡¡¡De la mañana!!! ¡Si ni siquiera creía que funcionaran los aeropuertos a esa hora! 

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