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El Crack (el serial) - Capítulo V

La gráfica traicionera 

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Sonó el radio-despertador y la voz de Lesley Gore empezó a cantar ‘Sunshines, Lollipops and Rainbows’. Me alivió saber que había otro cretino en Nueva York (el programador de la emisora) que no era consciente de la crisis. Parecía inmoral despertar con una canción alegre en medio de tanta ‘consternación’. Me sentía ‘consternado’ por la falta de delicadeza de esa emisora anclada en el optimismo de los 50. Tanta desfachatez era ¿‘consternante’? [Consternación era una palabra que estaba ensayando para impresionar a papá en la reunión de las 9:30h… a.m.

No había dormido casi nada, a penas hora y media. Ni siquiera me había desnudado. No estaba en condiciones de mantener una conversación locuaz y coherente con papá. No era capaz de hacerlo en pleno uso de mis facultades y mucho menos tras dormir menos de dos horas tras haber sido noqueado por una descarga de taser. Pero lo último que podía darle a papá eran excusas, no después de lo que me costó que confiara en mí para este puesto. 

*** 

Madrid. 2003. Yo estaba recién vuelto de Georgetown. Papá estaba en negociaciones con una pequeña firma de inversiones americana para insuflarle capital, hacerse con en control, y penetrar en Estados Unidos. Mamá acababa de volver de París tras fundirse el equivalente al PIB de un pequeño país centroafricano. Esos ‘pequeños’ dispendios con nombres glamurosos (Dior, Chanel, Cartier…) eran lo que ella llamaba ‘el fondo de compensación’. “¿Compensación por qué?” le pregunté una vez. “Por aguantar a tu padre”. Mi familia era una ‘red de aguante’. Ella aguantaba a papá, él me aguantaba a mí, y yo aguantaba los reproches de papá. Era una constante ‘consternación’ familiar. 

Por aquél entonces, corría el més de octubre, yo estaba muy sumido en mis deberes sociales que me impedían afrontar un inmediato futuro profesional. Una mañana, a eso de las doce, el teléfono sonó. El servicio estaba con los preparativos de una soirée que mamá organizaba en el jardín esa noche y nadie descolgaba el maldito teléfono que me estaba destrozando los nervios. Así que me decidí a salir de la cama y atender yo mismo la llamada con la voz de ultratumba de recién levantado. 

–¿Quién habla? –me espetó la voz de mi padre un tanto desconcertado (y un tanto ‘consternado’) desde el otro lado de la línea.

–Soy yo, papá.

–¿’Yo’ quién? –el que lo llamara ‘papá’, y siendo hijo único, no le dio suficientes pistas.

–Yo, tu hijo, Rafe.

–¿Qué haces ahí? ¿Hoy no trabajas?

–Bueno… La verdad es qué… –¿cómo decírselo? – Yo no trabajo, papá. 

Y me colgó. 

Aquella misma noche me llamó a su estudio de casa. Se sentó cejijunto y ‘consternado’ frente a mí y me soltó a bocajarro: 

–Rafael, tienes 29 años, y que yo sepa aún no has hecho nada productivo en tu vida. He dicho productivo –me dijo cortando mi tentativa de justificarme–, deberías buscar la palabra en el diccionario. Así que he decidido darte un empujoncito para que encuentres el camino.  

A renglón seguido se levantó y me hizo señas de que lo siguiera. Nos paramos frente la puerta de entrada y la abrió. Con un gesto gentil me pidió que mirara fuera, y cuando asomé la cabeza… ¡Me empujó!, y cerró tras de mí. Eso era lo que él entendía por “darme un empujoncito” para que buscara mi camino. Afortunadamente llevaba mi móvil encima y llamé a mamá, que salió a abrirme. Me encerré en mi cuarto a cal y canto, por un momento me había visto desamparado en el mundo real. Bueno, mundo real… en verdad era la entrada de una mansión de lujo con servicio de seguridad dirigido por un ex-agente del CSI, del CNI o de la CNN, yo qué sé. Pero hacía frío y yo estaba en mangas de camisa, fue una experiencia muy desagradable. 

A la mañana siguiente acompañé a mi madre a visitar a papá en su banco. Se encerró en su despacho mientras yo esperaba fuera. La secretaria hacía como que no se escuchaban los gritos, pero eran totalmente nítidos a través de los gruesos muros supuestamente insonorizados. Después de media hora de batalla en que se oían frases de mamá como “sabes que puedo hacer tu vida miserable” y respuestas de papá como “ya lo hiciste al quedarte embarazada”. Salieron del despacho con aplomo, allure y prestancia de alta sociedad. Yo estaba ‘consternado’. Mamá sonreía como si nada, pero papá, si hubiera sido un dibujo animado, hubiera tenido un nubarrón con un rayo dibujados sobre su cabeza. 

–Rafé, tu padre te quiere decir algo… Adelanté.

–Rafael, sabes que vamos a empezar a operar en el mercado americano y… No puedo, no puedo –la mirada de mamá fue lo suficientemente explícita para hacerlo continuar–. ¿Te gustaría ser el director de la nueva oficina en Nueva York? 

Sabía que sólo era cuestión de tiempo que papá confiara en mis dotes financieras. Me encantaba la idea. Aún así evité que la alegría se tradujera en mi rostro, me froté la barbilla y le dije: “me lo pensaré”. Así conseguí mi primer trabajo, el que ahora peligraba. 

*** 

Cuando llegué a mi despacho, Robert, mi secretario, sentado diligentemente en su mesa, con ojeras hasta los pies, me dijo con ‘consternación’ indisimulada “el presidente le espera en la sala de juntas”. De pronto que mi padre el nuevo pez gordo de la oficina. El rey ha muerto, viva el rey. 

Al entrar estaba acompañado de dos tipos que no había visto en mi vida pero que se suponía que eran altos puestos, asesores, de MI compañía, pero que no había visto en MI vida (nota mental: acabar con el absentismo laboral). Se hizo un silencio incómodo, como si esperara que yo comenzara, pero yo, a mi vez, esperaba que él me dijera qué quería de mí. Los asesores y mi padre cruzaron significativas miradas de ‘consternación’. 

–Rafael, sabes que en este momento somos muchas las entidades que nos estamos viendo afectado por la crisis de las subprimes. Me gustaría me hicieras un balance de nuestra posición dentro del contexto actual. 

Me aclaré la garganta y saqué una gran cartulina con un gráfico bien bonito que me había prestado mi amigo Warren. Busqué un atril, o algo, para colocarlo, pero no encontré ninguno, así que lo sostuve yo mismo (luego me enteraría que hacía siglos que no se utilizaban ese tipo de recursos físicos, que se hacían por ordenador todas las presentaciones). Señalando claramente los altibajos de la gráfica empecé mi exposición. 

Estoy realmente ‘consternado’ por nuestra posición. Como verán, señores, la situación de la economía de los últimos años ha sido alcistas por el incremento del consumo propiciado por los bajos tipos de interés –eso lo había leído en el último número de Elle– que nos ha llevado a consumir y consumir hasta niveles realmente preocupantes. Eh… Por eso, y como vemos en la gráfica, el nivel de endeudamiento de las familias…

–¿En qué parte de la gráfica? –interrumpió papá.

–¿Cómo?

–Que dónde se ve eso en la gráfica.

–Bueno, eh… –miré con atención la tablilla que le estaba mostrando– Es evidente que eso se refleja en esta línea roja… No, la azul… No, no, la roja.

–¿Qué índice refleja la roja?

–¿Eh? –busqué en mis notas–. La roja es el nivel de impagos y moros.

–¿Moros?

–Sí… –la verdad es que no sonaba muy bien lo de ‘moros’, pero eso decía en mis notas, lo mismo tenía algo que ver con los atentados de las Torres Gemelas y Bin Laden–. Espera, no, no, quería decir morosos.

–¿Y?

–Que al crecer el riesgo de impagos en el último año…

–¿Último año?

–Sí, en el último año –señalé el último tramo de la gráfica (¿hacía calor allí?, ¿por qué estaba sudando?)– ha crecido el…

–¿Y por qué la gráfica es descendente si dices que ha crecido?

–Por… –¡ahivá, la gráfica caía estrepitosamente!– Porque… el índice es un índice inverso que muestra las… fluctuaciones… contrarias a la tendencia natural…

–¡Basta ya! –exclamó papá dando un golpe en la mesa– Te voy a decir yo por qué cae esa gráfica: porque muestra la evolución de tu sentido común y evidencia que lo que crece en esta sala no es ningún riesgo de demora, sino tu memez, incompetencia e insensatez. ¡¡Tienes el gráfico al revés!! ¡Y ni siquiera te has preguntado por qué las leyendas hay que leerlas poniéndose bocabajo! ¡Memo! 

Sacó una pastilla y se la tomó entre temblores.  

–Papá…

–¡No me llames ‘papá’!

–Señor presidente, estoy ‘consternado’.

–¡Y deja de repetir que estás consternado! ¿Qué es? ¿La palabra que te ha tocado estudiar hoy? –efectivamente lo era– Rafael Ridao Blancahermosa. No te despido en el acto porque tendría que soportar que tu madre diera señales de vida de nuevo sólo para volver a atormentarme. Sólo por eso, te doy tres días: sábado, domingo y lunes. El martes a esta misma hora quiero un plan de actuación que nos salve de ser arrastrados a la quiebra. No quiero que me expliques a qué se debe la crisis actual, ni cómo ha evolucionado el endeudamiento de las familias, ni cómo se llevan los bajos de los pantalones… Un plan de actuación, ¿entendido?

–Eh…

–Sí, ya lo sé, estás consternado –no me dejó hablar.

Así era.

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Una respuesta to “El Crack (el serial) - Capítulo V”

  1. melibea Dice:

    ME ENCANTAS……. POR FAVOR, NO ACABER NUNCA CON ESTE SERIAL PORQUE ACABARIAS CONMIGO.

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