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EL CRACK (el serial) - Capítulo VI

¿Quién soy yo? 

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La cuenta atrás ha empezado. Un “plan de actuación”. Eso es lo que me pidió papá. ¿Pero qué demonios en un plan de actuación? He googleado el término a ver si tengo suerte y me lo explican en la Wikipedia o encuentro alguna web que tenga alguna plantilla que me ayude a redactar uno. En Georgetown nos mandaban a hacer este tipo de cosas, ‘casos prácticos’ lo llamaban, debería recordar de qué iban. Lo malo es que por orden de apellido siempre me tocaba hacer estos trabajos con Elijah Rockefeller, todo un cerebrito que no me dejaba participar en nada. Decía que era más rápido que lo hiciera él todo y que yo sólo pusiera mi nombre, porque si me tenía que ir explicando todo a cada paso no terminaríamos nunca.  

Nada, dos horas y veinte minutos afanándome en Google y no encuentro nada que pueda plagiar con dignidad. Le pido a Robert que entre en el despacho, este chico es una máquina buscando en la red. 

–¿Quería?

–¿Si tuvieras que buscar un ‘plan de actuación’ en Internet dónde…?

–¿Un plan de actuación? ¿A qué se refiere? 

Decido ser franco y contarle lo que necesito. Confesando mi ignorancia ahorraremos el tiempo de tratar de salir con dignidad del trance. 

–…por eso necesito encontrar un ‘plan de actuación’ en la red. Algo como uno de esos currículum estándares que uno rellena con sus datos.

–Me temo que no encontrará nada por el estilo –lo dice con ese gesto de condescendencia que ponen los camareros de los restaurantes franceses cuando les pides que te traduzcan la carta.

–¿Y eso por qué? –le pregunto un tanto cabreado ya.

–Primero porque lo que usted llama “plan de actuación” responde a circunstancias muy concretas de la realidad de una empresa y es imposible que se redacten en términos “estándar”. Y segundo, porque ese tipo de documentación suele ser interna, confidencial y básicamente secreta, por lo que no suele circular por la web. 

También son secretos los informes del ejército sobre los avistamientos de ovnis y sin embargo la red está plagada de ellos. Pero prefiero no discutir con un subordinado sobre temas importantes y le pido que me indique dónde está el despacho de nuestro COO, el tal Coleridge de las narices. Seguro que él puede serme de utilidad. En vez de decirme simplemente en qué planta está me garabatea algo en un post–it y sale del despacho. 

Cuando leo la nota me quedo pasmado, ha escrito una dirección, a unas cuatro manzanas de nuestro edificio. ¡Qué extraño! ¿Por qué no estamos todos en el mismo edificio si este pertenece a papá? Cojo mi chaqueta dispuesto a poner un poco de luz en este enigma. 

***

 Wall Street es realmente asombrosa. Una calle con un pulso muy singular. Pero en estos días todo es especialmente intenso. Aún hay ex–trabajadores de Lehman Brothers pidiendo trabajo con carteles colgados del pecho. ¡Qué indigno! Hombres hechos y derechos, con carreras universitarias, pidiendo ser ‘adoptados’ como perritos de una perra promiscua e irresponsable. Incluso en la adversidad hay que comportarse con dignidad. 

Batman pasa por mi lado. Esto es Nueva York, nadie lo mira dos veces. Alguien me echa el brazo por encima de los hombros sin previo aviso. Es Warren, salido de LA NADA, es decir, de sus oficinas. Llamamos a sus empresas LA NADA porque se dedican a especular con sinergias: gestionan fondos de inversión de empresas interrelacionadas que crean sinergias ente si. Que me maten si sé qué es concretamente lo que venden. Warren llama a esta ‘filosofía’ inversionista “gestión creativa”. Hay tantos gestores de fondos en Wall Street que más que rentabilidad han terminado vendiendo conceptos: fondos ‘green’ (de valores ecológicos), como los Fondos Ventus de Climate Change Capital que invierte en energía limpia, transporte limpio, eficiencia energética y recuperación de residuos. ¿Qué será lo próximo? ¿El fondo Torrebruno que reúna los principales valores de empresas dirigidas por ejecutivos de menos de 1’50m.? 

–¡Ey, tío! ¿Has visto a ese tipo disfrazado? Wall Street no es territorio de Batman. Quizás de La Liga de la Justicia de América o de Los Vengadores, pero Batman está desubicado.

–Vendrá a ver qué pasa con las inversiones de Bruce Wayne –como si estas cosas necesitaran tener una explicación racional en Nueva York.

–¿Y tú dónde vas?

–A conocer las otras oficinas de Ridao-Blackman Global Investors.

–¿Tenéis nuevas oficinas?

–No, son las… –lo menos que me apetece en estos momentos es verbalizar todas mis dudas y el mal rollo que tengo encima, pero si no lo suelto reviento– No, son ‘las oficinas’ de siempre, sólo que yo desconocía que existieran. Donde tú me visitas, me acabo de enterar, sólo estamos mi asistente y yo, mientras que el resto del personal está en otro edificio. ¡Y yo no lo sabía! 

Warren suelta un silbido que me suena a “jo, tío, qué putada” y yo asiento con la cabeza sin decir el “y qué lo digas” que se me viene a la boca. Decide acompañarme en mi expedición no sé si por solidaridad o por morbo.  

Llegamos a una mole de piedra y cristal de los de antes del 29 en cuyo vestíbulo luce esplendorosamente una gran placa de Ridao-Blackman. Piso 14, 15 y 16 indica. Al salir del ascensor nos topamos con una recepcionista sacada de Vogue pero con cara de “soy guapa, delgada, tengo un pelo maravilloso, pero no me toques los cojones”.  

–Buenos días, ¿Coleridge, por favor? –le dedico una de mis sonrisas patentadas de seducción asegurada (quizás pueda matar dos pájaros de un tiro… mejor dicho, un pájaro y una pájara).

–¿Tiene cita?

–No hace falta, sólo dígame dónde puedo encontrarlo.

–Señor, me temo que sin cita. Dígame su nombre, por favor, y veré si…

–Rafael Ridao –le suelto esperando que de pronto se le cambie la cara y se arrodille ante mí suplicando que no la despida. Sin embargo…

–¿De qué empresa? –esta tía es boba.

–Soy el CEO, señorita.

–¿De qué empresa? –insiste. Por el rabillo del ojo veo como Warren aguanta la risa.

–De Ridao barra Blackman. 

Espero que sea ya suficiente pero la tipa incompetente arquea las cejas y resopla. 

–Señor Ridao, el CEO de Ridao “barra” Blackman es Mr. Depsey.

–¿Depsey?

–Patrick Depsey.

–¿El de Anatomía de Grey?

–Ese es Dempsey –interviene Warren.

–¿Entonces quién es Patrick Depsey?

–El CEO de Ridao-Blackman, se lo estoy diciendo, caballero –responde la secretarucha de cejas arqueables.

–No, no, no, se equivoca. El CEO de Ridao-Blackman soy yo. Es obvio. Rafael Ridao de Ridao-Blackman. Mi nombre es Ridao como la compañía…

–Eso dice usted, claro –me responde la impertinente después de contenerse unos segundos. 

El ascensor se abre y aparece un rubicundo caballero con pinta de inglés de la campiña. Al percatarse del pequeño altercado que estamos protagonizando en recepción detiene su caminar y se acerca a la rubia. 

–¿Algún problema, Clarice?

–No, el caballero ya se iba, Mr. Coleridge.

–¡Ajá! ¡Coleridge! –le señalo con el dedo como un poseso, la rubia me tiene fuera de mis casillas.

–Clarice, llame a seguridad –mis encuentros con ‘seguridad’ empiezan a convertirse en una mala costumbre.

–Rafe, ¿por qué no nos vamos, te calmas y luego…? –intercede Warren.

–¡Como que me llamo Rafael Ridao que esta tipeja va a la puta calle! –esto dicho en castellano, en ciertos niveles de excitación olvido el bilingüismo.

–¿Ridao? –me pregunta Coleridge sosteniendo la mano de la recepcionista que busca el teléfono para avisar a seguridad–, ¿Rafael Ridao? Perdone el malentendido. Por favor, pase, creo que todo tiene una explicación.

–De eso nada –respondo aún gritando–, antes déjele claro a la rubia quién es el CEO de esta empresa.

–Mr. Ridao, creo que debiera hablar con su padre al respecto. Pero, por favor, pase a mi despacho. 

*** 

Hemos encontrado una tabernucha oscura y mugrienta en el Greenwich. Nos ha costado un poco dar con un sitio así, no suele estar en nuestra agenda ningún local que no sea o aspire a estrella Michelín o parezca en la guía Zagat. Pero para hundirme en la miseria me apetecía un sitio mísero. Nuestra mesa atestigua las tres horas de copa tras copa que llevamos aquí. En los últimos 25 minutos ninguno de los dos, ni Warren ni yo, hemos abierto el pico.  

–Bueno, tampoco es una tragedia, ¿no? –rompe el silencio mi amigo–. Eso de ser “hombre de paja” no está mal, te han estado pagando por no hacer nada, está de lujo.

–No soy un hombre de paja, un hombre de paja es un testaferro, ¿es qué no te enseñaron nada en la Faculta de Economía?

–Bueno, me enseñaron la diferencia entre trabajar y no hacer nada –me dice ofendido, pero enseguida se viene abajo–. ¿Pero de verdad no te diste cuenta de que no tenías ninguna función real?

–¡Y yo que sé! Era mi primer trabajo, no tenía puntos de referencia. Yo creía que ser financiero era eso. ¿Quién iba a pensar que mi padre me había montado un despachito y dado un puesto ficticio para tenerme lejos y calladito?

–Bueno, ¿entonces para qué te ha pedido un plan de choque frente la crisis? ¿No se encarga de eso el ‘otro’ Director General de la firma? ¿Qué espera realmente de ti? 

Buena pregunta.

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2 respuestas to “EL CRACK (el serial) - Capítulo VI”

  1. pedro Dice:

    estoy encanganchadísimo….

  2. anjara Dice:

    Ya estas tardando en publicar el siguiente capítulo!!

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