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EL CRACK (el serial) - Capítulo VII

Mr. Importante y Helen Hunt: algo así como Mejor Imposible 

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–¿Se encuentra bien? –me pregunta la guapa y rubia camarera.

–Perfectamente, ¿por qué?, ¿le parezco que tenga algún problema?

–¿Quitando que lleva diez minutos golpeándose la cabeza contra la mesa, que en breve va a tener un chichón de aúpa, y que todo el restaurante le está mirando?… Aparte de eso no creo que tenga ningún problema. 

Sarcástica. En cuanto sales del circuito de restaurantes de lujo y chic que sueles frecuentar las camareras se vuelven impertinentes, sarcásticas y listillas. Cuanto más al Bowery te vayas más ‘enteradillas’ te las encuentras. No sé que pasa con las malditas camareras de esta ciudad. Después de Mejor Imposible todas quieres ser Helen Hunt y encontrar un psicópata-maniático que las saque de servir mesas.  

*** 

En un primer momento pensé en tirar la toalla. Estaba claro que papá no confiaba, ni nunca había confiado, en mis dotes como financiero. Me había creado una oficina de juguete, me había dado un puesto florero, atribuciones ficticias… todo para mantenerme entretenido mientras sus operaciones americanas estaban a salvo de mis torpes zarpas. ¿Por qué razón iba a querer ahora un plan de choque anticrisis? Estaba seguro de que era un encargo fantasma. Sin embargo algo tuvo que pasar mientras me debatía en la inconsciencia del colapso etílico, que cuando desperté (en mi apartamento, en la cama y desnudo… ¿Warren?) tenía el firme propósito de emplearme a fondo para sorprender a mi padre y ponerlo en evidencia, que se arrepintiera de nunca haberme dado una oportunidad real. 

Así que me metí en la web de la Reserva Federal y me descargué los últimos discursos de Bernanke. Llamé a Warren y le pedí que me pasara sus apuntes de la universidad (que al fin y al cabo eran los míos, yo se lo fotocopiaba todo porque no iba a clase apenas), pero me dijo que los apuntes habían pasado a mejor vida el día después de nuestra graduación (¡“coño –pensé– si los quemamos juntos en una pira que montamos en el campus, qué cabeza la mía!”), así que se ofreció para pasarme varios de los informes ultraconfidenciales y altamente secretos de su firma de inversiones. Al principio no quería, pero después recapacitó y dijo que qué diablos, que si habíamos compartido habitación, apuntes, chicas y gafas del cerca, no importaba compartir también los informes ultrasecretos. Pillé un diccionario de términos económicos en la oficina (le había echado por encima un ojo a los informes y no me enteraba de nada) y me dispuse a buscar un lugar tranquilo para trabajar. Un lugar lejos de Wall Street, no quería ponerme a trabajar pensando en que he sido el hazmerreír de la calle durante todo este tiempo, así que la oficina quedó descartada, como también descarté la Biblioteca Pública por ser domingo (y por ser persona non grata tras el desgraciado incidente que protagonicé en su hall con Amanda Lepore, David Lachapelle y un orangután tras una noche de desbarre).  

Me encaminé rumbo sur hacia el Bowery, casi casi en el límite de Chinatown donde ya se podía percibir el pestazo de pescado seco de sus calles,  en busca de un pequeño restaurante con cartel de “abierto 24 horas”. El lugar perfecto para trabajar todo el día (consumiendo continuamente para que no me echaran, lo que no es ningún problema para mí, mi cartera y mi metabolismo) sin que nadie te importune. Claro está, no conté con la camarera Helen Hunt. 

*** 

–¿Necesita algo?

–Café, más café.

–No ha tocado el café que le he traído hace tres minutos.

–Se ha enfriado.

–Apuesto a que ni siquiera le gusta el café y que sólo lo pide para poder seguir sentado en la mesa golpeándose una y otra vez sin razón aparente.

–Pues te equivocas, sí me gusta el café –no me gusta en absoluto– y sí tengo una buena razón para golpearme la cabeza.

–¿Y es…?

–No creo que una camarera pueda entender complejos razonamientos económicos que estoy dirimiendo en estos instantes –tenía que haberle contestado “¡¿Y a ti qué te importa?!”, pero debe ser verdad eso del ‘efecto psicólogo’ de los camareros y barmans porque me moría por contárselo todo.

–Ajá –responde ella estudiando mi situación– supongo que esos complejos razonamientos económicos responden a esos complicados diagramas económicos que está usted dibujando es ese cuaderno de Hello Kitty y que a una pobre e inculta camarera como yo sólo le parece un muñequito ahorcado, asesinado con puñales, estrangulado… ¿Y qué es eso? ¿Con pinzas de la ropa por todo el cuerpo? 

Eran pirañas. De hecho eran las 1001 formas atroces que había imaginado para la muerte de mi padre. Las pirañas asesinas no eran las que más me motivaban. Me sonrojé al ser acusado de escribir un complejo informe económico en un cuaderno Hello Kitty, pero había tenido que improvisar por el camino porque había olvidado coger papel y boli y lo había tenido que comprar en una librería infantil que estaba abierta en domingo (escondí el lápiz de Barbie para que Helen Hunt no tuviera más carnaza). Me miró con las cejas levantadas esperando que yo dijera algo. Cosa que no hice porque no se me ocurría nada ingenioso a su altura. 

–¿Me traes el café que te he pedido? –le dije enfurruñado como un niño. Ella suspiró y se dio media vuelta. 

*** 

Puppy me ha llamado una docena de veces para preguntarme dónde estoy, que quiere sexo. Las ricas herederas it-girls de Internet son así, no se molestan con los convencionalismos sociales, te sueltan a bocajarro que tienen las mismas o más necesidades biológicas que los hombres y se quedan tan panchas. No se preocupan sobre si les vas a perder el respeto por ser tan ‘directas’. Si se lo pierdes compran uno nuevo con su inabarcable fortuna en forma de fondo fiduciario. Le he dicho que no estoy de humor para sexo (palabras realmente inauditas en mi boca) y que pase de mí hasta el martes. Antes de colgar le he preguntado, para que me levante la moral, si seguiría siendo novia mía si yo no fuera financiero y me hundiera en la pobreza. “Por supuesto que no” me dijo antes de colgar tras mandarme besitos de Mr.Chow. 

Convencer a mi padre de que soy un financiero cojonudo se acababa de convertir en una necesidad vital. Si perdía mi estatus podía quedar reducido a un ente asexual, es decir, un ente con el que ninguna chica de las que merecen la pena en Nueva York quisiera revolcarse conmigo. Podría terminar mis días teniéndome que conformar con Helen Hunts, como la impertinente que volvía a acercarse sin ser solicitada. 

*** 

–¿Has resuelto los problemas del mundo ya, vaquero?

–¿Desde cuándo me tuteas, Helen Hunt?

–Desde que terminó mi turno –miró el reloj– hace tres minutos. Llevas aquí desde que entré a trabajar, ¿piensas quedarte toda la vida? ¿Mandamos a recoger tus cosas a tu apartamento?

–Si pretendes echarme lo llevas claro, porque seguiré pidiendo café hasta que me parezca necesario. Mi tarjeta de crédito está lo bastante saneada como para estar aquí hasta que tus nietos se jubilen, Helen Hunt.

–Bueno, pues espero que tu cash esté igualmente saneado, porque aquí no aceptamos tarjetas –me señala un gran cartel sobre la caja registradora, ¡mierda!– y segundo, me llamo Belinda, no Helen Hunt. Y como mi encargado, Karim, ha empezado a emparanoiarse con que eres un poli de inmigración, ¿por qué no me cuentas tú problema y vemos si existe una solución civilizada en la que no intervengan armas de fuego ni sierras mecánicas –señala los dibujitos de mi cuaderno– para que puedas irte a tu casa? 

Mi cabeza me dice que la mande a paseo, pero de pronto me sorprendo contándoselo todo, con pelos y señales, confesándole lo humillado que me he sentido y lo asustado que estoy con la reunión del martes. Le confieso que no tengo ni idea de cómo redactar un “plan de choque” y que las ideas me escasean, que he picado de aquí y allá, recogido un poco de un informe, un poco de otro… pero que todo lo que tengo entra en media carilla de una de las hojas del cuaderno Hello Kitty. 

–Peliagudo, sí señor –me dice poniendo cara de pensadora profunda–. Quizá tengas un enfoque erróneo. Quizá tu padre no tenga expectativas sobre qué le vas a presentar, sino cómo lo vas a hacer.

–¿Qué quieres decir?

–A ver. Cuando no tienes dinero y tienes que hacer un regalo importante, ¿qué sueles hacer?

–¿Sin dinero? –me pongo a pensar bloqueado.

–Vale, vale, lo pillo, el no tener dinero es un escenario no experimentado ni imaginado. Así que te lo voy a decir yo. Cuando no tienes dinero compras cualquier tontería que entre en tu presupuesto y lo envuelves como si fuera el regalo más espectacular del mundo. El efecto visual bloquea el efecto “falta de valor real”. Es como si de entrada te explotara el flash de una cámara fotográfica en los ojos y te cegara, así que todo lo que venga después no importa.

–Insinúas que lo que debiera hacer es coger la mierda de ideas que tengo y “empaquetarlas” de forma espectacular –vaya, es lo mismo que hicieron con las subprimes.

–Sí, de manera ingeniosa –¿“ingeniosa”? Por un momento pienso en marionetas. En una presentación donde Mr. Calzeto (mi mano metida en un calcetín rosa, como cuando era pequeño) cuente las bondades de mi exiguo plan anticrisis. Descarto la idea radicalmente.

–Pero ingeniosa, ¿cómo?, ¿con mucho diseño?, ¿con nuevas tecnologías?

–Eso es.

–¡Eso es! 

El lunes a primera hora me plantaré en Baron & Baron, mi agencia de diseño de cabecera, y pagaré lo que sea para que me hagan una presentación en papel, y otra digital-interactiva, y todo con mucho diseño, de las que hacen épocas y después sale en libros recopilatorios de Taschen. Papá se va a caer de espaldas. 

Helen Hunt se levanta y se cuelga su mochila. Yo me busco en los bolsillos y encuentro un billete de 20. La cuenta asciende a 35 dólares. ¡Maldita mi suerte! ¡¿Por qué existen aún sitios donde las tarjetas de crédito son ciencia ficción?! Ella me coge el billete y me dice que está bien, que me lo dejan a deber, pero que vuelva y pague lo que falta, que confía en mí, y se saca quince dólares del bolsillo de las propinas y lo une a mi billete. Me sonríe tal y como haría la verdadera Helen Hunt. 

Salgo apresuradamente del local, pero me detengo en seco y vuelvo a entrar, y le digo: 

–Ey, Belinda, tu serías mi novia a pesar de que fuera pobre y no tuviera trajes caros.

–Me temo que no salgo con tíos que me deben pasta, en caso de que me estés pidiendo una cita. Pero lo de ser pobre nunca ha sido un impedimento para que me cuelgue de un tío. Si vieras al último con que salí, era aspirante a actor, no te digo más, insolvente total. Y no era ni la mitad de guapo que tú. Así que sí, sí sería tu novia en caso de que fueras pobre, no me debieras dinero y no fueras tan infantil como mi sobrino de cinco años. 

Ahora soy yo quien le sonrío a ella. Era justo lo que necesitaba oír.

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