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EL CRACK (el serial) - Capítulo VIII

¡OH OH! 

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Ayer. 

–¿Qué es esto? –le pregunto al enano gruñón que afirma ser mi casero y que no he visto en mi vida.

–El importe de su alquiler.

–¿Se supone que tengo que pagarlo yo?

–¿Quién si no?

–Esto debe ser un error, voy llamar a mi asisten… ¡oh, oh! 

*** 

Tres semanas antes.

Llego a la oficina y la mesa de Robert está vacía. Creo que era la primera vez en lo que llevo en esta empresa que ello pasa. Si hay alguien diligente en su trabajo ese es mi asistente. Así que cuando me doy cuenta de que todo está inusualmente tranquilo (la actividad vertiginosa nunca había sido la principal cualidad de nuestra oficina… cosa que me explico ahora que sé que era una oficina fantasma o ficticia) me digo a mi mismo “¡oh, oh!” 

Una chica morena ala cuervo en un ceñido Michael Kors me intercepta antes de que entre en mi despacho y me indica que papá está en la sala de reuniones. Allí me dirijo orgulloso del informe deliciosamente diseñado (aunque un poco falto de contenido, todo sea dicho) que acabo de recoger de Baron & Baron. También llevo un pendrive con una presentación interactiva on-line (bueno, no es on–line, pero hoy lo on-line es cool) con la que epatar a papá. “¿Qué ha pasado con la calefacción?” me pregunto cuando por el pasillo veo mi vaho cristalizar en el gélido ambiente. 

Papá está sentado en una de las dos únicas sillas que quedan en la sala. ¿Qué ha pasado con el resto? Me hace un gesto de que espere mientras termina de hablar con uno de sus abogados al que da instrucciones de que “esa arpía” no ponga sus zarpas en las obras de arte. Cuando cuelga, y sin siquiera mirarme, me pregunta: 

–¿Y bien?

–Aquí tienes un detallado informe –le extiendo el maravilloso documento encuadernado con lomo, en papel satinado de gramaje 160, con portadas de 250 y ligera textura textil. Todo un lujo.

–Por favor, las ideas básicas –me dice mientras aparta sin mirar el documento. 

Recurro al pendrive. Juraría que teníamos un portátil en la sala de reuniones, y una pantalla para proyectar… ¡Y un proyector! ¿Dónde está todo? ¿Cómo muestro la elaborada presentación? 

–Voy a mi despacho por el ordenador…

–No, no, quédate. Simplemente necesito las ideas, las líneas generales.

–Bueno, las ideas son…  

De pronto el plan B, que era impresionarlo con la presentación se ha venido abajo. El plan A, que era impresionarlo con buenas ideas, jamás tuvo viabilidad. Y no hay plan C. Por un momento retomo aquel flash de presentarle el plan con marionetas, por aquello de ser original, pero si llego saberlo me hubiera puesto calcetines graciosos para improvisar un guiñol. 

–¿Y Bien? –¡pero qué pesado con el “y bien”! Me está obligado a recurrir al plan Omega, que es el último recurso pero demoledor.

–Bueno, la idea es –improviso– que si el problema radica en que hay activos perniciosos dentro de nuestras inversiones, lo más rápido y efectivo es… eh… deshacernos de ellos. 

Mi padre suelta su pluma y me mira fijamente. Sin expresión. Quizás espera más desarrollo. Como yo no estoy dispuesto a continuar él me da un empujoncito. 

–¿Y eso cómo lo hacemos? –silencio por mi parte–. No te ha dado tiempo a desarrollar las estrategias, ¿no? –percibo un poco de sarcasmo–. ¿Ha sido por falta de tiempo? ¿Necesitas un poco más de tiempo, hijo?

–Pues la verdad es que…

–¡Eres el más inútil pusilánime que he conocido en toda mi vida! –ya ha empezado a gritarme–. Eres sólo bueno para señalar obviedades. ¿Sabes cuánto me costó tu educación? ¿Qué aprendiste en esa jodida universidad de pijos? Ser economista exige capacidad de análisis, ser capaz de interconectar realidades, un poco de clarividencia, y sobre todo creatividad en las soluciones. Y me temo, Rafael, que tu creatividad se limita a conjugar una corbata de cuadros con un traje de rayas. 

Y lo dice como si fuera malo. Está decidido. Plan Omega en marcha

*** 

Hace tres semanas, al medio día, tras la reunión con mi padre. 

–Señor, me temo que tenemos un problema con su tarjeta –me dice muy amablemente el camarero de Le Cirque–, quizás con otra…

–Sí por supuesto. 

Le doy otra seleccionada al azar de mi tarjetero. Warren se ofrece a pagar, pero el sofocón pasado con papá y una banda magnética rayada no me va a despojar de mi famosa cortesía a la hora de pagar en el restaurante. 

*** 

–Creo que estás siendo muy injusto conmigo, papá. Nunca me has apoyado, ni confiado en mí. Si no fuera por mamá…

–Si no fuera por tu madre serías un hombre de verdad.

–Estoy seguro que a ella le gustará conocer esa opinión y cómo me estás tratando –ahí va el plan Omega: mamá. En cuanto se la pase al teléfono papá se va a cagar y suplicarme de rodillas que lo perdone.

–Pues llámala. 

¡Oh, oh! Esa no era la actitud que esperaba de él ante la amenaza, ¿O acaso es un farol? 

*** 

–Señor, estamos desolados, pero tampoco se acepta esta tarjeta.

–¡Pero qué diablos!

–Ya pago yo, Rafe –se ofrece Warren

–De eso nada. 

Me levanto con mi billetero en la mano y acompaño al camarero a la caja. Una por una todas mis tarjeta pasan por la máquina y ninguna es aceptada. ¡Oh, oh! 

*** 

–Hola, mamá. Estoy con pa… Sí, es que… ¿Cuándo?… Vaya. ¿Pero y yo?…  

Mi padre me mira arrellanado en el sillón. Mi perplejidad es su mejor divertimento. Un divorcio no entraba en mis planes. La arpía de la que hablaba papá con su abogado era ella. Mi plan Omega al garete. ¡Oh, oh! 

*** 

Hace una semana. 

–…y me despide, así, sin más. Me dice que tengo edad de buscarme las habichuelas por mi cuenta. Que si quiero volverme a España que puedo hacerlo con él, en el avión privado de la compañía. Y le dije, “vete al cuerno, viejo”, bueno, no con esas palabras. ¿Pero qué esperaba papá que hiciera? ¿Coger la maleta y dejar la vida que me he montado aquí? Aquí tengo mis amigos, mi estatus, mi novia… Bueno, a decir verdad en esta última semana, después que se publicara en el Wall Street Journal mi cese, no he recibido ninguna invitación social, y Puppy no me coge las llamadas desde entonces. A lo importante: Mi padre nunca me dio una oportunidad. Antes de que le presentara mi plan de choque ya estaba desmontando mi oficina, tenía decido despedirme. A Robert lo había transferido a la sede central, a la verdadera. Creo que se ha separado de mamá sólo para que no pudiera pedirle ayuda a ella. Lo más duro fue cuando me di cuenta de que todas mis cuentas asociadas a la empresa habían sido canceladas en cuanto salí de la reunión con mi padre. Warren, mi amigo, ¿se acuerda de él?, el de las tendencias sadomasoquistas aquel del que le hablé, va y me pregunta si no tenía ninguna cuenta de emergencia. ¡Pero si gastaba más que ganaba! ¡Qué cuenta de emergencia voy a tener!

–¿Cómo se siente por ello? –me pregunta mecánicamente mi psicoanalista.

–Hundido en la puta miseria, ¿usted qué dice, doctor?

–Que le agradecería que me pagara esta sesión en efectivo. 

¡Oh, oh! 

*** 

Hoy. 

Me he acomodado en el sillón de Warren. Le he prometido que en pocos días encontraré un nuevo trabajo, y un apartamento, y que me afeitaré, y me buscaré una nueva novia que no sea tan superficial como Puppy y su Mr. Chow, y un nuevo psicoanalista que no sea tan materialista como el cabrón que ya no me da cita hasta que no pague la última sesión que adeudo, y volveré a tener estatus social… Seré cual ave Fénix, como en los X-Men, donde esa tía buenorra pelirroja vuelve de la muerte una y otra vez. Después de todo no tiene que ser difícil para alguien como yo, que soy un financiero de prestigio, ¿o no?   

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